Total…, un rasponcillo
Pulsé el botón de emergencia y se encendieron los intermitentes para avisar al de atrás: atasco, atasco…, vete frenando. Sin embargo, por detrás no venía nadie. Sólo por delante había gente…, una cola infinita de gente obstruyendo el paso con sus coches, como yo.
¡¡¡Moooocccccc!!! Fue como si la mano se hubiera fundido con la bocina del coche formando un conjunto inseparable. En estas ocasiones me comporto como un cretino, lo reconozco, pero es una cruz imposible de sufrir. Siempre pasa igual: la carretera va bien y, ¡zas!, cuando menos te lo esperas, brota el atasco.
Gruñí y, cuando estaba tomando aire para empezar a despotricar, mi novia me sorprendió con un “Paciencia, cari” que me sacó más de quicio. ¿Por qué las mujeres son tan conformistas cuando no conducen ellas?, porque hay que ver qué espabile se gastan cuando intentas hacerte el listo al volante y tanteas una pirula. Te dan el volantazo y te sueltan un “¡Mamón!” que te deja atontao. Lo de “¡mujer tenías que ser!” ya no vale. Te sacan el dedo y se quedan tan anchas. La miré de reojo y me mordí la lengua. Mejor eso que empezar una ofensiva destinada a la derrota por extenuación en una interminable guerra de reproches.
Llevábamos ya un rato allí parados, con el ronroneo de la radio llenando el silencio, cuando de repente los dos dimos un bote en nuestros asientos y los cinturones de seguridad se tensaron pegándonos al respaldo. El sonido seco del golpe fue lo que más me asustó. Miré por el retrovisor y vi a un imbécil que había empotrado el morro de su coche en el maletero del mío. Me bajé de inmediato y, mientras lo hacía, refunfuñé entre dientes: “Se va a enterar este gilipollas. Como me haya hecho algo al coche…”. Mi novia abrió la boca, pero antes de que pudiera emitir un sonido se la cerré con un gesto. “Si me vuelves a decir paciencia…” y no acabé la frase sencillamente porque no supe cómo.
–¿Qué pasa, tío? ¿A dónde ibas mirando?
–Lo siento, colega…
Un tipejo sucio, de pelo alborotado y probablemente con más agujeros en las venas de los que se hacen un día en un hospital se había bajado del coche de atrás y venía hacia mí. Sin darme mucha cuenta, di un pasito hacia atrás y sólo alargué el cuello para ver si había algún desperfecto en mi coche. Afortunadamente sólo era un raspón.
–Perdona, tío. Joer, perdona. No me di cuenta.
–Bueno –dije con cautela–, vamos a arreglarlo y ya está. Saca el seguro –añadí mientras me dirigía hacia la puerta delantera para coger la carpetilla del mío.
–Es que no tengo… –me espetó. Lo miré sorprendido–. Venga…, no me denuncies…, si no t’hecho na.
Me quedé allí parado, con la mano en la manilla y sin saber qué hacer. Lo miré de reojillo y me pregunté si aquel tipo… Ufff, se me erizaron los pelos del cogote.
–Vale, tío. Por esta vez, pase.
Me metí en el coche, cerciorándome de echar el seguro, y, sin mirar a mi novia, le expliqué:
–Es un pobre diablo. No llevaba seguro, pero no he querido montársela. Total…, me ha hecho sólo un rasponcillo.
–Has hecho bien, cariño… –me contestó ella mientras yo me abrochaba el cinturón de seguridad y oíamos un derrape de ruedas. El tipo había acelerado de cero a cien en un segundo y se había escabullido por una salida cercana–. Ese tipo de gente puede ser peligrosa –añadió la muy ladina.
La miré irritado. Gruñí de nuevo, fruncí la nariz y metí primera. Por fin el tráfico empezaba a moverse. Me concentré en no mirarla…, no obstante, lo vi: ella sonreía.