martes, 14 de febrero de 2012

Gutenberg

Gutenberg

La historia de Juan Gensfleisch de Gutenberg es la historia del genio, siempre desgraciado, que lucha hasta conseguir el éxito que merece; pero que no conoce en vida las mieles del triunfo para que se cumpla el pensamiento de Balzac: "La gloria es el sol de los muertos".

Gutenberg nació en Maguncia en 1397. Huérfano a los quince años, se marchó a Estrasburgo, donde concibió la primera idea de su invento; pero como la realización de éste exigía muchos gastos, se asoció a tres burgueses de la ciudad que allegaron los primeros fondos. Luego de diez años de incesantes trabajos, consiguió construir letras movibles; pero había que buscar un metal o aleación conveniente porque el hierro era demasiado duro y rompía el papel, el plomo, demasiado blando y se gastaba pronto porque cedía al esfuerzo de la prensa, y la madera no tenía resistencia suficiente.

En estos años, los tres burgueses se arruinaron; pero tenían tanta fe en el éxito del genio maguntino, que no sólo no se quejaron, sino que vendieron sus joyas, después sus muebles y, finalmente, hasta su patrimonio, para que Gutenberg pudiese continuar sus trabajos. Estos tres hombres, cuyos nombre deben pasar a la Historia con el título de verdaderos benefactores de la Humanidad, se llamaban Heilmann, Dryzehn y Rift, y a su muerte, Gutenberg se descorazonó y regresó a su ciudad natal.

Biblia de Gutenberg
Pero la preocupación de su invento no le dejaba un punto de reposo y al poco tiempo de estar en Maguncia reanudó sus trabajo, asociado esta vez a un rico orfebre, y a un joven clérigo de gran cultura. El primero, Juan Faust, hombre avaro y astuto, anticipó el dinero necesario en condiciones que le permitieran llevarse a parte del león a la hora del reparto de los beneficios. El segundo, Pedro Schoeffer, consiguió una mezcla adecuada de plomo y antimonio con la que pudo construir letras de finas aristas que resistían al esfuerzo de la prensa. Poco  después, Gutenberg añadió estaño a aquella mezcla y la imprenta quedó hecha y perfecta.

Faust, dándose cuenta del alcance el invento, se presentó como lo que era. Avaro y pérfido, pensó en seguida en libertarse de  de Gutenberg, y acreedor implacable, obligó a éste a cederle sus derechos de autor. 

Fácilmente se adivina la consecuencia de esta conducta incalificable: Gutenberg se vio reducido a la miseria mientras Faust, asociado a Schoeffer, se enriquecía vendiendo los libros impresos como manuscritos, para lo cual compraba, con amenazas, el silencio de sus obreros; pero no disfrutó mucho tiempo de su opulencia porque, pocos años después, murió de la peste, y Schoeffer continuó explotando la nueva industria hasta su muerte, ocurrida en el asalto de Maguncia.

Le sucedió su hijo Juan, espíritu generoso, gracias al cual la Humanidad conoce al verdadero inventor de la imprenta. Juan Schoeffer escribió al frente de una obra impresa en 1505 y dedicada al emperador Maximiliano, estas justas y nobles palabras: "El arte admirable de la tipografía fue inventado en Maguncia por el genio de Juan Gutenberg el año 1450, habiéndolo mejorado y propagado los trabajos de Faust y de Schoeffer".

Gutenberg, en tanto, solo, pobre, miserable, olvidado de todos, vivió sus últimos días gracias al arzobispo de Maguncia que le señaló una modesta pensión y el 14 de febrero* de 1468 murió el llamado por Quintana "bienhechor del mundo", el inventor de "la pólvora del pensamiento": las letras metálicas sueltas que, como ha escrito una elegante pluma, "mientras están en la caja, no son más que una caótica masa de inerte y muda materia; pero al pasar por la mano del hombre, parece que el plomo bruto adquiere alma y  voz, trocándose en elocuente lenguaje escrito" y, según otro ilustre escritor, "la imprenta realizó algo semejante al milagro de los peces y los panes, pues con un solo molde multiplica los ejemplares hasta lo infinito para alimentar intelectualmente a las muchedumbres".

* Aunque en todos los sitios que he consultado fijan la fecha de muerte de Gutenberg el 3 de febrero, esta entrada se publica el 14 puesto que en el libro del que está sacado el texto así se indica.


Tomado de Historia de la ciencia (volumen I), de Francisco Vera.

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4 comentarios:

posodo dijo...

Lo curioso es que los impresores eran al principio un poco como los feriantes, iban de un sitio a otro ofreciendo su trabajo, y de ahí que los libros impresos entonces se llamen 'incunables' por la dificultad en muchas ocasiones en fijar la 'cuna' o ciudad en la que fueron impresos.

(Bueno, también dice la RAE que la palabra viene de 'incunabula', es decir, pañales. Se trata, pues, de elegir la versión más épico-romántica, o la más tierna)

Un saludo.

S. Cid dijo...

Posodo: Qué curioso lo que cuentas.... Si me das a elegir, me quedo con la primera versión.

Saludos.

URUMO, bocetólogo dijo...

"Pólvora del pensamiento" Me ha gustado mucho. Tanto como la búsqueda del material. La historia que yo estudié sólo entraba en metales y aleaciones por y para industria de armas.
Muy interesante.

S. Cid dijo...

Urumo: Sí, a mí también me llamó mucho la atención esa frase. Es explosiva, ¿eh? ;-)

Gracias y saludos.

Belén 2013

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