viernes, 22 de abril de 2011

Capricho fatal III

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-Capricho fatal I
-Capricho fatal II

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Capricho fatal  III
 
The crazy poet era un pub rural, recio y construido con buenas maderas, cuyo piso superior había sido adaptado para que sirviera de alojamiento. La habitación que se me destinó era ciertamente coqueta y, sobre todo, estaba limpia y caliente, lo cual se agradecía pues fuera había empezado a llover y a moverse el viento, volviendo el exterior un lugar sumamente desapacible para las fechas en las que nos encontrábamos. Fatigado por las irregulares circunstancias que el día me había deparado, me tumbé sobre la cama para retomar el aliento y calmarme, pero con ello sólo conseguí que una lacerante punzada me taladrara el costado. Sintiendo mi irritación subir un grado más en la escala, tanteé con la mano el bolsillo de mi chaqueta, donde parecía ocultarse el objeto causante del dolor, y extraje las llaves de repuesto para el coche que me habían dado en la agencia de alquiler. Recordé que las otras las había dejado puestas en el coche abandonado y por un momento pensé en la desgracia que supondría, y que vendría a sumarse a las que ya estaban ennegreciendo mi vida, el que algún desalmado, tras lograr ponerlo en marcha, lo hubiera robado. Sin embargo, unos golpecitos en la puerta me advirtieron de que el mecánico estaba de vuelta, sin novedad, al parecer, y de que traía mi equipaje.
–Su maleta, señor –dijo.
–Muchas gracias. ¿Encontró el auto sin novedad?
–Sí, señor. Lo remolqué hasta el taller y lo he dejado aparcado en la puerta. Mañana, a primera hora, me ocuparé de él.
–Sí, por favor. Me gustaría salir tan temprano como fuera posible.

Después de instalarme, pensé que, en lugar de permanecer tumbado en una cama rumiando mi mal humor, mucho más práctico sería hacerme con un buen tónico que reconstituyera mi ánimo, de modo que bajé con la intención de tomar un trago y ver si podía distraer aquel turbulento atardecer. Sin embargo, antes de que pudiera acceder al bar, el dueño me advirtió, por si fuera de mi agrado, de que existía una pequeña sala privada para los huéspedes, donde podría leer tranquilamente el periódico mientras degustaba mi bebida. Acepté encantado, pues, después de la pelea con Laura y el trastorno causado por el coche, deseaba silencio y soledad.

Sobre una pequeña mesa, junto a un muelle sillón cercano al hogar, encontré el Evening Star, que hojeé indiferente. No era aquello lo que en realidad me apetecía, si bien tampoco hubiera podido definir exactamente qué satisfecho anhelo habría calmado la desazón que para entonces me consumía. Una pequeña estantería llamó mi atención. Me acerqué a ella, aún desganado, y eché un vistazo a los volúmenes que contenía. Tomé uno de ellos y lo observé con detenimiento: Thomas Fenn, El arte del deseo.
–¿Le gusta leer? –la voz del dueño sonó detrás de mí.
–Sí –contesté mientras me volvía–, pero jamás había oído hablar de él –dije señalando el libro que tenía en la mano.
–No me sorprende. Nadie que no sea de aquí lo conoce –afirmó mientras colocaba mi bebida sobre la mesa–.  No fue lo que se dice un poeta exitoso. De hecho, tan sólo consiguió publicar una tirada muy corta de un librito que contenía algunos de sus poemas y otra más breve aún de este otro que ha llamado su atención.
–Van Gogh sólo vendió un cuadro en vida y mire cómo se cotizan ahora sus óleos. Tal vez míster Fenn haya comenzado con una tirada reducida de su obra, pero acabe convirtiéndose en un autor de éxito –me atreví a reflexionar en voz alta.
–Me temo que tal acontecimiento resultará imposible, señor. El pobre Thomas murió hace un tiempo y ése es el único libro que queda de él.
Enarqué una ceja a modo de sorpresa y balanceé el fino volumen en mi mano, mientras buscaba algo que decir
–Es usted afortunado, pues –fue todo lo que pude pergeñar.
–¿De veras lo cree?
–Bien…, sí, puesto que es el único ejemplar que queda de su producción literaria.
–Así mirado… –replicó sin mucha convicción–. En realidad no me siento privilegiado por poseerlo. Ni siquiera lo he leído. Pero tuve razones para hacerme con él.
–Siendo su vecino…, es natural.
–Oh, no –rio–, ni siquiera ésa hubiera sido una razón suficiente.  Sin embargo, sí me siento orgulloso de haberlo salvado.
–¿Salvado? –pregunté con extrañeza.
–Oh, sí, esa es la palabra. La he elegido correctamente porque fue eso precisamente lo que hice.
–¿Lo salvó de qué?, si puede explicármelo –pregunté con la curiosidad ya totalmente excitada.
–De la quema.
–¿De la quema? ¿La quema de libros? –la perplejidad me inundó. No acertaba a explicarme la reproducción de un hecho medieval en una época como la nuestra–. ¿Y quién demonios cometió tal monstruosidad?
–El propio Thomas –contestó el dueño de la taberna–. Hay que admitir que nunca fue un hombre que anduviera bien… –dijo mientras se llevaba el dedo índice a la sien y lo movía como si estuviera  apretando un tornillo–, pero tampoco acierto a explicarme por qué le acometió el caprichoso antojo de destruir su obra. Aún me pregunto si el motivo de la locura que le afectó los últimos días de su vida tuvo su origen en algún tipo de extrañas fiebres, pero lo cierto es que el pobre Thomas se volvió loco. Recopiló los ejemplares que habían adquirido los vecinos, compró el resto a la editorial y los prendió fuego en el jardín trasero de su casa. Los quemó todos… Todos…, menos ése.
–¿Y por qué éste no?
–Me dio el capricho de ocultárselo y, con un poco de maña, lo conseguí. No sé por qué lo hice, señor. No tengo una razón clara que darle, al fin y al cabo era asunto suyo, pero no me pareció bien que hiciera tal cosa. Aunque, en reparación por el engaño, cambié el nombre de la taberna y la llamé The crazy poet en su honor.
The crazy poet… –repetí–. Así pues, estaba loco…
–¿No lo cree así?
–Ciertamente, no es usual que un artista destruya su propia obra.
–Rosemary Halfman…, una vieja solterona que vive con la viuda Abbey –se vio en la necesidad de aclarar– suele darse al entretenimiento del espiritismo y afirma que el pobre Thomas estaba poseído por una especie de locura demoníaca. No es que yo eche cuenta de estas apreciaciones de vieja, señor, de veras creo que algo debía de andar mal en su cabeza, pero es cierto que esos últimos días en que anduvo como un demente recopilando los libros con la intención de quemarlos, se apuraba en explicar a todo aquél que quisiera escucharlo que su obra llevaba uncida, como una maldición inexorable, la perdición. Algunos intentamos persuadirlo de la insensatez de sus palabras, pero lo único que conseguimos con ello fue acrecentar su locura y enfurecerlo.
–Todo esto suena…
–¿Extraño? –me interrumpió. Yo hubiera utilizado la palabra exótico, pero no quise defraudarlo, de modo que admití la sugerencia.
–Sí, supongo que suena extraño.
–Lo fue. No se me ocurre ningún motivo por el que Thomas quisiera actuar así, salvo la demencia. El día anterior a su muerte, estuvo ahí –dijo señalando la parte en la que se encontraba el pub– toda la mañana y bebió sin descanso. Tuve que enfadarme con él, porque insistía en beber sin medida, y negarme a servirle más whisky. Me miró irritado y me gritó: ¿No sabes que intento cargarme de valor? Sin alcohol, me será imposible acabar con esta pesadilla. Yo no lo entendí entonces, pero luego…, a la mañana siguiente, supe a qué se refería.
Lo miré intensamente, animándolo a continuar. Su historia era verdaderamente extraña, curiosa o exótica, el adjetivo era lo de menos, pero había picado mi curiosidad y ahora deseaba conocerla a fondo.
–¿Qué ocurrió?
–Lo encontraron muerto en su dormitorio. De la lámpara colgaba una soga con la que se había ahorcado.
–¡Vaya! –exclamé sin encontrar nada más profundo que decir.
–Sí –replicó él con la misma locuacidad que yo había gastado.
–¿Y dice usted que no lo ha leído? –pregunté por romper el silencio que se había hecho entre nosotros.
–No, pero si usted desea hacerlo, no dude en tomarlo prestado. Pobre Thomas –dijo mientras se daba la vuelta y abandonaba la salita–. Pobrecillo… Descanse en paz.

Sentándome en el sillón, abrí el libro y leí sus primeras líneas: Aléjeme de su lado. Apárteme. Arrójeme lejos de cualquier lugar al que tenga acceso. Olvídeme. No quiera saber lo que contengo. Sin duda aquélla era una original forma de iniciar una historia que, desde luego, tal y como había sugerido el tabernero, bien podía ser la de una mente desequilibrada. Sin embargo, supuse que, en realidad, aquél al que llamaban el Poeta Loco debió de ser un tipo verdaderamente inteligente, pues había dado comienzo a su libro con una advertencia que lograba justo lo contrario de lo que aconsejaba: mantener al lector interesado en su obra.
–Bien, Thomas Fenn –me dije–, tú y yo vamos a pasar esta noche una alegre velada juntos.

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Si deseas continuar la lectura, puedes visitar Capricho fatal IV.

5 comentarios:

caraguevo dijo...

Con esto de la novela de misterio por entregas nos trasladas a la época de las aventuras de Sherlock Holmes, aunque si no recuerdo mal eres más de Agatha Christie ¿no?
Nos tienes en ascuas.

S. Cid dijo...

Caraguevo: Sí, Agatha Christie es mi favorita. Probablemente no es la mejor escritora (en cuanto a redacción), pero sí la que mejor sabe urdir las historias (de acuerdo con mi gusto, claro) y la que retrata un ambiente y una época que me subyugan totalmente.

¿En ascuas? ¿Con lo que está lloviendo? ;-)

Saludos y gracias por tu visita.

Quino dijo...

Estoy siguiendo estos capítulos... y la narración es muy buena donde mantienes al lector en suspense de una forma muy bien coordinada (cadencia).

Una curiosidad, si deseas contestarme, el mero hecho de llamarse el blog Finis Terrae, es que eres gallega, tienes familiares en Fisterra o es por casualidad... No lo sé, lo pregunto, porque soy nativo de Sevilla (Cée) aunque llevo muchos años en Lucus Augusti.

Un fuerte abrazo y Felices Pascuas !!!

S. Cid dijo...

Quino: ¿De verdad consigo una buena cadencia? Me alegra oír algo así porque en realidad esa cadencia es más producto de la intuición que de una reflexión al respecto. No porque no quiera conseguirla, sino porque aún estoy aprendiendo a escribir (¡y lo que me falta!). Parece que voy por el buen camino :-)))

Respecto al nombre del blog, no, no soy gallega (de hecho he estado en Galicia sólo una vez), pero siempre me ha atraído este nombre porque durante mucho tiempo designó el final del mundo conocido. Y también porque Galicia me gusta mucho :-)

Gracias por tu interés, un abrazo para ti, saludos a Lugo (¡Qué suerte vivir allí! Es una zona preciosa) y felices Pascuas para ti también.

S. Cid dijo...

Quino: Ah, y gracias porque, siguiendo los enlaces de tu perfil, conocí "No somos escritores", donde he visto que participas. Yo ya me he registrado allí y he participado con un microrrelato que publiqué hace tiempo en estas páginas.

Nos vemos por la blogosfera ;-)

Belén 2013

Belén 2011