lunes, 31 de mayo de 2010

Uuuufffff

Uuuufffff

¡Qué tarde más tediosa! ¡Cómo odio estos días en que el mal cuerpo no te deja hacer nada salvo tirarte como un trapo en el sofá y esperar a que escampe!

He intentado leer, he intentado escribir, he querido escuchar una tertulia radiofónica..., pero no ha habido manera. Al final, he dejado pasar la tarde viendo, por la ventana, cómo caía el sol hasta ocultarse. Ahora, que llega la noche, empiezo a espabilar. Luego, en la cama, cuando quiera dormir, no haré sino dar vueltas. El mundo al revés. Sólo un par de días calurosos... y ya echo de menos ese frío intenso en la calle que te hace añorar el calor de casa. Oh, qué gran invento la calefacción. Llegar helada, abrir la puerta y encontrar que aquellas cuatro paredes te envuelven con su calor.

Calor... Ufff, vuelve a mí la modorra somnolienta. Y eso que ahora entra el fresco por la ventana. Qué tarde..., amigos... ¡Qué tarde más larga y tediosa!

sábado, 29 de mayo de 2010

2V (o sea, 25) años... ¡ya!

2V (o sea, 25) años... ¡ya!

El jueves pasado me llamó mi hermana mayor y me dijo que el sábado, 3 de julio, tendremos comida familiar porque 3 días después, el 6 de julio, hará 25 años que se casó con mi cuñado, a quien conozco desde mi más tierna infancia (cinco años tenía cuando mi hermana me llevó a jugar al Retiro mientras paseaba con él), y por ello es más otro hermano mayor que cuñado. Después de colgar, me eché las cuentas y, caray, yo era una pipiolina aquel 6 de julio de 1985. Cómo pasa el tiempo, ¿verdad?

Recuerdo muy bien aquel día, a diferencia de las bodas de otros hermanos que, a pesar de ser posteriores a aquella primera, pero igual de importantes que ella, aparecen, sin embargo, más borrosas en mi memoria. Guardo, pues, de aquel día muchas anécdotas y entre ellas hay una que volvió a mi cerebro la noche del jueves en que me llamó mi hermana, mientras veía la serie V. Tiene que ver tal anécdota, precisamente, con la antecesora de esta serie (la de la malvada Diana, ¿la recuerdan?), que me enganchó a aquella temprana edad hasta el punto de que todas las amigas quedábamos cada sábado en casa de una de nosotras para verla, y después, al acabar el capítulo, como en una especie de ritual, nos íbamos a merendar un perrito caliente o a tomar un batido en la ya desaparecida Vitamina.

Pues bien, aquel 6 de julio de 1985 se emitió el último capítulo de la vieja serie de V. El último, sí, mientras yo estaba en la iglesia atendiendo a la boda de la primera de mis hermanas... En aquella época, los vídeos no eran tan habituales en los hogares españoles como lo fueron años después, y en casa ("¿Un aparato más con el que distraeros en vez de estudiar? ¡Jamás!" -mi padre dixit) no teníamos uno. Así que..., sí, me perdí justo, justo..., después de haber sido fiel a la serie durante meses, el último capítulo.

Todo esto pensaba el pasado jueves por la noche, mientras atendía las visicitudes que acontecían a los personajes de la nueva V y los contrastaba con aquellos que vivieron Diana, Donovan y los demás, cuyos nombres no recuerdo. Y todo ello mientras resonaban aún en mis oídos las palabras con que mi hermana me había hablado esa misma tarde de su vigésimo quinto aniversario de boda. No se trata de un déjà vu, obviamente, pero sí que es sorprendente cómo la vida a veces te asombra con coincidencias que le hacen pensar a una si no transita la existencia por un carril circular en el que siempre vuelve el viajero al punto de partida.

jueves, 27 de mayo de 2010

La amigdalitis de Tarzán

La amigdalitis de Tarzán (Alfredo Bryce Echenique)

Este título llegó a mi biblioteca merced a un detalle que una de las editoriales que nos surten de lecturas para el colegio quiso tener conmigo. Dado que fue un regalo, puedo consolarme pensando que al menos no fue gravoso, desde un punto de vista crematístico, y sólo me robó algo de tiempo: el dedicado a su lectura.

Si todavía no lo ha leído, querido amigo lector del blog, no quiera hacerlo: hay montones de historias que merecen su tiempo mucho más que ésta. Es una novela estúpida, construida casi epistolarmente y ya me ha robado bastante tiempo, de manera que ni siquiera voy a entretenerme en contarle de qué va. No me ha gustado: ni la historia, ni la forma, ni la redacción.

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Escribí este comentario nada más terminar de leer el libro (hace ya dos o tres meses) y hoy, cuando voy en su busca para subirlo al blog, encuentro que fui algo dura. Tal vez sea porque, con el tiempo, las sensaciones se van diluyendo y el recuerdo está ya guardado en lo profundo de la memoria, pero ahora me sabe mal hacer una crítica tan torcida. Sin embargo, si tal fue lo que escribí..., tal fue lo que en su momento pensé; así que ahí se queda, eso sí, con mis disculpas al autor.

martes, 25 de mayo de 2010

Dictado

Dictado

Torció huraño el gesto al atravesar una pequeña aldehuela rodeada de tan inhóspita vegetación, que parecía querer ahuyentar con ella a todo aquel que tímidamente hallara placer en hollarla y pretendiera homenajearla con una hipócrita presencia vestida de falsa hilaridad.

El héroe de este dictado, sin embargo, coherente con el gesto hostil de su rostro, sobre el que despuntaba un hocico perruno, se avino a hallar el modo de ahogar la curiosidad de las alcahuetas que asomaban la jeta y husmeaban tras las ventanas con ese paseo hostil que emprendió por las calles de la villa, huérfanas de vecinos a esas horas.

Éste es el dictado que han realizado los alumnos de los tres grupos de 3º ESO a la misma hora en aulas diferentes para el examen final de la 3ª evaluación. Vale dos puntos, se resta 0,2 por falta en grafía y 0,1 por tilde. No se leen las comas. Se hace una primera lectura, lenta y en la que cada frase del dictado se repite dos veces, y una segunda lectura ya toda seguida para que puntúen correctamente y puedan anotar aquellas palabras que no hayan podido anotar en la 1ª lectura.

El dictado puede parecer un poco rebuscado, pero no hay en él una sola palabra que no se haya trabajado en clase, bien en el apartado de homófonos, bien en el de reglas de la h, de la b, etc. Todas esas palabras se han visto, explicado y utilizado en ejercicios diversos.... Pues bien, al acabar la lectura final, una alumna -que es repetidora y que sólo en esta última evaluación ha faltado a mi clase 12 días- ha levantado la mano y ha mantenido conmigo la siguiente conversación:
-¿Puedes repetir el dictado?
-Sabes que no.
-Pues me parece muy injusto.
-¿Injusto?
-Sí, muy injusto.
-Injusto sería que a esta clase le hiciera dos relecturas finales, mientras los otros dos terceros sólo tienen una.
-¿Y cómo quieres que copie las palabras tan raras que has dictado si no las sé?
-Estudiándolas.
-Es muy injusto..., ¿y así cómo vamos a aprobar?, y...
Omito lo que siguió...

Un alumno me trae en un pen-drive un trabajo que había pedido para determinada fecha. Al cargar el documento, vemos -el alumno y yo- que la versión en que lo ha grabado es mucho más actual que la versión de la que dispone el ordenador de mi clase. Le pido que vuelva a llevárselo, lo grabe en la versión adecuada y vuelva a traerlo. Pero el alumno no volverá nunca con su trabajo.

Otra posibilidad para el alumno es mandarme el trabajo por correo electrónico a una dirección que se ha escrito en la pizarra varias veces en días diversos. Días después de acabado el plazo, y cuando ya he pasado lista en numerosas ocasiones en voz alta señalando los alumnos que habían entregado el trabajo y los que no, una alumna jura y perjura que me lo mandó a la dirección taltal@hotmail. Le indico que no es hotmail sino gmail. Me pregunta si puede volver a enviármelo. Le digo que no. Ha tenido tiempo suficiente para darse cuenta de su error y subsanarlo. Ahora ya no es tiempo de trabajos, sino de exámenes.

Ambos alumnos, el del pen-drive y la del correo equivocado, insisten en que me han entregado el trabajo y no puedo ponerles un cero. La culpa, como con las palabras extrañas que la otra no puede copiar porque sólo se hace una relectura final y no, por supuesto, porque no las ha estudiado..., la culpa, decía, es siempre mía...

Así funcionan nuestros niños de hoy. Imaginad cómo funcionará nuestro país... en el futuro.

martes, 18 de mayo de 2010

Fe

Fe

Cuando, dieciocho años antes, el profesor Leonard Curtis anunció, ante la abultada audiencia que desbordaba el Aula Magna de la Real Sociedad Astronómica de Londres, que su descubrimiento iba a remover las raíces del entendimiento humano sobre el mundo que nos contiene hasta poner el universo patas arriba, nadie tuvo dudas de que, fuera lo que fuese aquello sobre lo que Curtis iba a hablar, acertaría. Ni siquiera el mundo científico que asistía atónito a aquella demostración de saber tuvo a bien mostrar la más mínima sombra de duda o vacilación. Gran parte de aquel crédito procedía del hecho indiscutible, demostrado hasta la saciedad, de que la cabeza de Curtis albergaba una inteligencia asombrosa a la que pocos se habían atrevido a contradecir y menos aún a agraviar con un escepticismo que únicamente hubiera denotado envidia o necedad; pero también, justo es decirlo, una considerable proporción de ese alto crédito que se otorgó a Leonard Curtis aquel día en el que logró la consagración total de su nombre, se debió al hecho de que una parte sustancial del mundo científico que se encontraba aquella noche en la Real Sociedad Astronómica había tenido acceso a la espina dorsal sobre la que se sustentaba el descubrimiento de Curtis, merced a los artículos publicados, a modo de avanzadilla, por la revista National Astronomic.

Después de aquella noche, no hubo rincón en el planeta al que no llegara la noticia de que, tras siglos de búsqueda, la armonía de las esferas celestes había por fin mostrado a la mente humana las notas que la componían. Muchos lo habían precedido en el estudio profundo de los misterios que alberga nuestro mundo, pero sólo a Curtis le fue concedido el honor de verter la luz definitiva sobre aquel misterium cosmographicum con que Kepler había dado los tambaleantes primeros pasos en la oscuridad.
-Mr. Curtis...
-Mr. Curtis...
-Mr. Curtis...
Las llamadas con que los reporteros intentaban reclamar la atención del profesor se confundían unas con otras sin que fuera posible atender sus demandas.
-Señores, señores..., por favor... -la voz de Lord Grovesnor, Presidente de la Real Sociedad Astronómica, intentó poner orden en aquel griterío-, un poco de calma. Todos ustedes tendrán oportunidad de hacer las preguntas que deseen.
-¿Dice usted -sobresalió al fin entre todas la voz de una estudiante que hacía las veces de reportera para el Astronomic College de Oxford- que el universo no es sino un enorme ordenador cuántico; y las leyes físicas, más que el software que emplea?
-De manera muy sucinta, pero sí, eso es -contestó el profesor con una amplia sonrisa que anunció lo muy feliz que se sentía.
-Entonces... -inquirió otro que logró dominar con su voz los vanos intentos con que el resto de reporteros luchaban por hacerse con la atención de Leonard Curtis-, según su teoría..., ¿todo en este mundo, desde los masivos agujeros negros y los astros y planetas, cuyo movimiento predice la mecánica clásica, hasta las moléculas microscópicas con que trabaja la física cuántica, todo, Mr. Curtis, conforma una extraordinaria computadora universal?
-Exacto, señor. Acaba usted de describir el hardware de ese ordenador universal.

El rostro de Leonard Curtis se ensanchó en una amplia sonrisa que destilaba felicidad, y ciertas gotas de vanidad que no le hubieran pasado desapercibidas a un agudo observador escurrieron por sus sienes, perlándolas con una arrogancia mal disimulada. El Aula Magna hervía de excitación y él, como si de un poderoso agujero negro se tratara, en torno al cual girara la galaxia entera y de cuyo embrujo nada pudiera escapar, se sentía el centro de atención y admiración. Tal era la altiva egolatría que lo ensoberbecía, que sin duda más de un colega debió de echar en falta, a la espalda de Curtis, la presencia de un prudente consejero que hubiera susurrado a su oído, como el siervo en el del general que, vuelto a Roma tras victoriosa campaña, recibe el aplauso del pueblo, la frase latina que habría de volverle los pies a la tierra: memento mori..., memento mori... Sin embargo, aquel hombre arrogante no encontró freno alguno a su soberbia hasta que una pregunta interrumpió el denso caudal de dicha que había venido experimentando hasta entonces.
-¿Y el Informático? -la voz sonó suave entre toda aquella algarabía, pero se oyó.
-¿Cómo dice usted? -preguntó Lord Grovesnor.
-Pregunto a Mr. Curtis si sería tan amable de explicar la parte que corresponde al Informático hacedor de tan maravillosa máquina.

Leonard Curtis miró de soslayo a aquella mujer a quien reconoció de inmediato. Había sido alumna suya durante el tiempo que ocupó la Cátedra Lucasiana de Matematicas en la universidad de Cambridge, antes de abandonarla para dedicarse por entero a la investigación. Una mueca de desdén logró hacerle torcer el gesto, mientras el desvaído recuerdo de aquella joven acudió a él brincando ágil en la memoria y, sin reparo alguno, se encaraba con la mirada atónita con que lo recibió. Y es que, a pesar del apagado color con que la evocó, no pudo evitar que se encaramara, desde una olvidada esquina de su memoria, la delgada figura de aquella joven que osaba alzarse una vez más ante el todopoderoso Curtis para interrogarlo por cuestiones que poco o nada tenían que ver con las matemáticas o la astrofísica, y sí mucho con la doctrina, irrelevante en términos científicos, que gastaban aquellos que se ocupaban de un Dios en el que él no creía. Al parecer, pensó mirándola con fingida condescendencia, los años no la habían cambiado.
-Ése no es ámbito de mi incumbencia, señorita.
-Sin embargo, profesor, y puesto que los principios fundamentales que rigen el universo han sido puestos al descubierto por su histórico hallazgo, no es una pregunta impertinente, antes bien, muchos de los que estamos aquí la encontramos sumamente oportuna, pues...
-No insista -la interrumpió-. Todos los que están aquí ya deben de saber que no me ocupo de especulaciones teológicas que a nada conducen.
-¿No ha pensado en ello, pues?
-No.
-Y sin embargo me cuesta creerlo, profesor. Nadie posee un ordenador que haya aparecido por generación espontánea, de modo que es fácil plantearse este tipo de cuestiones, aunque la computadora de que se trate sea del tamaño del que usted propone. Ésta es una idea que sin duda está en la mente de muchos de nosotros...
-Pero no en la mía -la interrumpió de nuevo-. Si alguien más tiene una pregunta de carácter científico, estaré encantado de responder -dijo mirando a la nube de reporteros que escuchaban en el silencio que desde hacía rato reinaba en el Aula Magna.
-Muchos, antes de usted -insistió ella, sin embargo-, han atendido esta cuestión sin que ello menoscabara su condición de científicos, profesor. El mismísimo Kepler consideraba la astronomía una bella forma de acercarse a Dios y celebrarlo.
-Oh, vamos, está usted hablando de un hombre del siglo XVII, ¿qué otra cosa podía decir?
-Tan sólo me planteo la pregunta de si, como ocurriera con Kepler, para quien la belleza de su modelo cosmológico no era sino la prueba fehaciente de la existencia de Dios, así como una manifestación incontrovertible de la gran sabiduría y elegancia con que había creado el mundo, su descubrimiento no le ha sugerido también a usted la idea de Dios, profesor Curtis.
-No concibo un universo teocrático, si es eso a lo que usted se refiere.
-¿No cree en Él? -insistió la mujer.
-No.
-Pero...
-¡Dios no existe, señora! -la atajó Curtis con una voz que rebotó inequívoca en las paredes del Aula Magna.

El ateísmo del profesor Curtis no fue impedimento para que, algún tiempo después, le concedieran el Premio Nobel de Física, pero la disputa que mantuvo en aquella memorable velada que aconteció en la Real Sociedad Astronómica de Londres sí influyó notablemente en la vida de Curtis, pues se tornó en la fuerza motriz que lo impulsó, a partir de entonces, en una tenaz lucha en la que empeñó sus días y sus noches para combatir la idea de Dios. De manera que, cuando transcurridos 18 años, las alarmas sonaron en todos los centros de poder del planeta debido al insólito y aterrador hecho de que el universo estaba empezando a apagarse, muchas miradas se volvieron anhelantes hacia Curtis.

El brillo de las lejanas estrellas disminuía a ojos vista, y el mismísimo Sol perdía cada día un poquito de su fulgor. Los días se volvían cada vez más opacos y fríos. Por las noches, la Luna apenas lograba reflejar una pizca de aquellos marchitos rayos procedentes de nuestra estrella que aún era capaz de captar. La ciencia no daba crédito a lo que observaba y se sentía impotente para expresar en lenguaje matemático aquel desastre cósmico. Nadie entendía por qué el ordenador cuántico de Curtis languidecía. Sólo sabían que el fin se acercaba...

-¿Cómo es posible? -un joven científico del Observatorio Astronómico de Cerro Paranal encendió una cerilla con la que alumbró el rincón de la estancia en la que se encontraban.
-Sospecho que todo lo que empieza tiene un final -contestó la mujer madura que aún se esforzaba por descubrir una tenue luz en el firmamento a través del telescopio.
-Curtis se ha suicidado.
-Lo sé.
-Lo encontraron muerto en su casa, con un tiro en la sien.
-Lo sé -volvió a decir ella.
-Supongo que no pudo soportar que le dijeran que Dios había desenchufado su computadora cuántica.
-No seas cruel, James -le recriminó la mujer.
-Tú te las tuvieste tiesas con él...
-Eso fue hace mucho.
-Pero se dedicó a indisponerte con el mundo científico después de aquella disputa...
-Nunca le he guardado rencor.
El joven suspiró y encendió otra cerilla.
-Y ahora..., ¿qué?
-Esperar.
-¿A qué? Estamos fritos.
Ella esbozó una sonrisa. Hacía tiempo que el Sol se había apagado y la Tierra giraba, en una eterna y gélida noche, alrededor de la escoria en que se había convertido nuestro astro.
-Fritos..., precisamente, no.
Él, sin embargo, no sonrió. Su rostro mostraba miedo.
-¿Qué perspectivas le quedan a la humanidad?
-Han mandado la nave Prometheus...
-¿Prometheus? ¡Ja! ¿Acaso piensan robarle el fuego a los dioses?
-No seas sarcástico, James. No es el momento.
-Pero ¿para qué, doctora? -preguntó él con vehemencia-. ¿Para qué mandar naves? ¿Qué pretenden? Es absurdo. Todo está apagado. ¿Dónde pueden ir? ¿Qué creen que pueden hacer?
-Tranquilo, James -susurró ella.
-Todo acaba aquí -dijo él-. No hay esperanza para nuestra especie.
-Ten fe -contestó ella.

domingo, 16 de mayo de 2010

El efecto Clock-y

El efecto Clock-y

Éste es Clocky, mi reloj de cocina, y he descubierto con gran asombro que también a él le afecta la fuerza de la gravedad. No me diga que se me han aflojado los tornillos, oiga, que le estoy contando una verdad comprobada experimentalmente.

El hallazgo científico que revolucionará conocimiento y método, y sin duda interesará a la misma NASA, tuvo lugar hace unos días gracias a mis grandes dotes de observación, tan penetrantes al menos como las del propio Fleming, cuando advertí que Clocky atrasaba.

Pensé, primero, que el retardo se debía al chorreo eléctrico con que la pila debía de despilfarrar su energía a costa de mi presupuesto, pues no a otra explicación que el derroche podía deberse que ya anduviera la pila gastada, visto los pocos meses que llevaba currando. Escamada por existencia tan sucinta, sospeché entonces que la pila era inocente del frenesí chispeante que le atribuía y sopesé la idea de que las agujas rozaran entre sí, en una especie de frote libidinoso que estuviera interfiriendo en su misión horaria. Estudié el asunto desde variados ángulos y no hallé ninguna actitud reprobable entre las castas agujas, tan injustamente calumniadas por mi natural desconfiado.

Entonces me detuve… y pensé, naturalmente. Le di vueltas al reloj, lo miré, lo remiré, lo estudié, lo examiné… y acabé por dejarlo tumbado sobre el frutero, que a la sazón se encontraba vacío. A la vuelta, y es aquí donde entran en juego mis penetrantes dotes de observación, reparé, atónita, en que el reloj avanzaba por la dimensión temporal a la sorprendente velocidad de un segundo por segundo. “Hummmm –me dije en el francés del laboratorio ginebrino donde aceleran particulas–, ce n’est pas posible!”. Y entonces reflexioné de nuevo.

No he de ocultar a la posteridad que durante un instante gravitó sobre mí la más profunda perplejidad, pero, animada por mi natural optimista y sin sentir abatimiento alguno porque el razonamiento no llegara a una respuesta que satisficiera mi curiosidad, me despaché a gusto con el método experimental que me mostró lo que sigue:

· Nota primera: Reloj en posición vertical. Una vez colgado el reloj de la alcayata, el segundero avanza con desparpajo de en punto a y media sin mostrar ningún síntoma de fatiga ni demora.

· Nota segunda: Reloj en posición vertical. De y media a menos veinte, el segundero manifiesta cierta dilación en su avance.

· Nota tercera: Reloj en posición vertical. Evidente esfuerzo para alcanzar menos cuarto.

· Nota cuarta: Reloj en posición vertical. Detención total a y cuarenta y siete. El segundero intenta un movimiento de avance sin conseguirlo.

· Nota quinta: Reloj en posición horizontal. La velocidad de crucero se alcanza sin dificultad. El segundero logra las en punto e inicia de nuevo el descenso hacia y media.

· Nota sexta: Reloj en posición horizontal. Ascenso por el tramo izquierdo del reloj a velocidad sostenida durante toda la marcha y éxito total en el objetivo propuesto: llegada a en punto exactamente treinta segundos después de la partida de y media.

· Nota final: Conclusión. El tiempo se ve evidentemente influido por la fuerza de la gravedad. Sería interesante plantear el estudio de la influencia gravitatoria de nuestra galaxia sobre la duración del día terrestre, sin embargo, estimo más apropiado utilizar los escasos fondos disponibles para investigar cómo transcurre el paso del tiempo según nos encontremos de pie o tumbados. Einstein caminó por el tortuoso sendero de la Relatividad para mostrar que el tiempo es relativo. Nosotros, como buenos españoles, planteamos un método más… casero y por supuesto barato: si quiere vivir más tiempo que su gemelo, no se marche al espacio a viajar a la velocidad de la luz. Déjese de zarandajas relativistas y, simplemente, póngase en pie.

viernes, 14 de mayo de 2010

El oro del Rey

El oro del Rey (Arturo Pérez-Reverte)

Una editorial de las que algunas veces se pasan por el colegio me regaló este libro en el año 2002. Desde entonces, ha estado esperando turno en mi librería sin que me decidiera a leerlo. Sé que no es el primero de la serie, que comienza con El capitán Alatriste y sigue con Limpieza de sangre y El sol de Breda, antes de que le llegue el turno a este cuarto volumen que nos ocupa. No he leído ninguno de ellos y, a pesar de que en El oro del Rey se hace referencia en ocasiones a lances ocurridos en los títulos anteriores, se explican estos con el suficiente detalle como para que aun sin haberlos leído no haya obstáculo que impida la comprensión de la trama y pueda ésta seguirse sin tropiezo alguno.

La razón de que no me hubiera decidido a leerlo en todos estos años se debe exclusivamente a que no me habían hablado muy bien de él. Por supuesto, había oído algunas críticas elogiosas al libro, pero nunca me ofrecieron confianza suficiente. Otras, que contaban con mayor aprecio por mi parte, me habían hablado, empero, de un librito para pasar el rato. Y así lo considero yo también después de haberlo leído. Es lento (aunque por ser tan breve, su lectura se resuelve en un pispás) y el autor no logra volver apasionantes los momentos de aventura ni interesantes hasta el pasmo los de intriga. El librito, no obstante, es entretenido y tiene la curiosidad de contar con Quevedo como uno de sus personajes. ¿Mi opinión, pues? Es breve: se resume en un psssss.

Belén 2013

Belén 2011