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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Molestias

Molestias

¿Y estos qué quieren ahora? -pensó irritada.

Habían levantado demasiado polvo mientras trabajaban y el ruido horrísono que hicieron le hirió los oídos, acostumbrada, como estaba, al silencio sepulcral que la había acompañado durante las últimas semanas.


Los investigadores del CSI comenzaron a examinarla. Era toda una molestia, aunque comprendió que era su obligación.

¡Qué mundo aquel tan molesto en el que ni siquiera muerta la dejan a una tranquila!

martes, 8 de noviembre de 2011

¿Pato a la naranja o lubina?

¿Pato a la naranja o lubina?

Oyó cómo alguien cerraba la puerta de forma sigilosa. Se extrañó. Echó un vistazo al reloj de la cocina y comprobó que era la hora en que Fernando volvía del trabajo, pero él siempre entraba en casa dando voces. Asustada, tomó un gran cuchillo del cajón y se deslizó suavemente por el pavimento de la cocina hasta llegar a la puerta que la comunicaba con el salón. Pegada a la pared, fue avanzando lentamente hasta que alcanzó el arco que daba paso al vestíbulo. Allí, escondida tras el pilar que lo sostenía, agudizó el oído y pudo percibir con claridad una respiración jadeante.
–Oh, Dios mío –pensó–, han entrado en  casa y Fernando aún no ha llegado. ¡Estoy sola! ¿Qué voy a hacer?
Sujetó con fuerza el mango del cuchillo y se decidió. Con gran cuidado, asomó la nariz tras el arco y echó una rápida mirada al vestíbulo: un hombre apoyado en la puerta de entrada, cubierto con gabardina y sombrero,  y abrazado a un paquete como si la vida le fuera en ello, jadeaba bruscamente en el recibidor de su casa.
–Dios mío, Dios mío, Dios mío –suplicó mentalmente–, ¿qué voy a hacer? Sácame de ésta, por favor.
En un nuevo arranque de valentía, volvió a asomar la mirada tras el arco. Repentinamente, los pies se pusieron en movimiento y la trasladaron hasta el hall.
–¡Fernando! –gritó–. El hombre se sobresaltó y su respiración se agitó nuevamente–. ¡Eres tú!
–¡Jesús, qué susto! –exclamó él–. ¿No podrías ser más discreta?
–¿Pero qué haces ahí apoyado, respirando como si hubieras corrido el maratón?
–Chist –protestó él mientras se volvía y echaba un vistazo a la calle a través de los cristales laterales que franqueaban la puerta–. Calla.
–¿Qué? –preguntó ella extrañada acercándose y mirando también por el cristal–. ¿Ocurre algo?
–¿Notas alguna cosa rara?
Ella miró de nuevo y contestó:
–No. ¿Qué he de notar?
–No estoy seguro.
–Fernando, me estás asustando.
Él agitó la mano para hacerla callar de nuevo y continuó observando la calle.
–Bueno –dijo al fin–, parece que todo está bien.
–¿Y qué había de estar mal?
–Esto –dijo él señalando el enorme paquete de papel de estraza al que abrazaba.
–¿Y qué es eso?
–Parte de nuestro futuro.
–¿Nuestro futuro?
–Sí. Te dije que las cosas andaban mal. Me han colado demasiados cheques sin fondo últimamente, así que esta vez pedí el pago en efectivo.
–¿A qué pago te refieres?
–Al de la casa que he vendido, tonta. Ya te lo dije.
–¿Y traes ahí el dinero?
–Naturalmente. No creerás que lo voy a meter en el banco.
–¿Y por qué no? Siempre lo has hecho así. Eres un tipo honrado.
–Sí, y aún lo soy; pero me da miedo el asunto este de la crisis. No me fío un pelo de los bancos, así que el dinero se quedará en casa.
–¿Aquí?
–Efectivamente.
–Pero eso es muy peligroso.
–Lo sé. He venido asustado todo el camino pensando en que alguien pudiera estar siguiéndome, pero, como tú misma has comprobado, ahí fuera todo parece normal.
–¿Y cuánto es?
–Cuarenta mil euros.
–¡Por Dios bendito! ¡Cuarenta mil euros! ¿Te has vuelto loco o qué? Lleva ese dinero al banco ahora mismo.
–He dicho que no.
–¿Pero no te das cuenta de que si alguien se entera podríamos estar en peligro?
–Nadie lo sabe y nadie lo sabrá. Voy a esconderlo muy bien. He tenido una idea absolutamente genial, lo meteré en…
–¡No!
–¿Qué?
–Calla. No quiero saberlo.
–¿Pero por qué?
–Porque si una de esas bandas centroeuropeas viene a robarnos, no quiero saber dónde está el dinero, o será lo primero que confiese en cuanto vea el ceño fruncido de uno de esos tipos. Apáñatelas como quieras, pero a mí déjame en paz.

El teléfono sonó y ella volvió al salón para cogerlo. Se oyó su voz alegre que hablaba con una amiga. Él fue directo a la cocina, de la que salió poco después con una cerveza en la mano. Se sentía tranquilo. Estaba seguro de que nadie le había seguido y la idea luminosa que se le había ocurrido para ocultar el dinero era, lo pensó de nuevo, absolutamente genial. Subió alegremente los escalones camino de su dormitorio mientras a su espalda aún se oía la voz de la mujer.

Con una sonrisa dibujada en la cara, se fue cambiando lentamente mientras bebía con gusto la cerveza. Acabó por fin de ponerse su equipo deportivo y del armario tomó la raqueta de squash. Bajó las escaleras con brío y entró en el salón. Su mujer aún continuaba pegada al teléfono. Se acercó por detrás y la besó en el cuello. Ella se volvió y, al verle de tal guisa, preguntó con la mirada. Él contestó entre susurros:
–Voy un rato a la cancha. He quedado con Emilio para echar un partido.
Ella asintió con la cabeza y continuó charlando con su amiga.

En la cancha de squash, Fernando sudaba la gota gorda. El trabajo de constructor requería todo su tiempo, lo cual le había llevado, poco a poco, a olvidar los buenos hábitos y sumergirse en un círculo vicioso en el que el trabajo llevaba a más trabajo, y más, y más. Ahora, junto al apolíneo Emilio que le estaba dando una buena tunda, se daba cuenta no sólo de que había perdido la forma, sino de que estaba a punto de echar el bofe por la boca y de que, si no mediaba algún alegre evento que lo remediara, en breve tendría que pedir árnica y darse totalmente por vencido. Repentinamente, escuchó la melodía de su móvil, lo cual le dio la feliz oportunidad que anhelaba para detener el partido y tomarse un pequeño respiro. El teléfono mostraba el nombre de su mujer.
–Dime –dijo entre jadeos.
–¡Jesús, Fernando, qué tarde llevas! ¿Y ahora por qué resuellas?
–Ay, no puedo con mi alma. Enróllate un poco, anda, que necesito recuperar el aliento.
–No tengo nada con que enrollarme. Te llamo sólo para preguntarte qué prefieres de cena: pato a la naranja o lubina.
–El pato.
–Pues va a ser la lubina.
–Me apetece el pato.
–Pero la lubina la compré ayer y no quiero que se me eche a perder.
–Pues si ibas a poner la lubina, ¿para qué me llamas? –preguntó él, enfadado.
–Para que respiraras, caray, que pareces tonto. Hala, hasta luego, y no tardes que no quiero comérmela fría.

Sin haber podido tomarse el descanso necesario, o incluso aunque lo hubiera hecho, nada pudo oponer al poderío de Emilio, que venció claramente. Un poco amoscado por ello y prometiéndose firmemente que retomaría los buenos hábitos, se encaminó de vuelta a casa acompañado de su humillador.
–Venga –le metió prisa Emilio–, que la parienta me echa la bronca si se enfrían las croquetas.
–¿Eso vas a cenar? –rio él con cierta maldad–. A mí me espera una lubina. Si es que no sabes vivir, Emilio, no sabes… –fue su pequeña venganza.

Subió las escaleras sin saludar a su mujer, que desde la cocina le apremió:
–Dúchate rápido que voy a meter la lubina en el horno.

Bajo el consolador chorro de la ducha, se fue sintiendo mejor. La vida ya no era lo que fue y se dio cuenta de que el trabajo le había absorbido por completo. Estaba bien eso de ganar una pasta y vivir a cuerpo de rey, vestir buenas marcas, disfrutar de vacaciones paradisiacas y tener el cochazo que se había comprado…, pero ya no disfrutaba de la vida como lo hacía antaño.  Era tiempo de cambiar. Cerró el grifo y salió de la ducha. Sí, era tiempo de cambiar, siguió pensando mientras se frotaba fuertemente con la toalla. Disminuiría la carga de trabajo. Por supuesto, ello supondría una reducción en los ingresos, pero y qué. No pasaba nada porque uno no pudiera cenar lubina y tuviera que conformarse con el pato a la naranja, o incluso con pollo. Lo importante era recuperar…
–¡Lubina! –gritó.
–¡Fernando! –oyó la voz de su mujer que también gritaba desde abajo-. ¡Fernando, Fernando! ¡Baja, por Dios!

La cocina había desaparecido tras una intensa humareda.
–¡Algo le pasa al horno! –dijo ella asustada–. Mira a ver qué es. Me da miedo que estalle con el gas.
–¿Pero has puesto el horno? –gritó él.
–¡Pues claro! –contestó ella–. ¿Cómo, si no, iba a asar la lubina?
–¡Loca, todo el dinero estaba dentro!

Sentados a la mesa del comedor, con las ventanas de la casa abiertas de par en par, Fernando suspiraba lánguidamente.
–Vamos, vamos…, más se perdió en Cuba –apuntó ella animosa–. Come un poco, anda, que luego no vas  a poder dormir…
–¿Dormir? ¡Ja, ja, ja! –rio histérico mientras, rumiando su rencor imaginaba al hermoso Emilio cenando croquetas–. Dormir, dormir…, cuando ni siquiera podré jactarme de haber cenado la lubina más cara de la historia.

jueves, 9 de junio de 2011

"Hansiedad"

"Hansiedad"

Llevaban ya unos minutos esperando a que comenzara la reunión cuando llegó la plana mayor del equipo directivo y ocupó sus asientos, desde los que podían controlar hasta el más minúsculo parpadeo de los empleados que los rodeaban. La mujer llevaba poco tiempo en la empresa y se sentía como un pececillo rodeado de tiburones. Trató de mantener la compostura y la serenidad. Conservó la cabeza alta y firme, sometiendo con voluntad espartana cualquier pequeño movimiento que pudiera delatar su nerviosismo. La cuestión a tratar era ardua: había que decidir las líneas concretas que la compañía debía seguir a partir de ese momento para aumentar las ventas y crecer. ¡Crecer -había dicho el jefazo máximo- es la única opción aceptable para nuestra empresa! Crecer o morir. Y ella sabía que si, tras la reunión, alguien tenía que morir, la elección recaería sobre su cabeza.

El jefe de su departamento, el de mercadotecnia y publicidad, se levantó y comenzó a desplegar la pantalla donde habían de proyectar la idea que habían creado para la nueva campaña publicitaria. Cargó en el portátil los documentos y diapositivas que habían preparado con una meticulosidad rayana en la obsesión y lo hizo todo con una parsimonia tal, que estuvo a punto de hacerla morir de impaciencia. Al fin, la exposición de la campaña en la que tanto había trabajado comenzó. 

Las cosas no parecían ir mal. Los minutos habían ido pasando y ella creía adivinar una aceptable inclinación por parte de los jefes hacia las ideas expuestas. Se había ido, pues, tranquilizando, de manera que ya no se veía obligada a enlazar las manos por debajo de la mesa mientras los dedos se agarraban a las perneras del pantalón, única manera que había hallado de controlar el histérico temblor de las manos. Aunque aún sentía sofocadas las orejas, producto del nerviosismo, su respiración se había vuelto más serena y rítmica, y en sus labios incluso comenzaba a dibujarse un esbozo de sonrisa. Quedaba tan sólo la parte final, aquélla en la que se  mostraban los objetivos que se pretendían alcanzar con la campaña. La cosa estaba casi hecha.

De repente, su jefe de departamento presionó la tecla de enter y la última diapositiva, aquélla que él mismo se había comprometido a preparar como remate a la presentación, apareció proyectada en la pantalla.
-Estos son los puntos -le oyó decir mientras sus ojos quedaban aplastados en la nívea pantalla, tal que dos babosas que son despachurradas sobre el asfalto por las ruedas de un coche- que pretendemos conseguir con nuestra campaña...

La respiración se agitó notablemente en el pecho. Repentinamente, la mujer sintió que, por más que intentaba llevar aire a sus pulmones, ni una gota de oxígeno lograba descender hasta ellos. La firmeza de los músculos que habían venido irguiendo un cuello, largo y aparentemente estable, languideció bajo la presión y se tornó en vacilante fragilidad, de manera que el temblor de su cabeza se hizo evidente incluso para el camarero que permanecía, cercano a la mesa del café, ajeno a la reunión. Un estertor que no pudo evitar se hizo lo suficientemente audible como para que todos ellos volvieran la cabeza y la miraran. Creyó que moriría en aquel preciso instante, pero, por fortuna, el jefe de su departamento se movió, de manera que interpuso el cuerpo entre el proyector y la pantalla, provocando con ello que la imagen de la diapositiva se proyectara sobre el traje a rayas de estilo inglés que vestía. La mujer observó que el contenido aparecía distorsionado debido a los efectos causados por esa tercera dimensión sobre la que ahora se proyectaba, y aquello le dio un instante de respiro, a pesar de las miradas que sentía clavadas en ella. "Al menos -pensaba-, al menos... Si no se moviera...".
-¿Estás bien? -oyó que le preguntaba su jefe.
A pesar del mucho esfuerzo que le costó controlar el movimiento del cuello, ella asintió con la cabeza. Entonces, él volvió a moverse de nuevo y la diapositiva se proyectó, clara y límpida, sobre la pantalla.
-Estos son -repitió el jefe- los puntos claves que queremos trasladar con nuestra campaña: Primero, sugerir un estado de apetencia en el consumidor hacia nuestro producto. Segundo...

En aquel instante, ella dejó de escuchar. Lo único que era capaz de hacer era seguir el puntero láser con el que su jefe señalaba los puntos que iba comentando de la diapositiva...

1. Estado de apetencia.
2. Sensación de necesidad.
3. Capacidad de adquisición
4. Abilidad para empatía.
5. ...

No pudo resistirlo más. Tomó un edding que encontró a mano y se levantó con una ferocidad tal, que la silla que ocupaba cayó ruidosamente tras ella. Con pasos trastabillados, se dirigió hacia donde se encontraba su jefe. Extendía el brazo de una manera amenazadora, como si con el rotulador que blandía quisiera apuñalarlo. La respiración era tan agitada, que su pecho se movía merced a pequeñas contracciones histéricas, incapaces de transportar oxígeno hacia los pulmones y, aun así, el escaso aire que era capaz de inspirar y espirar, rozaba sus cuerdas vocales, provocando con ello un rugido sordo sumamente desagradable. Algunos de los caballeros que estaban sentados en torno a la mesa se levantaron, aunque era obvio que no sabían qué hacer, pues permanecieron inmóviles en los lugares que habían venido ocupando. Sólo su jefe reaccionó: con firmeza, sujetó los brazos de la mujer, impidiendo que ésta alcanzara el objetivo que perseguía y que ninguno de ellos acertaba a descubrir, mientras intentaba calmarla con palabras que todos oían:
-Tranquila, tranquila..., ¿qué ocurre?
Y otras que sólo ella escuchaba:
-¿Qué haces, imbécil? ¿Te has vuelto loca?

Ella, mientras tanto, aún trataba de zafarse
-No pasa nada, no pasa nada -decía el mastuerzo-. Pobrecilla, es sólo un ataque de hansiedad.

jueves, 3 de febrero de 2011

Ortografía

Ortografía

Se levantó despacio, cuidando de no desvelarla, y se encerró en la cocina. Su primera idea había sido un vaso de leche, pero, vista la situación, optó por una copa de coñac. No podía dejar de darle vueltas. Si todo parecía ir bien… Estaba en lo mejor de sus sueños y, de repente, ella se había vuelto de cara a él. Dormido, como estaba, le había costado entender la pregunta, pero al fin logró ordenar las palabras y encontrarle un sentido.
Divorcio es con v, ¿no? –había preguntado ella con la lengua torpe que se gasta en sueños.
–Sí –había contestado él, también entre las sombras del pensamiento.
Y, entonces, ella se había vuelto de nuevo y le había dado la espalda.

¿Por qué, por qué, por qué?, se preguntaba él en la cocina.

Debo acordarme mañana, se decía ella, escondido por completo el rostro en el pecho de Morfeo, de restarle dos décimas al alumno por esa grafía.

miércoles, 5 de enero de 2011

A Christmas tale for an atheist

A Christmas tale for an atheist

–Me duele –se quejó mimosa al tiempo que agitaba ante mis ojos el dedo que se había pillado con la puerta, y al que el remedio mágico de una tirita le había hecho breve efecto.
–Sana, sanita, culito de rana, si no sana hoy sanará mañana –la consolé dando unos pases mágicos sobre el dedo mientras recitaba las palabras del hechizo–. Y, ahora, tápate bien y a dormir, que esta noche vienen los Reyes.
–Sííííí –sonrió llena de una alegría que me contagió al pensar en la felicidad que proporciona la fe en unos seres misteriosos y benevolentes–. ¡Aunque… –exclamó preocupada–, ¿sabes?, Linda dice que no existen!  ¿No crees que la castigarán sin regalos?
–No  –contesté–, no lo creo. Los Reyes son muy buenos y no se enfadan por esas cosas. Se entristecen, pero nada más.
–¿Cómo Dios contigo, mamá?

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Al hilo de una deliciosa anécdota nacida de una conversación entre una madre y su hija, y que Ana Laura tuvo a bien compartir con sus lectores en  El Ratón Pérez es un ratón de laboratorio -cuya lectura no puedo dejar de recomendar-, surgió esta pequeña historia que publico sólo para, merced a la reacción que provoque en los lectores, tomarle el pulso, porque a mí no acaba de satisfacerme. No he conseguido cuadrarla como yo quería y -para más inri-  le he colocado un rimbombante título en inglés. La de Ana Laura es mucho mejor..., pero es que la realidad -dicen- siempre supera a la ficción.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Cooperantita

Cooperantita

–¿Dónde vas, Cooperantita? –pregunté sorprendido al verla cometer el mismo error, meterse en el bosque lleno de peligros, a pesar del mal trago por el que había pasado y del que se había librado por los pelos.
–Déjame –contestó–. Tengo prisa.
–¿Pero no aprendiste la lección? Sabes que además del rescate que se pagó por ti y tu abuelita, Lupo, el primo del Lobo, hubo de ser sacado de la reserva donde estaba retenido. Ahora anda suelto por el bosque. Sin entras ahí…
–Déjame –insistió.
–No vayas al bosque, es peligroso. Sigue el consejo de tu mamá…
–Que me dejes –gritó ya seriamente irritada conmigo–. Es tarde y, si no me apresuro, cerrará la Delegación del Gobierno.
–¿Cómo? Pero Cooperantita, así no es el cuento. ¿Te has vuelto loca?
–Ja, ja, ja… –rio–. Loca estaría si no pidiera una indemnización por ser víctima de secuestro lobuno.

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viernes, 5 de noviembre de 2010

Dura lex

Dura lex

Le acerqué un pañuelo. Había acabado con todas sus existencias y estaba a punto de hacerlo también con las mías.
–No puedo creerlo –sollozó.
–Anímate…, ya pasará.
–¡Me ha dejado! –exclamó de nuevo entre llantos–. Me ha dejado por esa mujer… Y todo por culpa de mi padre. Si mi madre se hubiera casado con otro, esto jamás habría sucedido. Él me quería…, Ramón… me quería –balbuceó entre hipidos.
–Tu padre no tiene la culpa. Es la ley.
–No, no, él es el culpable. ¡Maldito, maldito seas, padre! Tu apellido me ha traído a esta situación. ¿Quién le mandó apellidarse Álvarez? –me interrogó retóricamente–. Ahora Ramón se ha buscado a una Zuloeta para que los hijos que tenga con ella lleven su Zamarra en lugar de mi Álvarez. Odioso abecedario… ¿Por qué la a tenía que aparecer antes que la z?
Dura lex, sed lex –sentencié.

viernes, 29 de octubre de 2010

De tarugos y... "tarugos"

De tarugos y... tarugos

No, no, no…
–¿Eso dijo?
–Sí, fueron las últimas palabras razonables que pronunció. Después, se volvió loca.
–¿Pero por qué?
–Tras la promulgación de la ley, los niños quedaron sin juguetes ante la posibilidad de que nuestros infantes incurrieran en la nefanda diferenciación de los géneros.  Pero ella creyó encontrar la solución…
–¿Eso? –preguntó despectivamente mientras señalaba un burdo taco de madera.
–Sí, eso –corroboró el otro–,  pero no lo desprecies. En su momento fue el juguete estrella de la Navidad. De hecho, fue el único juguete. Todos los demás se prohibieron: balones, muñecas, arcos y cocinitas… Eso fue lo único que tenían nuestros niños para jugar. Una idea increíble, en el fondo: el juguete unisex. Y ella… se forró.
–¿Pero, entonces…, su locura?
–La acometió el día en que comprobó que las niñas acunaban el tarugo y los niños probaban a meter goles con él.

jueves, 14 de octubre de 2010

Absurdos nacionales

Absurdos nacionales

Se me echó la tarde encima y cuando llegué al supermercado hacía ya tiempo que había oscurecido. Se me cayó el alma al suelo cuando vi las colas infinitas ante las cajas registradoras. La ciudad entera acudía a abastecerse ante la hora adversa que se aproximaba. En el cielo, advertí que de la Luna emanaba aquella noche un brillo inquietante, y un escalofrío me recorrió el espinazo. Resoplé y aceleré el paso o tendría problemas, y no estaba dispuesta a pasar ni una hora en el calabozo de ninguna sórdida comisaría.

Apuré los minutos en la compra y volví presurosa al coche. A lo lejos, distinguí un camión del ejército. Aceleré. Cuando, por fin, cerré la puerta de casa a mi espalda, aspiré con ansia bocanadas de vivificante oxígeno mientras el toque de queda sonaba fuera. ¡Conseguido! El Presidente tendría su día de la Fiesta Nacional sin abucheos.
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lunes, 26 de julio de 2010

Absurdo filantrópico

Absurdo filantrópico

Me despertó el calor sofocante. Sentía la garganta seca y agrietada. Me levanté a beber. Desde el baño, observé la quietud de las plantas en el alfeizar. Ni una pizca de viento se movía en aquella madrugada abrasadora. Destilé acíbar, atormentada por el bochorno, y llena de impotencia imploré el auxilio del dios Eolo.

De repente, lo vi: un hombre vestido de negro bajaba desde el ático hacia mi ventana. ¡Dios mío!, ¿qué hacer? Antes de hallar la respuesta, con un ágil salto alcanzó la poyata y yo ahogué un grito en el pecho. Sus manos, sin embargo, resbalaron sobre los baldosines y quedó sólo sujeto por las puntas de los dedos.

Me arrojé sobre él y lo así con fuerza. Tiré, tiré… y, al cabo, lo salvé.
-Upsss, ha estado en un tris -dijo-. Gracias. Ahora…, ¿me entrega todo lo de valor que tenga en la casa?

miércoles, 27 de enero de 2010

Absurdos mecánicos

Absurdos mecánicos

¡Bum! El golpe resonó atemorizador.
–Esta vez no me vas a tomar el pelo –un nuevo trancazo sonó seco.
El hombre se detuvo, tomó aire y volvió a la carga. Uno, dos, tres…, los porrazos se sucedieron sin tregua y la respiración del brutal golpeador se agitó por el esfuerzo.
–¡Vamos! –exclamó entre jadeos–. Vamos, maldita sea, suéltalo ya.
Apoyó una mano sobre la pared y alzó la cabeza mientras se esforzaba por llevar aire hasta sus pulmones.
–O tú, o yo –se oyó que decía–. Esta vez no hay más opción. Dio unos pasos atrás y tomó impulso. Con una breve carrera se abalanzó con el hombro por delante y propinó el golpe definitivo. El hombre cayó derribado por el peso enorme que se le vino encima. Antes de morir aún pudo escuchar el fruto de sus anhelos.
–Su tabaco, gracias.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Absurdo español en Do mayor

Absurdo español en Do mayor.

-Duérmete niiiiiiiño, duérmete yaaaaaa; que viene el Cooooooco y te comeráaaaaaa.
Meció la cuna unos instantes y salió despacio de la habitación. Antes de cerrar la puerta, se giró y echó una última ojeada. El bebé dormía plácidamente.

Al llegar al salón, un fogonazo la deslumbró. Miró asombrada hacia el ventanal y observó el cuerpo de un hombre colgado de unas cuerdas que la fotografiaba desde el exterior. Antes de que el cerebro pudiera encontrar una explicación lógica, el ruido atronador de un golpe dado sobre la puerta de la calle desvió su atención hacia allí.

Un grupo de hombres uniformados y armados hasta los dientes penetró en la casa y se abalanzó sobre ella.
-¡Al suelo, al suelo!
En apenas unos segundos, se encontró tirada sobre el parqué y con las manos esposadas a la espalda.
-Señora -dijo un hombre de labios babosos que apareció tras los GEO-, pagará cara su osadía...
-¿Mi osad…? -intentó preguntar ella.
-¡Silencio! -gritó él-. Yo le enseñaré a ser buena… -añadió mientras, agachado a su lado, le pasaba la mano por el pelo- y no volverá a cantar nanas sin pagar derechos a la SGAE.

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Dedicado a la Tuna, que un día me cantó bajo la ventana.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Absurdos del azar

Absurdos del azar


–¡No puedo creerlo!

–Lo siento…

–¿Lo sientes? ¡Ja! ¡Lo sientes! –gritó iracundo el hombre.

–No era mi intención… –contestó la mujer, que se echó a llorar.

–Pues me has jodido bien. ¿Qué va a decir ahora mi mujer?

–Tal vez si se lo explicara, si le contara que tú no tienes la culpa… ¿Cómo podría remediarlo? –gimoteó.

–¿Remediarlo? –el hombre pestañeó repetidamente con total perplejidad–. ¿Pero tú eres tonta o qué? Se ve que no estás bien de la cabeza, desde luego.

El llanto de la mujer se acentuó y por un momento él la miró con cierta lástima.

–Mira, ya vienen a por nosotros –dijo señalando el furgón.

Por toda respuesta, ella gimió de nuevo.

–Venga, va…, deja de llorar. Bien es verdad que podrías haberte suicidado a otra hora para no caerme encima, pero ya no se puede hacer nada. Son cosas del azar.

jueves, 8 de octubre de 2009

Absurdos de ascensor

Absurdos de ascensor


Estaba abriendo la puerta del ascensor cuando lo vi entrar por el portal y acercarse al ascensor con unos pasitos rápidos que indicaban bien a las claras su intención de tomarlo conmigo. Lo esperé y, cuando llegó a mi lado, le sonreí. Pulsó el piso sexto y yo, el octavo. No habíamos sobrepasado el segundo cuando me abordó con estas palabras:

–Oiga, ¿qué le he hecho para que no me hable?

–¿Perdón?

–Sí…, va usted ahí, todo mohíno, sin decir palabra.

Mi sorpresa se alzó hasta las cejas, que enarqué interrogativamente.

–Estamos en un ascensor –añadió. Yo asentí con una leve inclinación de cabeza–, ¿y ni siquiera piensa usted hablar del tiempo?

Al llegar al sexto abrió la puerta y me miró.

–Que tenga usted un buen día, señor don Maleducado.

Salió y la perplejidad me invadió el resto de la mañana…

Belén 2013

Belén 2011