martes, 29 de enero de 2013

¿Primeros síntomas...?

¿Primeros síntomas...?

Hoy, en mi paseo vespertino, me ha dado por pensar que el camino por el que marchaba es el testigo que mayor información posee sobre mis crímenes. Cada paso que doy por él es un paso meditabundo -del que quizá poca sustancia obtengan las piedras y la tierra del camino-, o un paso parlanchín..., que es la verdadera fuente de información de esa senda por la que paseo. Porque, sí, hablo en voz alta mientras maquino mis asesinatos. Afortunadamente, es un camino poco transitado y, como aún no he perdido del todo la vergüenza, suelo mirar de vez en cuando a mi espalda por si se aproxima alguien, no sea que me sorprenda hablando sola.

No obstante, y pese a que veo muy natural expresar en voz alta mis meditaciones criminales, de vez en cuando me he preguntado si tal verborrea no será el principio..., los primeros síntomas de que estoy perdiendo la razón.

Para mi tranquilidad, leo en el libro titulado Agatha Christie and the eleven missing days, que tuvo a bien regalarme un buen amigo, que: Her (de Agatha) favourite form of exercise [...] was walking her two dogs, Peter and Billy, for an hour or more each day. Her mind was fertile with ideas for her stories, and it was not uncommon for residents of Sunningdale to see her talking to herself as she worked out her plots.

Es un consuelo..., ¿no?

Ea, os dejo, que voy a preparar mi ropita para mañana.


lunes, 28 de enero de 2013

Desasosiego

Desasosiego

Como hoy no había colegio (¡alabado sea Dios!), ayer dimos una fiestecita conjunta, MGae y yo, a cuenta de nuestros respectivos cumpleaños. La velada fue agradable, pero hubo mucha conversación educacional (esto de tener amigos del gremio tiene estas cosas) que, en vez de relajar, suele aumenta el malestar. Se charló de posibles salidas (aunque yo no vi el camino claro hacia ninguna) y se conversó sobre la escritura como una de ellas (al menos en sueños, claro).

Hoy vengo recordando un diálogo que mantuve con uno de mis sobrinos en Nochebuena.
-¿Pero tú quieres publicar?
-No sé.
-Pues si no mandas nada, ¿cómo lo vas a lograr? ¿Crees que van a ir los editores a tu ordenador a buscar tus historias?
-En realidad, lo que creo es que son ellos los que no querrán publicarme.

Y ayer, en la fiestuqui, alguien me dijo: tendrás que moverte. Lo cual entendí como un: Envía tus relatos a concursos literarios.

Y recordé aquel comentario en Finis Terrae que dio lugar a esta entrada.

Y aquí llevo un rato esta tarde, echando un vistazo por la red. He encontrado uno cuyo plazo de presentación finaliza dentro de 3 días y para el cual tengo relato apropiado, pero lo único que he conseguido es una enorme carga de desasosiego. ¡No quiero participar! Me cuesta un mundo darle al botón enviar y ver cómo mi relatito desaparece camino de vaya usted a saber qué ojos. Cuando, además, no tengo absolutamente ninguna confianza en la limpieza de los concursos. 

Estoy mosqueada a cuenta del maldito concurso y encima el sol se va apagando y se acaba el día extra de asueto. 

Mañana otra vez al cole.

sábado, 26 de enero de 2013

Una tienda en París, Màxim Huerta

Una tienda en París,  Màxim Huerta

¿Alguna vez has pensado empezar de cero en otra ciudad? Fue entonces cuando todo cambió. Justo al acercarme a aquel viejo cartel de madera escrito en francés que vendían en un anticuario improvisado de Madrid. Aux tissus des Vosges, Alice HUMBERT, nouveautés. Entré sin decir nada. Tenía la mirada perdida del que logra lo que quiere. En pocos segundos presentí un vuelco y una irreprimible necesidad de cambiar de vida. Traducido quería decir: tejidos de los Vosgos, Alice Humbert, novedades. Significaba más, mucho más... 

Màxim Huerta nos transporta al París de los felices años veinte de la mano de dos mujeres maravillosas, irresistibles y arrebatadoras. Una novela conmovedora, sensible y terriblemente sentimental que te hará soñar. Sin duda alguna, el libro más romántico del año.

Me pidieron mi opinión sobre este libro y aquí la traigo: un poco zigzagueante, llena de altibajos y, al final, y sólo gracias a Alice, un poco menos equívoca de lo que esperaba que fuera según iba avanzando en la lectura de la novela.

Y es que la historia me ha dejado un regusto agridulce: comenzó interesándome con una Teresa inicial que me atrajo. Después, parece que tomamos una pendiente descendente que me llevó a posar el libro sobre la mesa del salón un par de días sin que sus llamadas lograran hacerme extender el brazo y tomarlo de nuevo. Fue el viaje de Teresa a París el que alejó mi interés de sus páginas. 

Aunque la primera parte de la novela es lenta y narrada con ese tono confesional al que se entrega Teresa para contarnos su pasado, me resultó lo suficientemente llamativa como para mantenerme fiel a la lectura. Luego, sin embargo, con su traslado a París, el personaje se vuelve plano y aburrido. Sólo cuando aparece el señor Ardinsson volví a interesarme de nuevo un poco.

Por otro lado tenemos a Alice, que no llamó mi atención al principio. El ambiente bohemio nunca ha despertado mi interés, ni tampoco el mundo de la pintura. Sin embargo, el autor consigue con Alice lo que no logra con Teresa: crea un personaje que te gana. Mientras Teresa no deja de ser un personaje gris, por mucho que al final ella asegure que ha encontrado el color, Alice resplandece como un arco iris. Mi opinión respecto a ella cambia, pues, a medida que el personaje va viviendo la historia. De hecho, de la reseña que se da en la contraportada del libro, los adjetivos maravillosas, irresistibles y arrebatadoras sólo se los aplico a ella. Teresa no logra, creo, lucir ninguno de ellos.

Igual ocurre con los personajes masculinos: Laurent parece más un remiendo en la historia que el depositario de un amor profundo y total. En el lado opuesto, Ënro es el digno compañero para una mujer como Alice. Y son precisamente estos dos, ella y él, los que han conseguido que mi opinión acerca de la novela haya vuelto a subir, después de esos zigzagueantes zarandeos y esos altibajos a los que me empujaron Teresa y Laurent, y la haya acabado con una sonrisa, un poco melancólica, pero sonrisa al fin, esbozada en los labios.

Me gusta cómo narra este autor. Tiene una prosa fluida que recurre a la primera persona en la figura de dos narradores distintos, Teresa y Alice. La historia se va construyendo a base de recuerdos, con frecuencia no lineales, que encajan perfectamente, no obstante, hasta levantar una obra bien cimentada y consolidada con habilidad. En ciertos puntos, el autor roza una especie de prosa poética que no echa a perder, sin embargo, la narración con un estilo melifluo y empalagoso.

No me ha gustado, sin embargo, el elemento paranormal que introduce en la historia y que, desde mi punto de vista, es totalmente innecesario y la vulgariza.

miércoles, 23 de enero de 2013

Ora pro nobis

Ora pro nobis

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A Dios rogando y con el mazo dando.

domingo, 20 de enero de 2013

Notas de un narrador omnisciente

Notas de un narrador omnisciente

Las casas de hoy en día son demasiado pequeñas para guardar todo lo que uno desea conservar, de modo que, de cuando en cuando, resulta inaplazable la dura tarea de hacer limpieza y echar lastre fuera. Sin fuerzas para ello, hacía tiempo que venía proponiéndome este penoso quehacer sin decidirme, no obstante, a encararlo con gallardía. Pero, al fin, y dado que el espacio no puede ser expandido a voluntad, elegí esta mañana de sábado para hacerlo.

Con un suspiro contenido en la garganta a fuer de tenacidad, fui apilando en tres montones los objetos y documentos revisados: el montón de sentenciados, el de indultados y, el más lacerante de todos, el de  la duda.

Fue en éste último, precisamente, donde coloqué uno de mis cuadernos verdes, que son aquellos en los que tomo nota de los pensamientos y emociones de los personajes de cuya narración me hago cargo. Lo vi caer sobre la pila de dudosos con la levedad de una pluma, como si deseara no llamar la atención y no fuera otro su propósito que el de someterse dócilmente a mi arbitrio, y quizá fue esa sutileza, esa sensación de abandono a la que mansamente se entregó lo que excitó mi curiosidad. De modo que me detuve indeciso y lo observé largamente sin decidirme por continuar con mi labor como juez inclemente.

Al fin, lo tomé entre las manos y sopesé sus posibilidades de salvación sin atreverme a emitir un dictamen. Lo abrí tímidamente, porque volver sobre asuntos que conciernen el corazón de los personajes cuando ya no es necesaria mi labor siempre me resulta un tanto indecente: husmear entre sus emociones, recordarlas, cuando ya deberían estar olvidadas, hacerles sentir de nuevo que no hay lugar donde puedan esconderse de mí, acaba por convertirse en una labor desagradable, pese a que estoy sometido al acuerdo de confidencialidad que siempre firmo con el escritor que me contrata. Pero no pude resistirme, no en aquel momento en que tenía que decidir si enviar el cuaderno a la pila de los condenados o a la de los indultados. De modo que, valga esta confesión abochornada como descargo de mi flaqueza, lo abrí y volví sobre aquellas notas que no llegaron jamás a publicarse a cuenta de la brevedad con que hoy en día han de escribirse las historias, y que cada vez reduce más mi trabajo, hasta que lo haga inútil y lo condene a la desaparición. 

Los ojos chispearon risueños al deslizarse por entre las páginas. ¡Kate West y Charles Carter! De modo que aquél era su cuaderno... No pude evitar sonreír al volver sobre ellos. ¡Qué pareja tan cautivadora! Levanté la cabeza un instante y dejé que la memoria evocara su historia. El tiempo pasó envuelto en recuerdos sin que me percatara de cuán rápido se escapa de nuestras vidas y sólo con el cegador reflejo del sol sobre el cristal de la ventana acabé por despertar de mis ensoñaciones.

Las visiones oníricas por las que había viajado me agitaron el pecho y lo volvieron un tamboril escandaloso que repiqueteaba con el desacierto del ciego enamoramiento a que a veces te conduce la fascinación con que unos personajes te seducen. Susurrando una disculpa, volví al cuaderno y hojeé sin rubor sus páginas. Sólo unas cuantas, me prometí en silencio, y lo cerraría.

Allí estaba el trozo seleccionado por el escritor y su editora:
-¿Entonces debo entender que considera a Craig Dawes sospechoso?
-Es una opción que debemos valorar, aunque sus posibilidades para cometer los crímenes se vuelven prácticamente nulas si, tal y como usted afirma, tiene el pie como un balón de rugby.
-Lo tiene. Él no ha podido ser.
-Y en realidad creo que Sir Dawes tampoco -admitió ella-. Está hecho unos zorros. No tendría fuerza para tender la trampa del sedal y moverse con agilidad por el campo, como parece hacerlo el asesino pese a su...
Kate calló y sintió cómo se ruborizaba.
-No tema decirlo, miss West: cojera. Soy cojo, pero no hay por qué evitar esa palabra.
-Lo siento -susurró ella.
-No se preocupe. Me sobrepongo a mi... desnivel tan bien como puedo -Charles la miró divertido, pretendiendo hacerle llegar el alivio que ella necesitaba en aquel momento-. En lo que a mí respecta, estoy decidido a vivir como un hombre normal.
-Me alegra esa decisión, inspector. No hay nada en usted que le impida vivir como tal.

Apoyé el cuaderno aún abierto sobre el pecho y dejé vagar la mirada. Lo había prometido: sólo un vistazo. ¡Pero qué débil es el espíritu! Por alguna otra parte habían de hallarse los pedazos de vida que el escritor y la editora desdeñaron...Pasé rápido las hojas de mi cuaderno verde en busca de ellos y, al fin, lo encontré. Todo recogido con buena letra, sin que se escapara un sólo detalle de cada uno de sus pensamientos:

¿Cómo he podido ser tan estúpida? (juntó las manos y las escondió entre las rodillas). Para ser tan lista como dicen que eres, cometes errores imperdonables, Kate West. Mejor harías en quedarte calladita (dejó salir en silencio el aire que le oprimía el pecho y sintió cierto alivio). Me pregunto qué estará pensando. Quizá si me atreviera a levantar la vista y lo mirara podría reconocer en su rostro un gesto que me indicara cómo lo ha tomado (dejó pasar unos segundos durante los que buscó fuerzas para hacerlo, pero al fin no se decidió a intentarlo). ¡Qué vergüenza! (se sintió enrojecer las mejillas y deseó que una ráfaga de viento las refrescara). Ha reaccionado como un caballero, pero mi torpeza es imperdonable y seguramente habré bajado unos cuantos puntos en su estima (unos ligeros surcos se marcaron en la frente de Kate y la sombra de un cierto desconsuelo apareció entre ellos). Aunque..., sí, (de reojo lo miró) parece conducir tranquilo. ¡Y sonríe! (aquello le dio esperanzas). Claro que vete a saber si no estará disimulando. (Detuvo un instante su soliloquio acelerado y pensó). ¿Charles Carter hace esas cosas? (miró por la ventanilla y se concentró en la idea). ¡No! (se contestó al fin). Es un tipo demasiado íntegro para pretender aparentar lo que no es o siente. ¡Oh, Dios, qué estará pensando! Si pudiera observarlo de frente, estudiarlo detenidamente, podría hacerme una idea, pero sé que si lo intento, volverá la vista hacia mí y me llevará a una conversación que ahora no puedo mantener. Necesito pensar. Intenta imaginarlo, Kate, piensa, eres lista para estas cosas. Es un hombre amable, que no se deja llevar por primeras impresiones, de modo que su juicio para con mi pifia no debe de haber sido muy duro. Creo que le caigo bien. Sí, estoy bastante segura de ello. No puede haberme tachado con una cruz por un error que, sin embargo, ya no podré subsanar. (Apretó aún más fuerte las rodillas y sintió un crujido en los dedos de la mano al que no dio importancia). ¡Un error que no podré subsanar! He ahí el quid de la cuestión. En realidad, la digna de lástima soy yo (se tragó un hipido y sintió la asfixia que el esfuerzo le produjo): creerá que me importa su cojera más de lo que me importa él. (Entrecerró los ojos y con un leve movimiento de la cabeza negó una posibilidad que deseaba soslayar). ¿Será tan torpe de creerlo? ¿Será tan torpe como he sido yo?

- - - - - - - 

Creo que he reaccionado con naturalidad. No es que lo de ser un tullido lo lleve bien del todo, pese a que trato de aparentarlo y creo que la gente incluso se lo traga, pero intento que no afecte a mi vida más de lo que ya lo hace. Pobre miss West, se ha sonrojado tanto que llegué a pensar que le daría un soponcio y ahora no es capaz de mirarme. Tranquilícese, Kate, no se lo he tomado en cuenta, en serio. Sé que no ha pretendido desairarme. No quiero mirarla directamente para que no se sienta más cohibida aún, pero si me atreviera a echar un vistazo disimuladamente... Sí, sigue mirándose las rodillas. ¡Pero, cuidado, no apriete tan fuerte! Mírese las manos. ¡Están blancas! Venga, mujer, ¿dónde está la joven espabilada, de réplica rápida e inteligente, que me acorrala en la esquina cada vez que le viene en gana? ¿No va a volver a mirarme, miss West? ¿Y qué hago yo ahora? Parece que mi intento por aliviarle el mal rato no ha tenido éxito. Lo cierto es que el chiste sobre mi desnivel ha sido bastante malo. Para ser un tipo con buenas salidas, esta vez no has andado muy hábil, Charles. Aunque, con franqueza, nunca consigo serlo del todo con ella. ¿Por qué siempre acaba por tener la última palabra? Cada conversación con ella es un reto. Y... (se sonrió sin percatarse de que Kate lo observaba de reojo) ¡me encantan esos retos!, pese a que casi siempre acabe por perderlos. Y esa respuesta.... No es el tipo de mujer al que una pierna le importe más que el resto de la persona. Estoy seguro de ello. Es asombrosa. Y lo ha dicho: no hay nada en mí que me impida vivir como un hombre normal.


Cerré el cuaderno y lo sujeté con una mano mientras el sol que se colaba por la ventana dibujaba sobre la tapa la sombra de mi pulgar. ¿Arriba? ¿Abajo? ¿Hacia dónde había de inclinarlo?  La pila de los condenados y la de los indultados aguardaban mi decisión.

miércoles, 16 de enero de 2013

Muerte poco naturales, P. D. James

Muertes poco naturales, P. D. James

El cadáver del escritor Maurice Seton es encontrado con las manos espantosamente mutiladas en una barca a la deriva, muy cerca del pequeño pueblo donde el inspector Adam Dalgliesh acaba de comenzar unos días de descanso... ¿Ha muerto Seton por causas naturales, como afirma la policía local, o, por el contrario, estamos ante un premeditado y sádico crimen?...

Una novela de máximo suspense por una de las autoras más cotizadas del género.

Adam Dalgliesh, el célebre personaje de P. D. James, se enfrenta aquí a uno de los casos más siniestros y complicados de su carrera como inspector de Scotland Yard. Acaba de solucionar un caso particularmente difícil y decide tomarse unos días de vacaciones en casa de su tía, en un pequeño pueblo de Suffolk. Pero la misma tarde de su llegada, la policía local encuentra el cadáver de un hombre, con ambas manos cortadas, en una barca a la deriva. Tan macabro hallazgo conmociona la apacible vida de ellos lugareños, pero más aún al saberse que se trata del escritor Maurice Seton, un hombre huraño que deja una cuantiosa herencia y que en vida se granjeó numerosos enemigos... Las sospechas recaen sobre numerosos habitantes de la localidad, cualquiera de ellos puede ser el asesino de Seton: Digby, su hermanastro, joven pendeciero y aficionado a la vida fastuosa; Oliver Latham, antiguo amante de su mujer; Sylvia Kedge, su asistenta y secretaria; etc...

Sin embargo, las investigaciones de la policía local parecen apuntar a una muerte natural, pese a la evidencia de la horrible mutilación en el cuerpo de Seton. La hipótesis del asesinato, ahora sólo sostenida por Dalgliesh, pierde puntos. Pero todo cambia cuando es hallado el cadáver de Digby, único heredero de la fortuna de Seton. A partir de entonces, la sagacidad y el temple de Dalgliesh irán poniendo al descubierto el enrarecido entretejido de motivaciones inconfesables que ha provocado la tragedia... Muertes poco naturales es una novela de alta tensión, cuya lograda caracterización de personajes y veraz ambientación realzan una trama plena de suspense y misterio, magnífica muestra del genio de la autora.

Una vez más: extraordinaria novela. ¡Me ha encantado! P. D. James tiene algo singular de lo que otros carecen o bien o ha conectado conmigo de una forma especial. No sé qué es, pero tengo que volver a decir lo que ya dije en su Un impulso natural: novela interesante, bien construida, extraordinariamente bien narrada y con un final con el que de nuevo P. D. James sorprende.

Dos puntos destaco hoy de este título: la personalidad del inspector Dalgliesh y la forma en que es transmitida al lector, y la ambientación de la novela. Ambos puntos son dignos de estudio y debería tomarme el tiempo necesario para hacerlo. Seguro que P. D. James me daría una lección magistral.

Otro elemento a comentar son los anhelos (así los llamaba en mi último comentario a una obra de esta autora) amorosos de Dalgliesh, enamorado de Deborah Riscoe. Muertes poco naturales comienza con una declaración de intenciones por parte del inspector: Había postergado deliberadamente una decisión personal hasta esas vaciones. Antes de regresar a Londres tenía que decidir si le pedía a Deborah Riscoe que se casara con él, y el libro acaba con un párrafo referido, precisamente, a este punto. Me gusta mucho que la novela policíaca no sea exclusivamente eso: la historia de un crimen y de su resolución. Una trama secundaria que toca a los personajes de un modo ajeno al crimen en sí me parece una forma muy inteligente de dar vida, vida real, a un personaje.

¡Qué bien que aún me quedan tantas novelas de esta autora por leer!

sábado, 12 de enero de 2013

Saliendo del laberinto

Y la petición fue aceptada, así que ahí os dejo con MGae:

Saliendo del laberinto (por MGae)

Aunque la ocurrencia de Urumo del túnel del topillo resulta muy sugerente, me refería a la Topología como la rama de las Matemáticas que estudia las propiedades de los cuerpos que no varían aunque estos se estiren o deformen, siempre que no se corten. De hecho,  una de las primeras curiosidades que cuentan los profes como motivación para esta asignatura es que, desde el punto de vista topológico, una rosquilla es "lo mismo" que una taza de café... Pero ésa es otra historia...

El "truco topológico" al que me refería es muy sencillo (tanto que no sé si merece una anotación, pero habéis insistido tanto que negarse parecía hasta feo...): para salir de un laberinto (que cumpla unas ciertas condiciones, debería añadir, pero no me quiero liar con ello) basta con elegir una pared y  seguirla siempre. Esto no garantiza, precisamente, salir pronto..., y, en muchos casos, el camino no será el más directo, pero sí sabemos que saldremos del laberinto, o llegaremos a nuestro destino.

Como muestra de esto, en la Imagen 1 se puede observar que si salimos del punto A y tomamos la pared de la derecha el camino hasta el punto B será bastante rápido... Sin embargo, si elegimos la pared de la izquierda, la ruta nos hará recorrer gran parte del laberinto...

Imagen 1

Eso sí, los lectores más puntillosos se habrán planteado que esto no puede ser tan simple. Y es verdad. Si nuestro laberinto no es "como debe ser" (¡las condiciones a las que me refería antes!) nos podemos encontrar "islas" como la de la Imagen 2

Imagen 2

Si salimos de una zona así utilizando la técnica de seguir la pared, podemos comprobar fácilmente que nos encontraremos en un bucle infinito... claramente sin salida. De modo que, para evitar estas posibles "trampas" del constructor, se aconseja vivamente marcar los cruces al pasar. Así, si damos una vuelta completa y regresamos a un cruce ya marcado, sabremos que es hora de cambiarnos de pared...

Thunder only happens when it is raining, The Corrs

Thunder only happens when it is raining, The Corrs

Con versiones como ésta, ¿quién quiere a los Fleetwood Mac?


Como si se pudieran confundir.

jueves, 10 de enero de 2013

Malo...

Malo...

Habitualmente soy de las que, en cuanto suena el despertador, le da un manotazo, lo apaga y salta de la cama.

Habitualmente..., sí.

Llevo 3 días dándole al botoncillo de "Repetir alarma".

Y 3 son los días que llevamos de clase.

¡Y aún estamos en enero!



Malo, malo...

¡La cosa pinta pero que muy mal!

domingo, 6 de enero de 2013

Laberinto

Laberinto

Pues ya vinieron y marcharon Sus Majestades, y junto a mis zapatos, bien lustrados, me han dejado un nuevo chute de emoción, delirio, entusiasmo, desasosiego, suspense, exaltación, inquietud, temor, euforia, enternecimiento, turbación, alegría, optimismo, ardor, abatimiento, melancolía, desánimo, felicidad y postración.

Sí, ya estoy otra vez en el laberinto. Veremos por dónde salgo...

De momento, tengo una cita en el Savoy :-)

Y... ¿sabéis que hay una calle, la única en todo Reino Unido, en la que es obligada la circulación por la derecha? 

Estas son las cosas que me cuenta Charles Carter. Un tipo encantador donde los haya... ¡Voy a ver si se lo birlo a Kate West!

Hummmm, va a ser difícil. Me parece que Kate West es demasiada Kate West. ¡Maldita! ¿Por qué te habré hecho tan rematadamente adorable?

... 

...

...

Bueno..., siempre puedo cargármela*.

- - - - - - - - - - 

*Y echarle la culpa a otro con una historia bien tramada, que los Reyes vuelven el año próximo.

En fin..., voy a perderme un rato. Cojo mi hilito y me voy en busca del... ¡Ah, no! Ahí viene él solito:



Hala, os dejo que tengo una historia con la que lidiar.

jueves, 3 de enero de 2013

Amigos..., ¡cómo son!

Amigos..., ¡cómo son!

Cuando, hace un par de semanas, leí esta anotación, no pude dejar de asociarla a esta otra e intuí, aunque nada de la segunda se mencionara en la primera, que de algún modo, todavía desconocido para mí, estaban relacionadas.

No voy a negar que me quedé bastante pensativa (como por otra parte suele sucederme con muchas de las anotaciones que encuentro en los Platos), pero nada dije al respecto (en la anotación), por no saber qué. Pareciera que las palabras hubiesen volado de mí.

La llegada del cartero a casa, ayer por la mañana,


me sugirió al fin una: ¡Gracias!

martes, 1 de enero de 2013

¡Comienza el Friki-Año!

¡Comienza el Friki-Año!


¡Pero qué mona va esta chica siempre! 

En cuanto abra El Corte Inglés, el miércoles por la mañana, voy a ir a comprarme unos zapatitos como esos. Los calcetines no, que ya los tengo. Y para dentro de dos meses (que me voy a tener que pasar jugando al fútbol pa tener esas piernas tan femeninas) os bailo el Hung Up

Visualización, visualización, visualización... 

Pero necesito una fila de tíos como ella. ¿Quién se presta? 

Eso sí, de tirarme al radiocasete..., ¡paso!

Belén 2013

Belén 2011