domingo, 11 de julio de 2010

La ocasión lo merece

La ocasión lo merece

Digo que la ocasión lo merece y digo bien. Hasta el mismísimo Google ha creído conveniente dedicarle el día al evento deportivo que nos ocupa. Miren, si no, la imagen con que abría su página hoy:


Y, por tanto, Finis Terrae (que no íbamos a ser menos en casa) le abre sus puertas con la mayor de las sonrisas y le deja ocupar también parte de su espacio:

¡¡¡España, campeona del mundo de fútbol!!!


Felicidades a España y a los españoles... que aún queden ;-)

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Nota 1: Se exime a Sue de leer esta entrada ;-)
Nota 2: Esta entrada está escrita el día 11 de julio de 2010 a las 19:10 de la tarde. ¡¡¡Esto es fe!!!

Nulla dies sine linea

Nulla dies sine linea

Mientras volvía a casa un domingo por la tarde, hace unas semanas, fue la mirada a prenderse de la divisa que aparece sobre el frontón del Museo de Etnología de Madrid: Nosce te ipsum. Así, de repente, me quedé pensativa..., pero en cuanto llegué a casa lo comprobé. Efectivamente, husmeando por internet di con esta página en la que corroboré mi idea de que Nosce te ipsum corresponde al célebre Conócete a ti mismo. Pero ya que estaba..., seguí husmeando (¡Ay!, ¿qué sería de esas tardes domingueras sin curiosidades de las que ocuparse?), y encontré esta otra página de proverbios latinos, también muy curiosa, donde me topé con la expresión Nulla dies sine linea*, y rápidamente vino a mi mente la idea de incluirla en el frontón de Finis Terrae a fin de que me recordara que la inspiración tiene que soprenderte trabajando. No lo hice, sin embargo.

Poco después, publiqué una entrada: Acabarán por darme la espalda, en la que me lamentaba del poco casito que le estaba haciendo a las musas, cuando tan generosas se mostraban conmigo. El fiel amigo de este blog -diario, que diría él- ;-), Posodo, con cuya mente la mía debe de estar conectada de alguna extraña manera, incomprensible, inexplicable, pero real (ya van siendo bastantes los ejemplos de coincidencias telepáticas que hemos tenido), dejó un comentario en la tal entrada mencionando, precisamente, este Nulla dies sine linea. Y poco después, de visita por el blog de Guido, otro buen amigo internáutico, volvió a salir a colación, en los comentarios de uno de sus magníficos textos, este proverbio latino. Fue entoces cuando, definitivamente y puesto que no hacía sino aparecer por mi vida con insistencia llamativa, decidí llevar a cabo aquella vieja idea de incluirlo en el frontón de Finis Terrae.

Y, bueno, ahí está, presidiendo estas páginas verdes. Claro que nada se gana con ello si la teoría no se lleva a la práctica. Lo estoy intentando (bonita perífrasis que pone de manifiesto la sinceridad de mis intenciones), aunque haya días, como el de ayer, en que los deseos se guarden para mejor ocasión, como hoy... :-)

Os dejo, pues, que, siguiendo el buen consejo que Posodo escribió en estas páginas hace poco: trabajo, trabajo y trabajo, tengo que ponerme a eso: a trabajar. Un crimen me aguarda y es muy feo que los asesinos... hagamos esperar a nuestras víctimas ;-)

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*Nulla dies sine linea: ‘ningún día sin una línea’. Esto se decía del pintor Apeles, que cada jornada añadía al menos un trazo a sus obras. Dicho de los escritores, que no deben dejar pasar un día sin escribir aunque sea un renglón.

viernes, 9 de julio de 2010

Definitivamente..., necesito ayuda

Definitivamente..., necesito ayuda

Creo que muchos de vosotros no os sorprenderéis, amigos, si os confieso que ayer pasé la tarde perpetrando un asesinato. Aunque, en realidad, y para ser completamente precisa, el asesinato aún no lo he consumado, pero sí lo estuve urdiendo. De hecho, todavía no sé qué va a ocurrir. De momento únicamente tengo claro (y sólo medianamente) que va a haber un... cadáver sobre ruedas, o al menos así he titulado mi nuevo crimen. La cuestión, que se me va el hilo y me alejo de mi objetivo, es que parte de la tarde la entretuve en casa de una amiga donde, torpe de mí, se me escurrió de entre los dedos una caja con alfileres que se desparramaron sin remedio por el suelo. Obviamente, me agaché de inmediato, rauda y veloz cual ágil gacela, para intentar arreglar el desaguisado y, entonces, mi amiga, que tiene una cabeza la mitad de la cual quisiera yo para mí, me detuvo y me dijo: No los recojas con la mano... Mejor así. Y entonces utilizó un método que me reservo porque... me dio la idea para otro asesinato. Y hete aquí que llegamos al porqué del título que lleva la entrada de hoy: definitivamente..., estoy enferma y necesito ayuda, amigos, no sé si de un psiquiatra, un psicólogo o un brujo africano que me libere del maleficio, porque... qué diría, por ejemplo, mi pobre madre, por poner a alguien que me quiere y está dispuesta a comprenderme hasta las últimas consecuencias, si supiera que a su hija todo, ¡todo!, le inspira un nuevo crimen...

Luego..., también estoy enferma por otras causas. Por ejemplo el calor. Odio, odio, odio el verano..., pero ni siquiera en esto soy original..., que ya lo dije en su momento. ¡Qué tortura de tarde, Dios mío!
-Dicen que este verano las temperaturas van a superar en dos o tres grados la media -me dijo ella hace unas semanas-. Uffff -añadió-, qué ganas tengo.
Y yo, que llevo un tiempo ensayando a ver si logro por fin la anhelada mirada asesina, paralizante y humanicida, con la que todos soñamos alguna vez, la intenté con ella... sin consecuencias, al parecer, porque me sonrió, se dio la vuelta y se fue. Pero eso no es óbice para que yo siga odiando, odiando y odiando este tormento infernal que es el verano, invento, sin duda, del mismísimo Lucifer, que nos va preparando así para sus calderas. Sed buenos. Hay que evitar la condenación eterna a toda costa. Sea como sea. Cueste lo que cueste. Por cierto que una buena manera de conseguirlo es venir a a visitar este blog. Eso da muchos puntos.

Yo llevo un rato preguntándome si en el Averno habrá posibilidad de conseguir una toalla húmeda, porque ese fue el remedio de la abuela que utilicé para pasar el resto de la tarde (ese resto en el que no estuve asesinando ni recogiendo alfileres): recostada en el sofá, con un paño mojado sobre la frente... y los ojos, que esa es otra: verano, en mi caso, es igual a horrible sufrimiento ocular. Debo de ser la mayor consumidora de Viscofresh del mercado español y probablemente planetario. Las gotas me calman, claro, pero como no son suficientes..., suelo crear una micro-atmósfera propia, fresca y húmeda, en torno a mis ojos colocando la ya mencionada toalla mojada sobre ellos. Y, claro, así... no hay manera de escribir (porque además la pantalla del ordenador me fríe las retinas), así que, mientras dura mi postración vespertina no puedo sino... Sí, seguro que el lector de Finis Terrae lo ha adivinado: no puedo sino urdir, tejer y maquinar fechorías, robos y asesinatos.

De modo que, o alguien me proporciona un oculista que me recete algo más efectivo que el maldito Viscofresh, o me recomienda un psiquiatra que me arregle la azotea.

jueves, 8 de julio de 2010

El guardián entre el centeno

El Guardián entre el centeno (J. D. Salinger)

Clásico americano que, al parecer, todo adolescente estadounidense lee en las escuela y cuya lectura yo, entre unas cosas y otras, he ido posponiendo hasta hace poco. Tan ligada parece estar esta novela a la adolescencia, que incluso la leí con vistas a incluirla en la lista de lectura que les mando a mis alumnos. Sin embargo, pocas páginas llevaba cuando ya había desechado la idea. En España los padres son muy progres y adelantados, son muy comprensivos y muy amigos de sus hijos, muy modernos y hechos a todo…, pero no quiero ni imaginar lo que algunos hubieran dicho de mí en el despacho de Dirección de haber obligado a leer este libro a su hijo. En fin…

A mí me ha gustado, claro, pero no estoy segura de que me hubiera resultado una historia muy creíble si hubiera pasado por mis ojos a una edad más temprana. Tampoco entiendo la fama de la novela: que sea una historia entretenida y escrita de un modo que recuerda más a una conversación que a la lectura de un libro, no explica que haya pasado a la historia como lo ha hecho. Quizá la fama se deba en parte a lo rarito que fue su autor. En cualquier caso, recomiendo su lectura, aunque vista la audiencia de este Finis Terrae, repleta de buenos lectores, probablemente era yo el único bicho raro que quedaba por estos lares sin haberla leído :-)

martes, 6 de julio de 2010

Life's dots

Life's dots

Con harta frecuencia, en los años que llevo vividos han sucedido hechos en mi vida absolutamente incomprensibles a la sazón que luego, sin embargo, se han explicado con una lógica aplastante, además de mostrarse imprescindibles para que corriera mi existencia por la senda por la que debía transitar y sin los cuales, pues, hubiera variado ésta notablemente.

Es fácil asumir aquello que en un principio se rechazaba cuando el devenir de la vida muestra que, al fin, era algo positivo para uno. Pero eso no tiene gran mérito, la verdad. A toro pasado, las cuentas se echan de otra manera. Sin embargo, sí sería meritorio aprender la lección y confiar para la próxima, esto es, esperar con fe cuando los puntos todavía inconexos parecen enloquecer la existencia propia que, para colmo, se vuelve hermética.

Esta mañana, de visita en el blog de la Editorial C & M, me topé con un breve, pero interesante, articulito sobre Arthur Conan Doyle. En sus comentarios, había uno escrito por Lady Boheme, del blog Leo, luego existo, en el que dejaba un enlace hacia un vídeo muy interesante que muestra un discurso de Steve Jobs en la universidad de Standford.




Vengo pensando en él desde esta mañana..., mientras observo curiosa los puntos deslavazados que ahora mismo se pasean ufanos por mis días, como gallos de corral, y trato de imaginar cuál será finalmente la figura que conformarán cuando una línea los una. Porque, desde luego, el trazo de esa línea llegará.

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Nota: dejo el enlace directo a YouTube para aquellos que accedan desde un lector de noticias que no soporte la visualización de vídeos: Discurso de Steve Jobs en Standford.

domingo, 4 de julio de 2010

Todo tiene su fin

Todo tiene su fin

A veces (afortunadamente, no siempre) es una lástima que las cosas de este mundo alcancen un punto que signifique su final. Y es que, a pesar de Ken Follet, éste es un mundo con fin. Y, precisamente, aunque con gran pesar de mi alma, contar uno de esos finales que producen lástima es lo que me trae hoy hasta aquí.

El pasado viernes por la noche, cuando volvía a casa, pasé por delante de mi librería favorita. Una que está a 200 metros de mi casa y que conozco desde que tengo uso de razón. Como es habitual en mi proceder siempre que paso ante su escaparate (por algo dicen que el hombre es un animal de costumbres) me detuve para echar un vistazo, aunque las luces estaban ya apagadas. Sin embargo, y a pesar de ello, la luz de las farolas suele ser suficiente para distinguir los títulos que se exponen en él. Esa noche, empero, no fue así... No pude descubrir ninguna de las posibles lecturas que durante tantos años me han llamado desde allí y que casi siempre han hecho de mí víctima de sus cantos, como Ulises de los de las sirenas, cuyo ahogamiento tan sólo unas fuertes ligaduras amarradas al mástil de la nave pudieron evitar. En esta ocasión, sin embargo, no hubo melodioso gorgojeo que me canturrearra... Por no haber, no había ni libros, de ahí que ni a la exigua luz de las farolas me fuera dable distinguirlos. Sólo un enorme cartel pegado sobre la luna del escaparate era absolutamente visible y..., hasta cierto punto, trágico: "30 de junio, último día de apertura de la librería X", rezaba el cartelón.

Puede que el hecho de que una librería eche el cerrojo a su puerta no signifique nada para el lector de estas líneas, pero el que lo haga ésta, precisamente, sí lo significa para mí. He pasado allí muchas horas de mi vida a lo largo de los... taitantos años de existencia que ya llevo consumidos y ahora, según pude apreciar la noche de autos entre las sombras fabricadas por la escasa luz que con trabajoso esfuerzo se abría paso en la oscuridad de su cadáver, ya no queda nada de mi adorada librería, salvo unas estanterías tétricamente vacías.

Poco a poco, mi infancia y adolescencia van desapareciendo de estas calles: la lechería de Margarita; la panadería donde, todos los días antes de irme al colegio, dejaba, al cuidado del panadero, la bolsa con las barras de pan que luego recogía a la hora de comer; el chamarilero al que le vendía los papeles usados que mi ingenio era capaz de recolectar aquí y allá, y con cuyas ganancias llegué a comprar, a lo largo de muchos, muuuchos años, la colección de Tintin casi íntegra; Alejandra, la pollera; Pastrana..., cuyo ultramarinos fue nuestro suministrador de viandas casi media vida y de quien nos proveímos con numerosas latas de conserva, picos de leche y botellas de agua la tarde de un lejanísimo 23 de febrero de 1981... Ya nada queda de todo aquello, ni siquiera la librería...

Claro que..., puestos a escarbar, como si de un Expediente X se tratara, en las desapariciones que han venido acaeciendo a lo larto de todos estos años, es imposible pasar por alto dos de ellas que parecían querer escaparse de la lista. Y es que, llegados a este punto, se plantea un interrogante de infeliz respuesta. Porque..., estimado lector, a estas horas de la vida..., mi infancia y mi adolescencia..., ubi sunt?

viernes, 2 de julio de 2010

El druida del César (Claude Cueni)

El druida del César (Claude Cueni)

Aunque quizá sucinta la mención, ya tuve oportunidad de referirme a esta novela en ocasión anterior, al hilo de una crítica al modelado que de la realidad hacen –políticos, medios de comunicación o grupos de presión– con sólo el cambio de algunas palabras. Por si hay algún lector interesado en recordarlo, la entrada a la que aludo puede encontrarla pinchando sobre el enlace De cómo Adán (probablemente) fue quien comió del árbol prohibido.

En la novela, encontramos a Corisio, un joven tullido de origen celta, que se verá envuelto en una interesantísima aventura que le llevará a convertirse en el druida del César. A través de su historia, el lector va conociendo los entresijos de la política y el mundo militar que envolvió la vida de Julio César, así como las causas que le llevaron a emprender la Guerra de las Galias. Todo ello lo presenta el autor envuelto en una trama muy entretenida en la que Cueni sabe cómo unir aventura, amor, traición, lealtad y el resto de ingredientes de los que, al fin y al cabo, se compone la vida humana.

Novela que recomiendo por completo. Y ello por tres razones: porque con ella el lector reaviva sus conocimientos históricos, porque se sumerge en una interesante trama que le entretendrá muchísimo y porque está magníficamente escrita, de modo que su lectura es un auténtico placer.

Belén 2013

Belén 2011