domingo, 4 de julio de 2010

Todo tiene su fin

Todo tiene su fin

A veces (afortunadamente, no siempre) es una lástima que las cosas de este mundo alcancen un punto que signifique su final. Y es que, a pesar de Ken Follet, éste es un mundo con fin. Y, precisamente, aunque con gran pesar de mi alma, contar uno de esos finales que producen lástima es lo que me trae hoy hasta aquí.

El pasado viernes por la noche, cuando volvía a casa, pasé por delante de mi librería favorita. Una que está a 200 metros de mi casa y que conozco desde que tengo uso de razón. Como es habitual en mi proceder siempre que paso ante su escaparate (por algo dicen que el hombre es un animal de costumbres) me detuve para echar un vistazo, aunque las luces estaban ya apagadas. Sin embargo, y a pesar de ello, la luz de las farolas suele ser suficiente para distinguir los títulos que se exponen en él. Esa noche, empero, no fue así... No pude descubrir ninguna de las posibles lecturas que durante tantos años me han llamado desde allí y que casi siempre han hecho de mí víctima de sus cantos, como Ulises de los de las sirenas, cuyo ahogamiento tan sólo unas fuertes ligaduras amarradas al mástil de la nave pudieron evitar. En esta ocasión, sin embargo, no hubo melodioso gorgojeo que me canturrearra... Por no haber, no había ni libros, de ahí que ni a la exigua luz de las farolas me fuera dable distinguirlos. Sólo un enorme cartel pegado sobre la luna del escaparate era absolutamente visible y..., hasta cierto punto, trágico: "30 de junio, último día de apertura de la librería X", rezaba el cartelón.

Puede que el hecho de que una librería eche el cerrojo a su puerta no signifique nada para el lector de estas líneas, pero el que lo haga ésta, precisamente, sí lo significa para mí. He pasado allí muchas horas de mi vida a lo largo de los... taitantos años de existencia que ya llevo consumidos y ahora, según pude apreciar la noche de autos entre las sombras fabricadas por la escasa luz que con trabajoso esfuerzo se abría paso en la oscuridad de su cadáver, ya no queda nada de mi adorada librería, salvo unas estanterías tétricamente vacías.

Poco a poco, mi infancia y adolescencia van desapareciendo de estas calles: la lechería de Margarita; la panadería donde, todos los días antes de irme al colegio, dejaba, al cuidado del panadero, la bolsa con las barras de pan que luego recogía a la hora de comer; el chamarilero al que le vendía los papeles usados que mi ingenio era capaz de recolectar aquí y allá, y con cuyas ganancias llegué a comprar, a lo largo de muchos, muuuchos años, la colección de Tintin casi íntegra; Alejandra, la pollera; Pastrana..., cuyo ultramarinos fue nuestro suministrador de viandas casi media vida y de quien nos proveímos con numerosas latas de conserva, picos de leche y botellas de agua la tarde de un lejanísimo 23 de febrero de 1981... Ya nada queda de todo aquello, ni siquiera la librería...

Claro que..., puestos a escarbar, como si de un Expediente X se tratara, en las desapariciones que han venido acaeciendo a lo larto de todos estos años, es imposible pasar por alto dos de ellas que parecían querer escaparse de la lista. Y es que, llegados a este punto, se plantea un interrogante de infeliz respuesta. Porque..., estimado lector, a estas horas de la vida..., mi infancia y mi adolescencia..., ubi sunt?

8 comentarios:

Paco Gómez Escribano dijo...

Los paisajes cambian, nosotros cambiamos. A mí me gustan poco los cambios y mucho menos si desaparece una librería. Pero claro, en este país es lógico que eso ocurra porque cada vez se lee menos. En Algeciras, ciudad en la que he vivido durante 6 años, había una librería, sólo una, que se dice pronto para una ciudad tan grande. Cerró, sin dar muchas explicaciones que no hacen falta. Y, a partir de ahí, sólo quedó El Corte Inglés, que tiene de todo, pero que no es lo mismo que una librería. Te acompaño en el sentimiento. Un abrazo.

GUIDO FINZI dijo...

Yo también, cuando paseo por la calle, añoro algunos lugares que ya fueron, y ya no serán más que en nuestro recuerdo. Además, la desaparición de una librería, tiene un mayor valor de pérdida para la gente como nosotros, que adquirimos libros con una intención y finalidad que va mucho más allá que la mera compra de un objeto.

En cuanto a El Corte Inglés y las grandes superficies, yo no me adapto a comprar la lechuga, la mozzarella o el oporto junto con la biografía de Erik Jan Hanussen o una novela erótica de mi estimado Dante Bertini...

Un saludo

Carlos dijo...

Qué bien descrito te ha quedado. Me ha dado pena a mí también, y eso que no conocía la lbrería que nombras.
Es una pena siempre que se cierra un negocio. Yo estoy siempre en la calle, ejerciendo de comercial además de la editorial (hay que ganarse el pan en todos los sitios) y cuando veo cerrar un negocio que conocí a su dueño por un anterior contrato, me pasa como a ti. Me lleno de una melancolía y a la vez de rabia.
Besos.

Sue dijo...

Me has recordado a Firmin.

Yo ya dejé anotada mi pena cuando cerraron mi lugar de desayuno. Para mi solo era mi lugar de desayuno (aunque fuera más que eso), pero para el empleado que trabajaba allí era su medio de vida.

Muy triste.

Y lo que nos queda por ver.

S. Cid dijo...

Paco: A mí tampoco suelen gustarme los cambios (hoy, precisamente, escribí un texto sobre ello -o algo parecido- que quizá vea la luz por aquí dentro de poco). A veces, hasta me estresan. Y, sí, se lee poco en España. Lo de Algeciras que cuentas es increíble. En el pueblo de mis padres (es un pueblo grande, pero pueblo al fin) sólo hay un sitio (tienda que vende de todo) donde puedes encontrar libros (y sólo unos cuantos títulos). La dependienta dice que el tiempo que nosotros pasamos allí vende más libros que el resto del año. Se lee poco..., muy poco. Sólo una familia compra más libros en un mes que todo un pueblo en un año. Triste, muy triste...

Guido: Lo explicas muy bien en tu primer párrafo: los libros para nosotros son algo más que un simple objeto. Esa librería ha sido, muchos días, la que me ha ayudado a pasar del profundo abatimiento a una enorme alegría. Que me sentía anímicamente decaída, un paseo por allí, algún libro bajo el brazo a mi vuelta... y todo solucionado :-)

Carlos: El cierre de un negocio, como esta librería o el bar que menciona Sue en su comentario, es siempre triste, creo yo: un proyecto que se acaba; pero cuando, además, ha sido compañero tuyo en el devenir de tu vida (qué cosa más cursi me acaba de salir)..., una no puede sino sentir que le han quitado algo.

Sue: Me acuerdo de aquella entrada tuya sobre el cierre del bar donde desayunabas. Y, sí, yo también me he preguntado qué habrá sido de las dependientas que atendían la librería. Sobre todo de una de ellas que llevaba allí toda la vida.

En cuanto a "Firmin", sé que te gusta mucho (te lo he leído alguna vez). Yo la leí hace poco y... me pareció deliciosa, aunque muy triste...

Saludos, amigos.

bate dijo...

Agradezco personalmente esta entrada.
La agradezco por saber que aun quedan gente -quedamos- en esta España paripatética que se quieren agarrar a sus costumbres, a sus recuerdos, a su historia.
Por que cuando desaparece de nuestras vidas las costumbres, los recuerdos y las historias que nos modelaron como personas, una parte de nosotros, quizá la más íntima y verdadera, se pierde en el olvido.
Como bien dice el amigo Paco Gómez Escribano, te acompaño en el sentimiento.
Me produce mucha lástima y rabia la España que dejamos a nuestros hijos.

Pd: Un saludo desde el Sur, un verdadero infierno de 40º.

Sue dijo...

Xagerao Bate, como se nota de dónde eres.
Derrotista!
Pégate un bañito en el Guadalquivir ya verás qué azul y fresco lo ves todo en seguida.


Cid, pues si Firmin te pareció triste (lo es) no te aconsejo la segunda novela de Sam "El lamento del perezoso", es aún más triste. Ambas encierran un amor por la literatura tan incondicional como desmesurado. Pero ya lo dijo san Agustín: "La medida del amor es amar sin medida".

Y al hilo de tu post, yo tengo suerte porque de momento no han cerrado mi librería preferida de vacaciones. Es un pequeño local que sobrevive entre tiendas de sovenirs en una calita de la costa alicantina. El dueño es un británico grandullón y de pocas palabras. La mayor parte de la prensa y libros que tiene están, obviamente, en inglés, pero si buscas puedes encontrar algún ejemplar en castellano.
Los libros más raros los he encontrado allí.

S. Cid dijo...

Bate: Bueno, pues me alegro que te guste la entrada. :-) Pero..., veo que estás pasando mucho calor, Bate. Jajaja, eso por irte al sur. Yo sigo en el centro, pero cuando salgo..., elijo el norte. Allí sí que se pasa bien el verano.

Sue: Si es triste..., creo que no leeré su segunda novela. No estoy yo para tristezas ;-).

Oye, tiene buena pinta la librería esa que describes... Esas cosas me llaman mucho la atención.

Saludos, amigos.

Belén 2013

Belén 2011