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jueves, 26 de noviembre de 2009

Aniversario II: La propiedad de Jeremiah Pembelton

Aniversario II: La propiedad de Jeremiah Pembelton

Finalmente decidí llevarme a mi novia a una romántica noche de observación astronómica en mitad del monte. La cosa fue bien: primero monté la tienda y demás aparejos del campista y, luego, el telescopio. Después, mientras esperábamos a que oscureciera por completo, serví una cena de lo más novelero que había encargado y que tomamos a la luz del camping-gas. Al acabar, nos hicimos arrumacos en la tumbona hasta que nuestros ojos se adaptaron a la oscuridad y entonces... comenzamos la observación.

Mi novia ya sabía de mi interés por la astronomía, pero aquella noche me marqué un buen tanto con mis conocimientos. Entre grititos de admiración y alabanzas a mi imponente saber, aproveché, además, para hacer unas fotos a la Luna que aquella noche estaba espléndida. Soy muy tuno, cuando es menester, y saqué doble partido al aniversario de una manera muy inteligente: por una parte, mi novia quedó sumamente satisfecha con la experiencia única que le brindé; por otra, las fotos astronómicas de aquella noche alimentaron con un par de entradas mi blog, al que últimamente no sabía qué darle de comer.

Semanas después, estaba yo tumbado en el chollo-sofá que había adquirido a los traperos de Emaús, cuando reparé que en que entre el correo que había recogido del buzón aquella tarde se encontraba una extraña carta cuyo remitente me era totalmente desconocido: Smith & Wilson Law Firm. Enarqué una ceja sorprendido. ¿Quiénes eran esos tipos? ¿Y qué querían de mí? Abrí el sobre y comencé la lectura. La carta estaba escrita en un español impecable, pero, no sé por qué, la leí con acento inglés:

Estimado Sr. X

A través de la presente, y en representación de nuestro cliente, Jeremiah Pembelton, nos ponemos en contacto con usted para comunicarle que, de acuerdo con el artículo tropecientos-punto-28A, barra, apartado no-sé-cuántos, párrafo tal del Código Penal del Estado de Canadá, ha delinquido usted al atentar contra el derecho a la intimidad de nuestro cliente con la publicación en Internet de unas fotos en las que aparece su propiedad. Razón por la cual, es usted advertido del hecho para que, en previsión de que quiera evitar el triste paso por los Tribunales, abone 3.000 euros a nuestro cliente en concepto de indemnización.

Atentamente,
Firmado:

Smith & Wilson


Primero me quedé ojiplático. Luego eché una larga carcajada y me recosté en el sofá. ¿Smith & Wilson? ¿Quiénes eran esos frikis? Volví a reír. Sin embargo, cuando los estertores de las carcajadas se apagaron, reflexioné. Investigué en Internet y encontré que existían. Les mandé un correo pidiéndoles explicaciones y a la vuelta de su contestación lo entendí todo: en mi deambular por la Red, no descubrí que, además de ponerle el nombre a una estrella y mandar un poema de amor en la nave Koi, puedes comprar una parcela de la Luna... Y ahí estaba el quid de la cuestión: Jeremiah Pembelton lo había hecho. Había adquirido un terrenito que los abogados Smith & Wilson tuvieron a bien señalarme con una flecha blanca dibujada sobre una de las fotos de la Luna tomada la dichosa noche del aniversario y publicada en mi blog. He aquí la prueba:


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Nota: la foto, que está tomada de la edición digital del dirario ABC, señala en realidad el lugar donde tomó tierra (sería mejor decir luna, ¿no?) el Apollo 11. Ésta es la fotografía original:


martes, 24 de noviembre de 2009

Aniversario I: El amor no viaja en nave espacial

Aniversario I: El amor no viaja en nave espacial

Se acercaba el día del aniversario y andaba yo preocupado preguntándome con qué regalo podría sorprender a mi novia en esta ocasión. Obviamente, como buen internauta, interrogué a Google. Las respuestas que me ofreció no me convencieron en absoluto: peluches, colonias, juguetes eróticos… “Un tipo que se precie no puede andar con esas chorradas”, me dije; pero, y a pesar de que en la Red se encuentra todo, hasta lo imposible, lo cierto es que seguía sin saber qué hacer.

Navegué a la deriva y fue la suerte a llevarme hasta una página donde se vendían estrellas. “¡Caray! –exclamé–, esto sería una buena idea”. Leí con atención: «¿Quiere sentir cómo la admiración de su pareja alcanza cotas hasta ahora nunca experimentadas por usted? No lo dude: ¡REGÁLELE UNA ESTRELLA! Póngale al astro el nombre de su amante y pronto verá cómo se iluminan sus ojos hasta competir en brillo con la propia estrella, llamada desde ahora (y colocaban un enlace en la palabra ahora) con el nombre de su amor». Sin embargo, sospeché… ¿Quién estaba acreditado para ponerle nombre a las estrellas? Intenté indagar sobre la Autoridad competente en la materia, pero no hallé nada que tranquilizara mi ánimo, así que desistí y seguí buscando.

No tuve que ir muy lejos: en la misma web en la que me encontraba localicé otro enlace de sugerente nombre: Envíe un poema de amor a las estrellas. “¡Caramba con las estrellas!”, pensé, pero no me resistí a pulsar sobre el enlace y ver qué se escondía tras aquel viaje estelar: La nave Koi (amor en japonés) iba a ser lanzada con sus bodegas repletas de poemas de amor. Todo aquel que quisiera podría enviar en su interior un poema de amor que viajaría hacia el infinito estelar por los siglos de los siglos, amén. “Otro curioso regalo –me dije–. ¿Le gustará a mi novia?”. Husmeé por la página durante un rato hasta que di con el precio que me costaría el viajecito de la poesía. “¡500 eurazos! ¡Caray!, mi novia los vale, sin duda, pero…”. No se me había ocurrido hasta entonces que…, además de pagar esa exorbitante cantidad de dinero, tenía que escribir la poesía de marras, ¿y quién era yo para emular a Bécquer? “No –reflexioné– esto no va a funcionar. Mejor pienso otra cosa…”. Y me senté, dispuesto a meditar largamente, en un sofá nuevecito del que algún pardillo o un snob pirado, de esos que tiran la casa por la ventana cada dos por tres, se había desecho y que yo acababa de comprar a los traperos de Emaús

lunes, 16 de noviembre de 2009

El incómodo taburete de la cocina

El incómodo taburete de la cocina


Me visualicé… Bañador azul de nadadora profesional, gorro por el que siempre acaban saliéndose los pelos, gafas empañadas y aletas, sobre todo… aletas. Es lo que más se ve (si olvidamos por un instante la tripa aventajada que siempre llega la primera allá donde voy, a pesar de meterla hasta casi quedar sin respiración). No, no me sentí horrorizada, al fin y al cabo, todos vamos de la misma guisa, de modo que no ha sido éste el motivo que me ha impulsado hoy a saltarme la hora de natación.


¡Sopor!, así lo llamo. Él es el culpable. Abrí la puerta de casa al volver del trabajo y ahí estaba, como el cobrador del frac, vestido de luto pero con un aire lánguido que el otro no tiene.

–Ven –me dijo–, sentémonos en el sofá.

–No puedo, tengo que ir a nadar.

–Anda, ven… Verás qué bien estamos.

–Contigo no quiero nada.

–¿Y con el sofá?

–¿Con el sofá? –pregunté sorprendida–, ¿qué voy a querer yo con el sofá?

–Son gustositos y cariñosos…, te abrazan, te acogen cálidamente, te acucan y saben darte lo que les pides.

“¿Todo eso hace?”, me pregunté atónita. Miré al sofá inquieta y allí estaba…, con sus rayas verdes y rojas. Me pareció apreciar una apostura licenciosa que no observé en él cuando lo compré en Ikea. Aquel ser vestido de funeral me guiñó un ojo y tendió su mano, invitándome con ella a caer entre los brazos del sofá. Rechacé su ofrecimiento y corrí despavorida hacia la cocina. Nerviosa, me senté en un taburete con la respiración agitada e intenté reflexionar. De repente, supe lo que tenía que hacer: cogí el teléfono y marqué un número escrito sobre un post-it pegado a la nevera.

–¿Los traperos de Emaús? Vengan cuanto antes… Tengo un sofá para ustedes.


El peligroso objeto lúbrico ha salido de mi vida. Pero…, a cambio de mi virtuosa tranquilidad…, ¡qué incómodo el taburete de la cocina!

jueves, 5 de noviembre de 2009

Total..., un rasponcillo

Total…, un rasponcillo


Pulsé el botón de emergencia y se encendieron los intermitentes para avisar al de atrás: atasco, atasco…, vete frenando. Sin embargo, por detrás no venía nadie. Sólo por delante había gente…, una cola infinita de gente obstruyendo el paso con sus coches, como yo.


¡¡¡Moooocccccc!!! Fue como si la mano se hubiera fundido con la bocina del coche formando un conjunto inseparable. En estas ocasiones me comporto como un cretino, lo reconozco, pero es una cruz imposible de sufrir. Siempre pasa igual: la carretera va bien y, ¡zas!, cuando menos te lo esperas, brota el atasco.


Gruñí y, cuando estaba tomando aire para empezar a despotricar, mi novia me sorprendió con un “Paciencia, cari” que me sacó más de quicio. ¿Por qué las mujeres son tan conformistas cuando no conducen ellas?, porque hay que ver qué espabile se gastan cuando intentas hacerte el listo al volante y tanteas una pirula. Te dan el volantazo y te sueltan un “¡Mamón!” que te deja atontao. Lo de “¡mujer tenías que ser!” ya no vale. Te sacan el dedo y se quedan tan anchas. La miré de reojo y me mordí la lengua. Mejor eso que empezar una ofensiva destinada a la derrota por extenuación en una interminable guerra de reproches.


Llevábamos ya un rato allí parados, con el ronroneo de la radio llenando el silencio, cuando de repente los dos dimos un bote en nuestros asientos y los cinturones de seguridad se tensaron pegándonos al respaldo. El sonido seco del golpe fue lo que más me asustó. Miré por el retrovisor y vi a un imbécil que había empotrado el morro de su coche en el maletero del mío. Me bajé de inmediato y, mientras lo hacía, refunfuñé entre dientes: “Se va a enterar este gilipollas. Como me haya hecho algo al coche…”. Mi novia abrió la boca, pero antes de que pudiera emitir un sonido se la cerré con un gesto. “Si me vuelves a decir paciencia…” y no acabé la frase sencillamente porque no supe cómo.

–¿Qué pasa, tío? ¿A dónde ibas mirando?

–Lo siento, colega…

Un tipejo sucio, de pelo alborotado y probablemente con más agujeros en las venas de los que se hacen un día en un hospital se había bajado del coche de atrás y venía hacia mí. Sin darme mucha cuenta, di un pasito hacia atrás y sólo alargué el cuello para ver si había algún desperfecto en mi coche. Afortunadamente sólo era un raspón.

–Perdona, tío. Joer, perdona. No me di cuenta.

–Bueno –dije con cautela–, vamos a arreglarlo y ya está. Saca el seguro –añadí mientras me dirigía hacia la puerta delantera para coger la carpetilla del mío.

–Es que no tengo… –me espetó. Lo miré sorprendido–. Venga…, no me denuncies…, si no t’hecho na.

Me quedé allí parado, con la mano en la manilla y sin saber qué hacer. Lo miré de reojillo y me pregunté si aquel tipo… Ufff, se me erizaron los pelos del cogote.

–Vale, tío. Por esta vez, pase.

Me metí en el coche, cerciorándome de echar el seguro, y, sin mirar a mi novia, le expliqué:

–Es un pobre diablo. No llevaba seguro, pero no he querido montársela. Total…, me ha hecho sólo un rasponcillo.

–Has hecho bien, cariño… –me contestó ella mientras yo me abrochaba el cinturón de seguridad y oíamos un derrape de ruedas. El tipo había acelerado de cero a cien en un segundo y se había escabullido por una salida cercana–. Ese tipo de gente puede ser peligrosa –añadió la muy ladina.


La miré irritado. Gruñí de nuevo, fruncí la nariz y metí primera. Por fin el tráfico empezaba a moverse. Me concentré en no mirarla…, no obstante, lo vi: ella sonreía.

sábado, 24 de octubre de 2009

Teletienda

Teletienda

La respiración apática se interrumpió y di un respingo. De repente toda esa flojera vital que me tenía amarrada al sofá desapareció producto de una honda meditación que había llegado a mí a saber desde qué recóndito rincón de mi interior más profundo y desconocido. Quité el volumen a la tele y expresé mis pensamientos en voz alta:
–¿Pero qué coño –me pregunté con ese taco ordinario– has hecho con tu vida para estar un viernes por la noche en pleno abandono soporífero deglutiendo los plomizos anuncios de la Teletienda?
Como me había incorporado tan repentinamente y con vehemencia tan agreste, el esternón se me había clavado en el estómago. Miré hacia abajo y pellizqué ese amigo desatento que se presenta cuando menos se le espera.
–Tengo que empezar a tomarme esto en serio… –me dije agarrada al michelín mientras echaba un vistazo con mirada culpable al cuenco de patatas fritas que reposaba sobre la mesa. Entorné los ojos para fijar la mirada y creí descubrir en su porte una chulería muy poco propia de un tarro con patatas–. ¡Será engreído! –añadí a mi pensamiento–. ¡Vanidoso! –le espeté airada.
El móvil sonó.
–Hola Gloria. […] ¿Pero qué me cuentas? […] ¿Tu madre? ¿En el hospital? […] ¿Demencia senil? […] ¡Oh, por Dios, pobrecita! […] ¡¿Eh?! ¡No me digas! […] ¿Álvaro? ¿Tu Álvaro? […] ¿En serio? […] ¡Será cabrón! ¿Y dónde se ha ido? […] ¿En vuestra casa? […] Espera, espera… ¿Pero no has dicho que os ha abandonado? […] ¿Y qué hace viviendo en vuestra casa? […] ¿De gorra? […] ¿Y el niño y tú? […] ¿En la de tu madre…? […] ¿Pero tú eres idiota? […] ¿¿¿En una secta??? […] ¡Ese tío es un gilipollas! […] Un momento…, me he perdido… ¿Qué pinta el niño…? […] ¿Eh? […] ¿Hiperactivo? […][…][…] ¡Joder, tía, qué cosas te pasan!
Tenía la oreja roja cuando colgué y un desagradable pitido en el oído.
–Hay que ver la vida…, ¡cómo es! –pensé. Durante algunos minutos, noté los puntos suspensivos aleteando en torno a mí. Luego, se posaron tranquilos en mi regazo. Pasé la mano por el michelín y lo observé meditabunda. Me recompuse al instante: volví a poner el volumen de la tele, me recosté en el sofá y miré de nuevo al tarro de patatas. De repente, ya no parecía tan fanfarrón.

Belén 2013

Belén 2011