A los pies del BorbónUssía es un tipo avispado, muy culto y con soltura al escribir. Famoso por sus artículos humorísticos, conmigo, sin embargo, frecuentemente obtiene sonoros fracasos, pues no suele conseguir sino que esboce alguna que otra leve sonrisa; si bien (no me duelen prendas admitirlo) en ocasiones (aunque sean las menos) logra hacerme reír a carcajada limpia.
No me entusiasma, pues, don Alfonso Ussía, principal entre las principales firmas de La Razón y a quien no suelo leer, sin embargo, nada más abrir el periódico. Prefiero otras antes que la suya. Hay veces, por supuesto, en que este orden se ve alterado y lo sitúo al frente de mis preferencias. Ocurrre ello cuando, por ejemplo, publica artículos como el que Bate llevaba el otro día a su
blog:
¿Y qué?, en el que le da un repasito a la retro-progresía española y ridiculiza, como no puede dejar de hacerse, a esos/as activistos/as que tanto defienden a Palestina/o (supongo/a) y tanto denostan a Israel. Olé sus narices, señor Ussía, en estas ocasiones en que se pone al mundo por montera y en cuatro párrafos y medio pone negro sobre blanco la imbecilidad de un mundo que algún día pagará estas gilitonteces que hoy comete.
Sin embargo, Ussía no siempre es así. A veces endosa al lector un ladrillazo sencillamente inasumible por una mente a la que anima un espíritu libre. Me refiero, naturalmente, a los artículos en los que el señor Ussía se pone a los pies de Su Majestad, el Rey. Y no, no es una manera de hablar eso de "ponerse a sus pies". Es una realidad palpable. Lean, si no, el artículo de hoy, titulado "El Rey". Lo inicia con una disculpa sobre la que va a basar toda la defensa de la real persona a cuyos pies parece que le encanta acurrucarse: no es fácil ser rey. Seguro que no, señor Ussía, como no es fácil ser oncólogo, ni piloto de caza, ni articulista monárquico (que hay que ver las filigranas que tienen que hacer ustedes para justificar a la real persona..., con lo que la real persona es). Pero el hecho de que no sea fácil ser rey no justifica acciones, palabras y gestos que dicen mucho más de lo que usted quisiera... y que, para su desgracia, señor Ussía, dificultan enormemente la defensa del real personaje.
El Rey no ha hecho otra cosa que dar voz e intención a lo que piensan y desean millones de españoles, dice Ussía en referencia al pacto de Estado que ha propuesto Su Majestad, y añade párrafos después:
Para mí, que el Rey ha hecho lo que debía y en su momento oportuno. No por mejorar la imagen de la Corona, ayudar al nefasto Gobierno que padecemos o incordiar al Partido Popular. Lo ha hecho para, desde su autoridad moral, detener la caída en picado de este saco vacío de inteligencia y sensatez que responde al nombre de España. Pues para mí, que soy parte de la España que aún conserva inteligencia y sensatez, y, por ello, no se deja timar por las demagogias de unos ni de otros, incluidas las suyas, señor Ussía, como la que hoy tiene la caradura de publicar; para mí, decía, que Su Majestad no tiene autoridad moral ninguna y, además, no suele actuar en bien que no sea propio (como muy bien podría atestiguar su querido padre cuando saltó la línea dinástica para colocarse primero en la carrera al trono que, por cierto, propuso un dictador, a quien debe sin ninguna duda su actual real puesto).
Mi mente, señor Ussía, se pregunta dónde estaba ese Rey, que se dice de todos los españoles, cuando se firmó el Pacto del Tinell. Dónde, cuando se pretendía pactar con terroristas, a los que se llamaba hombres de paz, y se pisoteaba a las víctimas. Dónde, cuando el concepto de nación era discutido y discutible. Dónde, cuando, con la crisis ya en el zaguán de nuestra casa, el ZP al que tanto admira Su Majestad se empeñaba en negarla, y el Rey, al que tanto admira usted, no se cortaba un borbónico pelo y señalaba que estaba seguro de que Zapatero sabía a donde iba, por qué y para qué.
Es usted como los otros, señor Ussía: fanático de una idea, hasta el punto de que se permite el lujo, en esta loca defensa de ciegos mandobles con que hoy nos obsequia en el periódico, de creer que los ojos que lo leen no están conectados a un cerebro que piensa, y no duda en tomarnos por idiotas al utilizar como refuerzo de sus tesis, en una nueva muestra de demagogia barata y sin que se le vuelva la cara pétrea, los resultados de unas encuestas que son falsos, por estar maquillada la información con la que cuenta la plebe a la que se pregunta:
Después vienen las encuestas populares y la Corona está en lo más alto de la consideración social y los partidos políticos suspenden, suelta en mitad del artículo este pobre monárquico que ya no sabe a dónde agarrarse. ¿Acaso tiene el pueblo español la más mínima idea de lo que ocurre tras las puertas de la Zarzuela, señor Ussía? No, porque la prensa española, por la razón que sea, calla, silencia y oculta. Quisiera yo saber en qué lugar de esas encuestas se encontraría la Corona... si se hubiera visto siquiera la mitad, de la mitad, de la mitad de expuesta al público que lo ha estado, por ejemplo, la de Su Graciosa Majestad británica. De modo, señor Ussía, que échese a los pies borbónicos cuanto desee, pero váyale a otros bobos con esos cuentos. A muchos de los que quizá -y es éste un
quizá con muchas dudas- en algún momento hubiéramos podido ponernos de la parte real, vistas las
cualidades que lo adornan, el tatarataranieto de Fernando VII no nos vale.