jueves, 21 de noviembre de 2013

Los buenos vecinos

Los buenos vecinos

Creo que hay por ahí gente que tiene vecinas petardas que están siempre necesitando una tacita de azúcar. Yo no sólo soy afortunada en ese sentido (que venga, que venga Bárbara si se atreve a pedir asssssúcar) y no tengo vecina exhuberante que se pase el día dando la lata, sino en otro mucho más provechoso: tengo un vecino que se llama Antonio y es el mejor regalo que vino con la casa cuando la compré.

Hace un par de veranos o tres, se metió en mi baño, retorció el cuerpo con posturas imposibles y me arregló un asuntillo que necesitaba de urgente asistencia. Yo, como buenísima vecina, al día siguiente toqué la puerta de su casa y no para pedirle azúcar, cual gorrona, sino para llevarle una tartita helada.

Hoy llevo en casa todo el día, sufriendo lo que espero que sean los estertores de un trancazo que me ha tenido toda la semana viviendo cual zombi michaeljackensiense. Esta mañana puse la calefacción en cuanto me levanté. A media mañana se cortó. En la caldera, lucía el piloto rojo. La reseteé y funcionó otra vez. Después de comer, engullí un paracetamol y me metí en la cama. Se estaba tan bien, tan calentito... Hasta que empezó a hacer frío. Me arrastré hasta la cocina y ahí estaba otra vez en la caldera el dichoso pilotito rojo. Reseteé de nuevo..., pero esta vez la caldera no se encendió. Lo intenté de nuevo, oí cómo la caldera hacía un amago, contuve el aliento y..., ¡pof!, intento fracasado. 

MGae volvió del colegio y se pasó a verme. Me encontró enfrascada en la lectura de las instrucciones calderonienses, que nada tienen que ver con don Pedro. Ella también lo intentó: reseteó, reseteó, reseteó, y siempre el mismo fracaso. Me senté deprimida en el sofá. Justo hoy, que tengo tanto frío ¿y la caldera se estropea? Alguien debía de haberme echado mal de ojos. No había otra explicación que justificara tanta casualidad.

Entonces la oí: en el descansillo sonó la voz angelical de Antonio. Salté del sofá cual ágil gacela y corrí a la puerta. Él estaba en la suya, a punto de entrar.
-¡Hola!
-Eh, hola, S. Cid, ¿qué hay?
-Puffff -resoplé y lo miré con ojos de cordero desvalido-, ¿te va la calefacción?
-No sé, acabo de llegar y no la he puesto. ¿La tuya no va?
-¡Qué va! El piloto rojo está encendido, la reseteo, parece que hace el intento..., pero no lo consigue.
-¿Puedo pasar...?

¿Qué creéis, amigos, que debe contestar una casta doncella a un hombre que te pide permiso para entrar en tu casa?

-Por favor... -contesté. Abrí la puerta y me hice a un lado.

Y, bueno, voy a resumir porque no es cuestión de alargar el asunto. Cuando lo acompañé a la puerta para despedirlo, con el melodioso sonido de la caldera arrullando mis oídos, lo miré con la más encantadora de mis sonrisas.

-Y, por favor -le oí decir-, esta vez nada de tartas ni cosas de esas.
Una imagen de Castle vino a mi mente. ¿Tal vez unos pancakes?, pensé. Sería una bonita forma de decir: Gracias por lo de esta tarde.

Pero me mordí la lengua. Ya habrá ocasión de agradecérselo, aunque tendré que imaginar una forma de obedecerle y hacerlo... sin parecer que lo hago.

4 comentarios:

Alawen la Arquera dijo...

Suertuda.

Mis vecinos también parecen sacados de Hollywood. De una peli de terror, para más señas.

Besicos, y que te mejores :)

S. Cid dijo...

Alawen: Es más majo que las pesetas. Y para no poneros los dientes demasiado largos, nenas, no he contado por qué razón llamó a mi puerta hace un par de semanas, luego me invitó a pasar a su casa, y luego yo le invité a pasar a la mía.

Hay tantos desperfectos que arreglar como excusas aparezcan, jajaja.

caraguevo dijo...

¡Lo que hace la fiebre!
El cognac puede disminuir la fiebre, hacerla más llevadera, pero acrecienta las visiones.
Recupérate pronto.

;-P

S. Cid dijo...

Caraguevo: ¡Exacto! (qué bien lo has descrito): estas cosas siempre me dejan febril..., ¡con unos calores!

;-)

¿Otra vez me sacas la lengua?

Belén 2013

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