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jueves, 20 de junio de 2013

James Stanley. Getting over

9. James Stanley. Getting over

-You were right.
-I know.
Habían pasado unos días, pero no era necesario que precisara de qué hablaba. Él lo sabía. La luz de las farolas dibujaba nuestras sombras sobre la acera mientras caminábamos por Princesa hacia Plaza de España. Algunos jóvenes pasaron junto a nosotros riendo y los vimos alejarse en dirección a Moncloa.
-I don't want to play with readers.
-You are not. They're free to read your texts or not.
Asentí levemente.
-But there's something else... -dije.
Harry se detuvo y me sujetó por el brazo para que yo también lo hiciera.
-You don't agree with James..., not completely.
-No -admití sin ambages.
-You feel ashamed. -¡qué bien me conocía!-. You can't...
-I can't -lo interrumpí- llorar o  embobarme en una sonrisa ñoña sin sentirme avergonzado por ello... -cité de memoria.
Creí adivinar que asentía con la cabeza a cada una de mis palabras, pero no podría asegurarlo. Tenía la mirada puesta en la acera de enfrente, escondiéndosela a la de él, y suspiraba por descansar la espalda sobre los muros del Palacio de Liria, en busca de un apoyo que disimulara el temblor de las piernas, mientras me concentraba en obviar el contacto de sus manos en mis brazos.
-You can get over your fears.
-No, I can't.
-Of course you can! -exclamó afable- You did it with me.
Mi mirada atónita se topó con esa sonrisa absolutamente encantadora que, en una fulgurante revelación fui consciente entonces, él sólo dibujaba para mí. Trastabillé torpemente en ella mientras la sombra de un recuerdo ya casi oscurecido en la memoria cruzaba mi mente: no llovía, su chaqueta no me cubría la cabeza y había cientos de lugares a los que huir. Y, sin embargo...
-Yes -rocé con los dedos la solapa de su abrigo-, I did it.
-And was it a mistake? -había dado un paso y ahora estaba a unos centímetros de mí.
Agité suavemente la cabeza de un lado a otro, con la vista clavada en la espiguilla de su abrigo.
-Raise your...
Apoyé un dedo sobre sus labios y lo hice callar. Levanté la cabeza. Nadie iba a decirme que lo hiciera más que yo misma y él accedió en silencio. En la mano tenía algo para él. Observó paciente cómo lo empujaba con la punta de los dedos en el bolsillo de su pechera. Sonrió de nuevo y junto a mi mitad del billete puso la suya.

Las miradas de ambos proyectaron el mismo fotograma a la vez: ya no había fuerza humana que lo evitara ni, ahí estaban nuestras sonrisas precipitándose la una en la otra, pretensión alguna de eludirlo. Lo vi inclinarse hacia mí...

...

A su espalda, un autobús pasó ante nosotros y nos sustrajo a las miradas indiscretas.

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Antes, en James Stanley: The great pretender.
Y después...
No hay después. It's over.

miércoles, 19 de junio de 2013

James Stanley. The great pretender

8. James Stanley. The great pretender

-Have you read it yet?
-Yes!
Quizá dejé percibir mi entusiasmo un poco más de lo que me hubiera gustado.
-And?
Desde que leí el documento, no había podido dejar de pensar en las palabras que James Stanley había trazado sobre aquel manuscrito.
-You can't imagine how well I understand what he means.
Oí su risa ligera:
-Oh, be sure I can.
Ladeé la cabeza y me paré. Él también se detuvo. Relajado, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y un gesto tan natural en la cara que nadie diría que estaba una vez más allí dentro -agité inquieta la cabeza, como queriendo salpicármelo de encima-, correteando por mi cerebro y desvistiendo hasta la última neurona.
-Why are you so sure? -percibí cierto tono receloso en mi voz.
-'Cause you are like him.
Las palabras sonaron embutidas en un susurro. Negué con la cabeza.
-I'm not.
Él soltó una breve carcajada y echó a andar. Lo seguí. Las hojas anaranjadas que habían caído de los árboles formaron un remolino ante nosotros y opacaron durante un instante el brillo que los vidrios del Palacio de Cristal reflejaban al recibir la luz vespertina.

I write because I have fun, because it makes me happy, because I can't live another way... Escribo porque me hace saltar el alma... -mi mente transcribió los pensamientos de James Stanley al español. Si cinco meses de amistad con Harry Tisdale la habían despertado al ingenioso mundo del sarcasmo y los dobles sentidos, que ahora paladeaba mejor en inglés que en mi propio idioma, la prosa transparente y directa de Stanley seguía sonando mejor en mis oídos cuando la escuchaba en español- ...y estimula mi cerebro. Escribo porque, al hacerlo, creo mundos en los que luego puedo vivir, personas a las que puedo amar o detestar, transformar, ignorar. Escribo porque, entre las letras con que construyo un cosmos, las asperezas del mundo real desaparecen y llueve y brilla el sol al compás de las necesidades de mi corazón. Porque, a lomos de lo que escribo, puedo llorar o  embobarme en una sonrisa ñoña sin sentirme avergonzado por ello...

-I'm not -insistí.
-Oh, yes, you are!


I write because the paper is the great pretender... -Stanley tocaba a Freddie Mercury en mi cabeza-, ...porque en él atrapo pensamientos que jamás antes me habría atrevido a tener y enmascaro emociones que nunca habría admitido sentir...

-I'm not... -musité tan bajo que incluso a mí me resultó difícil percibir el temblor con que hablé.
Harry se detuvo de nuevo. Estaba tan cerca de mí que sentí las vaharadas de su aliento en mi oído.
-Feeling like him makes you feel ashamed?
No contesté.
-Oh, come on, don't cheat yourself. You can do better.
-I'm not pretending doing well -protesté.
-You think your writings are not good enough to be read.
-I haven't thought about it.
-Yes, you have. And you are afraid of giving them to your readers 'cause you think they will make them waste their time.
Calló, demandando una respuesta con aquel silencio, pero yo, una vez más, no contesté. Y él continuó:
-Just like him.
Volvimos a movernos. Caminábamos en silencio mientras las sombras del atardecer iban confundiendo nuestras figuras entre la bruma que comenzaba a levantarse. Lo oí tomar aire y temí lo que con él pudiera articular.
-But he took the risk and.. -encogió los hombros. El resto de la frase era tan obvio que podía soslayarse.
-I'd never give my life to any rude reader who...
-Pretending to hide what your heart can't conceal?
-Stop "pretending" to be Freddie Mercury. -me quejé.
-Playing with words?
-Look who's talking! You're a master with them -él no hizo caso a mi sarcasmo y continuó:  
-Both of you are so honest that couldn't even accept to steal time from others.
No le dejé seguir:
-Let's go. It's cold.
Lo hacía. El viento soplaba frío y de repente sentí la imperiosa necesidad de irme a casa.

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Antes, en James Stanley: One thousand and one nights.
Y después: Getting over.

martes, 18 de junio de 2013

James Stanley. One thousand and one nights

7. James Stanley. One thousand and one nights

Había ido dándome la información con cuentagotas: unas veces me hablaba sobre la infancia de James Stanley, otras me traía alguno de sus escritos, como si quisiera ir alargando el proceso en una especie de mil y una noches. Y así habíamos mediado el otoño.
-Sorry, I'm late.
-It's never late when you show up.
Me ayudó a quitarme el abrigo y me ofreció una silla frente a él, en una mesita apartada del café donde habíamos quedado, mientras simulaba no haber percibido la sonrisa eufórica que me habían arrancado sus palabras.
Fuera el tiempo estaba borrascoso, pero dentro hacía calor. No me quitó la vista de encima mientras me desanudaba la bufanda y aguardaba a que el camarero que me había traído el café se alejara. Aún siguió así unos segundos más después de que nos quedáramos solos, pero para entonces ya no me sentía intimidada por sus silencios ni por la vehemencia de su mirada. Me limitaba a disfrutarlos.
La cálida bebida tentó la firmeza de mis labios con un cosquilleo mientras lo miraba por encima del borde de la taza. Era una firme roca a la que asirse. Tamborileé en la curvada línea de la taza, como si necesitara tantear con los dedos lo que la mente pensaba. Era grande y, entorné la mirada y calculé, dos como yo podrían ovillarse fácilmente entre sus brazos. Rechacé la idea. ¿Dos? Yo sola podía arreglármelas muy bien para ocupar todo el espacio. Ahogué una carcajada con un sorbo de café. Era un hombre tan fiable, tan convincente, tan manso y afable. Era perspicaz e ingenioso y, bueno, ¿por qué contener el pensamiento?, tan apuesto y varonil....
Le vi examinar el interior de un portafolio.
-A new story? -pregunté al tomar el documento que me tendía.
-Not this time.
Elevé una ceja interrogativamente. Creo que para entonces ya imitábamos nuestros tics con tanta precisión y naturalidad que podríamos mimetizarnos el uno en el otro sin que ello nos causara desconcierto o confusión.
-It's a kind of meditation or literary consideration.
-About?
-The fact of writing.
-It sounds suggestive.
-Belive me: it is.
Asentí en silencio mientras guardaba el portafolio en mi cartera. Él pareció sorprenderse:
-Aren't you going to read it?
-Not now. 
-No?
Negué con la cabeza. 
-No, not this time -repetí sus propias palabras sin añadir nada más.
Percibí un ligero brillo de expectación que disimuló con un par de pestañeos.
-And so...? 
Apoyé los antebrazos sobre la mesa y me incliné hacia delante. Él también se acercó y pareció ocupar todo el espacio, incluyéndome a mí. Su forma de aproximarse transmitía un mensaje nítido: yo no sobraba. Lo miré de frente:
-Let's talk.
Me pregunté cuánto tiempo esperaría a que yo empezara la conversación y conté mentalmente: uno, dos, tres, cuatro...  
-About? -interrumpió mi cómputo.
Demasiado. Tendría que mejorar mi entonación y lograr hacerla más tentadora. Cuatro segundos para colmar su paciencia eran demasiados. Me propuse bajarlos a tres para la próxima cita. Lo miré y él me animó con un gesto vehemente. No lo dudé. ¿Para qué andarse con melindres a aquellas alturas?
-Us?
Sonrió. Era una forma elocuente de hablarme. Yo le devolví la sonrisa. También para mí era ya un significativo modo de dirigirme a él.
-Nice topic of conversation.

Seguro que sí, pensé. Y tal vez, con un poco de suerte, daría para dos mil noches más.

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Antes, en James Stanley: Fiction in reality.
Y después: The great pretender.

sábado, 15 de junio de 2013

James Stanley. Fiction in reality

6. James Stanley. Fiction in reality.

-And so, what do you think about it? -señaló el documento que yo había dejado aparcado momentáneamente sobre la mesa mientras cenábamos a la tenue luz nocturna del Pardo.
-I'm impressed...
-That's exactly what happened.
-Unbelievable! 
Era verdad. Me parecía increíble, tanto como la idea que acababa de centellear en mi cerebro. Lo miré retraída, sin atreverme a expresarla en voz alta, pero él ya me leía demasiado bien:
-What?
Me decidí a intentarlo:
-Do you think... -pero dudé.
-You could write it down on your blog?
Entorné la mirada y lo estudié con curiosidad. Sí, me leía tan bien que me sentí mentalmente desnuda y deseé poder escribir mi pensamiento en caligrafía especular.
-Is that what you didn't dare to say?
Asentí tímidamente con la cabeza.
-Yeah -aceptó-, feel free to do it.
Empezaba a sonreír satisfecha cuando sus palabras comprimieron la sonrisa en una mueca de desencanto: 
-Nobody is going to believe you.
Tenía razón. ¿Quién iba a creer que la prematura muerte de James Stanley, a causa de aquel extraño envejecimiento tan veloz y repentino, se debía a que el escritor había ido compensando a los lectores insatisfechos con horas de su propia vida? 
-They may say "interesting", "original", even "odd"*, but they'll think it's just fiction.
Yo también lo creía. Quizá la entrada merecería un par de comentarios elogiosos, pero nadie vería en ella un atisbo de realidad. Quedé pensativa mientras él daba buena cuenta del queso de oveja.

¿Y qué?, me dije pretendiendo desentenderme de lo que pensara una mente que no fuera la mía. Iba siendo hora de superar miedos y complejos, y, según parecía...
No me aparté un milímetro cuando sentí el aliento de Harry susurrándome al oído:
-A twenty for your thoughts.
Sí, según parecía, algunos se iban superando. Pasé la mano por el documento de James Stanley y tracé sobre él una línea sinuosa con el dedo.
-No -musité-, not yet.
Lo vi sacar un billete de veinte euros y partirlo por la mitad. Fruncí el ceño desconcertada.
-Some other time, then -dijo. Y puso una de las mitades en mi mano.
No ofrecí oposición cuando me cerró los dedos sobre la mitad del billete ni cuando me sujetó la mano unos segundos más de lo que hasta hacía poco hubiera considerado cómodo.

Asentí en silencio. ¿Qué podía decir? La realidad supera tantas veces a la ficción..., ¿o era al revés? Sin levantar la cara, observé a Harry por entre las pestañas: él era el vivo ejemplo de ello.

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* ;-)
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Antes, en James Stanley: A smile.
Y después: One thousand and one nights.

viernes, 14 de junio de 2013

James Stanley. A smile

5. James Stanley. A smile.

Después de servirnos el par de raciones que habíamos pedido para cenar, el camarero se alejó culebreando entre las mesas de la terraza.
-I can't understand why you didn't let me drive -oí su queja entre la neblina de mis pensamientos, abstraídos en la relectura del documento que me había traído.
-I'm too young to die -contesté sin apartar la vista del papel.
-Don't you trust me?
-No, I don't.
Deslicé una rápida mirada por su rostro y allí estaba la ceja levantada y despoblada de todo sarcasmo. Vivir y aprender. Le había tomado la medida y ahora era yo, a voluntad y no precisamente, o al menos no siempre, a causa de mi rubor, quien provocaba ese izamiento.
-I'm a skilled driver -protestó.
-But you do it the other way round -contesté con la atención devuelta al documento.
No hizo falta que lo mirara para saber que abrió la boca con la intención de contestarme, pero estaba demasiado concentrada en las palabras de James Stanley para seguir jugando al sarcasmo. Agité la mano delante de sus narices y volvió a cerrarla sin llegar a decir nada. 

Habíamos decidido pasar la tarde en el Pardo y con él había traído un interesante documento escrito de su puño y letra por el mismísimo James Stanley. Me sentí tan impaciente por leerlo que lo mandé a dar una vuelta, mientras yo, al resguardo de una fresca alameda, me atrincheraba tras las hojas y me sumergía en su lectura. Horas después volvió a recogerme. Me pregunté qué habría estado haciendo todo ese tiempo. Había mucho que ver, pero... ¿tanto?
-Did you enjoy the visit?
-I had a great time... alone!
Sonreí encantada al escuchar el adjetivo. Resumía su lamento con una sola palabra; y su extremada paciencia, también. Era un buen tipo y eso, sólo eso, es lo único que me ha interesado toda la vida que sea un hombre.
-You could've stayed with me if you knew how to be quiet.
Rezongó por lo bajo.
-I can hear you.
-But you can't understand me.
Tenía razón. Punto para él.
-Give me a smile, at least.
Caminábamos juntos por la acera, con la tarde cayendo frente a nosotros y los álamos arrullando nuestros pasos a la espalda. Sonreí. Se la debía. Se la había ganado con creces.

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Antes, en James Stanley:  Nice girls don't swear.
Y después: Fiction in reality.

jueves, 13 de junio de 2013

James Stanley. Nice girls don't swear

4. James Stanley. Nice girls don't swear

Los meteorólogos españoles se habían burlado de sus colegas franceses, que habían augurado un verano muy fresco. El amor patrio me empujaba a defender a mis compatriotas, pero lo cierto es que aquel junio estaba siendo frío y tempestuoso. Sentados en un banco de piedra, en los Jardines de Cecilio Rodríguez, advertíamos que el Retiro, intimidante, no estaba de humor aquella tarde: se agitaban furiosas las copas de los árboles y gorgoteaba el viento entre las hojas.
-It seems he is afraid of something.
Seguí con la mirada el lugar al que señalaba Harry y vi cómo un pavo real plegaba la cola y se alejaba cabizbajo. Si los augurios que aquella imagen empujaba a conjeturar eran acertados, el presagio no era nada halagüeño.
En efecto, el trueno y el relámpago llegaron al mismo tiempo, lo cual sólo podía significar que teníamos la tormenta encima. Puede que el pensamiento sea más rápido que la propia luz, tan veloz como la mismísima instantaneidad, pero no lo fue lo suficiente en aquella ocasión para advertirnos de la que estaba por caer: gruesos goterones nos salpicaron antes de que los viéramos venir. Miré desolada a mi alrededor. Ni siquiera el pavo real estaba ya allí. Sólo quedábamos Harry y yo. Fruncí el ceño impotente. ¿Dónde puede encontrar uno refugio en un parque...? 

Él lo halló para mí. Encorvó los hombros hasta que, sentado a mi lado, y tan próximo que sentí la piel del cuello erizarse sin que la tormenta tomara parte alguna en aquella descontrolada reacción, tan amedrentadora como plácida, se colocó a la misma altura que yo y echó su chaqueta sobre nuestras cabezas. Respiré hondo, conté hasta cinco y dejé que el aire saliera lentamente de mis pulmones, cuidándome de que ningún silbido delatara mis intentos por controlar la ansiedad. Era hábil para salir huyendo al mínimo temor, pero sentada en aquel banco de piedra, bajo un diluvio que hubiera envidiado el mismísimo Noé, no había ningún lugar adonde ir. Clavé la vista en el abundante charco que se estaba formando entre mis zapatos y lo imaginé con la ceja levantada y la sonrisa escondida tras la mirada, encantado de tenerme tan cerca y tan turbada.
-¡Maldita sea!
-English! -me regañó.
-I don't know how to say that in English.
-Yes, you do.
-Nice girls don't swear -traté de ser ingeniosa.
-Don't be one.
¿Cómo obviar aquella entonación cargada de socarronería? La sangre que normalmente me arrebolaba las mejillas se encendió. Erguí la cabeza y zambullí la mirada en la zarca aureola de sus ojos. No hubo titubeo en los míos:
-And make you blush?
En esta ocasión fue la sorpresa la que izó su ceja hasta la raíz del cabello. Si no puedes vencer tus debilidades, utilízalas en tu provecho. Sonreí a escondidas. Por una vez había sido yo quien le había obligado a apartar la mirada.

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Antes, en James Stanley: The Irish pub II.
Y después: A smile.

miércoles, 12 de junio de 2013

James Stanley: the Irish pub II

3. James Stanley: the Irish pub II

-Really?
-Don't you believe me?
Enarcó una ceja, simulando sentirse dolido. Aún tardaría unas cuantas citas más en percatarme de que utilizaba esa estrategia cada vez que quería hacerme sonrojar. Busqué una tangente por la que desviarme y la encontré en el trillado recurso de la temperatura:
-This heat is unbearable.
Me llevé una mano al cuello de la camisa y tiré de él. La excusa fue tan torpe que el rubor se acentuó, pero él se apiadó de mí:
-Yes, it is.

Harry Tisdale, ése era su nombre, el del mejor amigo de James Stanley. Al principio, me habían parecido tan interesantes las extrañas circunstancias en que el escritor había muerto, que ésa y no otra fue la razón que me llevó hasta su novela. Luego, con cada lectura, y ya iba por la tercera, había ido descubriendo sendas escondidas que sólo se mostraban al lector realmente interesado, incluso aunque no dominara la lengua. Y yo estaba dispuesta a leerla una cuarta vez, cinco, seis o un millar, si fueran necesarias, hasta descubrir toda la belleza que ocultaba en su interior. Y ahora, allí mismo, frente a mí, tenía al mejor amigo del fallecido escritor. 

Bajé la mirada, como si buscara con ella la palabra que era incapaz de encontrar en mi cerebro para terminar la frase con que balbuceaba mis excusas por haber dado la impresión de no creer en su palabra, aunque la única razón de que lo hiciera fuera la de apartarla de la de él. ¿Es que nadie le había enseñado que mirar tan fijamente y con tanta intensidad a alguien a quien no se conoce es descortés y, esto nunca lo admitiría en voz alta, desconcertante para un espíritu tan apocado como el mío?

-Can you tell me about him?
Lamenté la pregunta en cuanto hubo salido de mi boca. Puede que en otro idioma las cosas se disfracen, excusadas por dificultad que supone expresarse en una lengua que no nos es natural, y no se dibujen con tanta nitidez en el cerebro como cuando una se expresa en el propio, pero incluso para una torpe social como yo aquella propuesta podía ser tomada como una invasión de la privacidad.
-Of course I can.
Él, sin embargo, no pareció tomarlo así y yo afiné el oído, dispuesta a no perder detalle de la historia.

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Antes, en James Stanley. The Irish pub I.
Y después: Nice girls don't swear.

martes, 11 de junio de 2013

James Stanley. The Irish pub I

2. James Stanley. The Irish pub I

Cerca del Palacio Real, el pub hacía esquina con una de las callejuelas que desembocan en la Plaza de Oriente. Aquella tarde no estaba muy concurrido y logré camuflarme tras una mesa apartada, próxima a una ventana de cuarterones desde la que podía verse parte del tejado de la Ópera y que, caldeada por los rayos del sol, creaba una atmósfera de invernadero un tanto sofocante. 

Encendí mi libro electrónico. Iba allí a leer, mientras dejaba que mis oídos se bañaran con el sonido del inglés, porque hasta entonces no había encontrado el valor suficiente para ponerme el mundo por montera y lanzarme a practicar. No era cuestión del idioma, ni de falta de confianza..., no. Con una naturaleza cohibida como la mía, ni siquiera me hubiera atrevido a entablar una conversación en español con un desconocido, pero yendo allí podía al menos justificarme ante mi profesor de inglés y asegurarle que lo había intentado.

Sin embargo...

Se había aproximado por detrás sin que me percatara y había estado husmeando entre las letras de mi lectura:
-"Crossroads"!
Antes de que pudiera levantar la mirada ya estaba tomando asiento:
-May I take a seat?

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Antes, en James Stanley: Two hours of life.
Y después...:  The Irish pub II.

sábado, 8 de junio de 2013

Stanley, James: two hours of life

1. Stanley, James: two hours of life

Tenía 34 años y en pocos meses me he plantado en los 80. Los dientes se me han caído, mi cuerpo se ha encorvado y estoy atado a un sillón sin posibilidad de entrar o salir de él sin ayuda. Casi no veo: las cataratas me han cubierto los ojos y ya sólo puedo percibir la silueta de los objetos, deformados por una especie de plasticidad que los hace parecer de gominola. Respiro a duras penas y veo cómo se aproxima ese momento en que he de hacerlo por última vez. Pero antes de que llegue, elevo este lamento: ¿a santo de qué quise un día ser escritor? Aquella estúpida manía me ha llevado en un puñado de semanas de la vital treintena a los renqueantes últimos momentos de un octogenario.

Maldigo el día en que tuve la ocurrencia de abrir una bitácora. Maldigo el día en que comencé a tener seguidores que leían las estúpidas ideas con que mataba las horas. Y maldigo el día en que subí aquella novela, Encrucijada, la primera que fui capaz de pergeñar, y la ofrecí gratuita a quien quisiera tomarla y leerla.

Al principio, muy pocos fueron los comentarios que recibí. Casi todos tibios y moldeables, sin espinas que amenazaran dolor alguno. Hasta que un día...

Titán dijo...
Impresentable. Eso es usted. ¿Cómo se atreve a jugar con el prójimo de esta manera? Su novela es insufrible. Tenga vergüenza torera y retírela de inmediato. Evite que otro incauto como yo pique de nuevo con ese puré de letras.
17 de noviembre de 2012  09:13

Estaba preparado para recibir críticas, pero confieso que esas palabras me hicieron daño. Sin embargo, respondí con cortesía:

J. Stanley dijo...
Señor Titán, lamento que mi novela le haya defraudado hasta el punto de producirle tan grande indignación. Puesto que era gratuita, no puedo ofrecerme a devolverle importe alguno, de manera que pudiera así compensarle, pero permítame expresarle mis excusas por el tiempo que su lectura le ha hecho perder. Reciba mis saludos.
17 de noviembre de 2012  15:42

Titán dijo...
No querrá que me sienta complacido por su respuesta, ¿verdad, señor Stanley? ¿Cree que unas cuantas palabras obsequiosas pueden reparar su yerro? Pues está muy equivocado. No las acepto si se reducen a ese simple balbuceo. Si verdaderamente son francas, disponga la manera de enmendar el desatino que ese boceto de novela supone, y devuélvame las dos horas que desperdicié en su lectura.
18 de noviembre de 2012  00:14

Me sentía tan deprimido que caí en una especie de somnolencia conmovedora. ¿Qué podía hacer sino conceder que la propuesta era justa? Y, al fin, ¿qué eran dos horas en la vida de una persona? Yo era joven y me quedaban tantas por delante... De modo que acepté:

J. Stanley dijo...
Tiene razón, señor Titán. Se las envío por mensajería urgente. Confío en que sepa aprovecharlas mejor de lo que yo lo hice al emplearlas en esa novela que tanto disgusto le ha causado.
18 de noviembre de 2012  11:56

Y entonces comenzó aquel rosario de comentarios en mi bitácora, en tan grande número, que en más de una ocasión colapsaron al mismísimo Blogger. Uno tras otro, los Titanes se sucedieron...

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Nota del transcriptor: Algunos meses después de que el señor Stanley muriera, poco después de que escribiera los párrafos del inicio, se añadió una nueva entrada a la Enciclopedia Británica:

Stanley, James (1979-2013): escritor británico nacido en Wells, condado de Somerset, y conocido por una sola novela, de título Encrucijada, que, ofrecida gratuitamente en internet, causó furor y consiguió más de doscientos mil lectores en el transcurso de unas pocas semanas. El tráfico a la página del autor fue tan intenso en tan poco tiempo que llegó a ocasionar serios problemas al proveedor Blogger, obligando a su cierre en varias ocasiones. James Stanley murió con 34 años a causa de una extraña dolencia que hizo envejecer su cuerpo con una celeridad inexplicable para la ciencia. Su cuerpo reposa en el cementerio de Wells, que se ha visto obligado a adoptar medidas extraordinarias para la protección de su tumba, profanada a menudo con enigmáticos grafitis que reclaman dos horas de vida.

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2. James Stanley. The Irish pub I.

lunes, 27 de junio de 2011

Yo no...

Yo no…

–Toc, toc, toc…
–¡Calla y duerme! –se oye la voz agria del que me guarda al otro lado de la puerta–, si es que tienes ánimo para ello.
Procuro golpear con más suavidad las recias piedras con que construyeron la pared, de manera que pueda acabar mi obra antes de que se abra la puerta, pero, por más que lo intento, el sonido traspasa la madera y se deja oír al otro lado.
–¡Calla y duerme, te digo! –repite.
Y yo tomo del suelo la chaqueta que he tenido que quitarme por el calor que me daba a causa del esfuerzo, y envolver en ella la pata que he arrancado del lecho a fin de utilizarla como cincel. Continúo, en circunstancias tan precarias, mi trabajo con paciencia, sabiendo que ya poco puedo remediar, salvo intentar con ello suavizar el oprobio que aflige a mi honor de caballero. Yo no…, van apareciendo lentamente, grabadas en la dura piedra, las letras que cincelo sobre ella.

Es curiosa la tendencia que tiene el ser humano a tergiversar los hechos según su interés, necesidad o, ¡qué triste!, por simple morbosidad. En el caso que voy a narrarles, sé que este último es, en realidad, el motivo que explica la furibunda indignación que muchos de mis convecinos mostraron por los sucesos acaecidos en el seno de mi familia a raíz de la turbadora muerte de mi padre. Indignación que, líbreme Dios de encrespados apasionamientos y otórgueme el don de la mansa ecuanimidad, pondero en su justa medida, pues los hechos que la originaron sobrecogen el alma que anima a todo ser bien nacido y la horripilan.

No obstante, una vez admitida mi benevolente disposición a transigir con ella, me veo obligado a evidenciar, asimismo, la indiscutible realidad de que su patente irritación me ha molestado hasta hacerme rozar la ira y ha sido causa de un sufrimiento que aún no he sabido cómo soslayar. Sin embargo, no puedo dejar de comprenderlos: están enfermos y por ello los disculpo. Sufren de una extraña dolencia o perturbación del espíritu que les mueve a sentirse atraídos por el dolor ajeno y a mostrar esa repugnante inclinación que tiende a meter el dedo en la llaga y hurgar hasta arrancar trozos de carne que después se llevan prendidos en las uñas. Su cólera me ha perseguido duramente y ha provocado en mi existencia una especie de grieta que, al fin, no me ha hecho más que bien, pues ha separado mi carne del espíritu y ahora puedo, sin temor a equivocarme, aseverar que no andaba errado cuando acepté la vida como vino y la tomé tal y como quiso servirse en mi plato. 

Mi padre murió en atroces circunstancias una noche de invierno en que tan sólo el ama de llaves y yo mismo, además de él, nos encontrábamos en casa. Su cadáver apareció desnudo sobre la alfombra de la biblioteca y mutilado de forma extraña: la nariz y las orejas habían sido brutalmente arrancadas y los ojos extraídos de las cuencas y arrojados, junto con los otros apéndices, a unos metros de su cuerpo. Las yemas de los dedos habían sido machacadas con algún tipo de objeto contundente y sus partes pudendas aparecían cubiertas con un negro paño, bajo el cual una soga ahorcaba los genitales, clavándose sádicamente en la piel. La declaración del forense que le había estudiado aterraba: se trataba de un claro caso de tortura, pues todas las mutilaciones habían sido realizadas ante mortem, lo cual exaltó aun más los ánimos de la muchedumbre que, sabedora de que mi padre había soportado todo aquel sufrimiento cuando todavía estaba vivo, se aventuró a expresar, sin pudor alguno, jugosos comentarios bien en la dirección piadosa; bien en aquella otra por la que transcurren las disposiciones que prescribe la ley del talión.

No me revolví contra estos últimos, sin embargo. ¿Cómo podría haberlo hecho? Por el contrario, tras el descubrimiento de su cadáver, hube de sufrir, no sólo en su entierro y funeral, sino en mi propia casa, cuando las miradas curiosas asomaban por la puerta en pos de esa última noticia que agravara los hechos con alguna nueva pizca de degeneración, las gruesas palabras con que los vecinos se daban en adornar los comentarios que vertían contra el autor de mis días. Palabras a las cuales no pude más que ofrecer un amargo trágala, pues se hallaban cargadas de razón. Mi padre fue un sinvergüenza que mató a mi madre de pura tristeza, después de haberle sido infiel hasta la ofensa, al permitirse la desfachatez de llevar a sus amantes hasta el mismísimo tálamo del dormitorio conyugal del cual, aquella que me había dado la vida, había sido  expulsada sin ningún tipo de miramientos. La servidumbre al completo, a excepción de mi aya, que por amor a mi madre y a mí mismo permaneció junto a nosotros, encargándose desde entonces del cuidado de la casa y tomando para sí las tareas de ama de llaves, había huido  horrorizada por los desmanes de mi padre y las tropelías que tanto sufrimiento causaron tanto a mi madre como a mí mismo desde el mismo instante en que tuve el uso de razón suficiente para comprenderlas.

No es, pues, causa de indignidad para la naturaleza humana ni deshonra la memoria que un hijo ha de guardar a su padre, reconocer la mucha razón que asistía los comentarios de mis vecinos y disculparlos, a pesar de que fueran sus argumentaciones tan pueriles e ingenuas como para mover a la risa y tan sumamente endebles como para ser barridas con un simple soplo de talento y habilidad.

La tesis a la que con más recurrencia acudieron fue Dios. Lo utilizaron como explicación al fin horrible con que mi padre había terminado sus días en esta vida. Oí hablar de la justicia divina, y de lo muy cabal que había sido, al fin, aquella terrible muerte, una suerte de expiación de sus pecados, según razonaron, que el pérfido autor de mis días se había ganado a pulso tras tantos y tantos desmanes cometidos, y tan largos años de abuso y despiadado atropello a su familia. ¡Pobres ingenuos!, como si Dios fuera capaz de tan cruel animosidad contra una de sus criaturas, por muy negros que fueran sus pecados, sin contar con que sólo un alma perdida, como la de mi padre, podía procurar, en un último atisbo de humanidad y arrepentimiento, una muerte tan horrible a un ser humano.
–Pidió que se la cortaran.
–¿Cómo? –el fiscal no dudo en interrumpir a mi pobre aya que, temblando sobre el estrado, prestaba declaración en el juicio.
–Digo que pidió que se la cortaran.
–¿Eso fue lo que escuchó?
–Sí, señor
–Diga exactamente las palabras que escuchó.
Y mi aya, fija la mirada en el suelo y derramando abundantes lágrimas, explicó el brutal suplicio del que había sido testigo al otro lado de la puerta:
–La nariz –gritó-, córtala de un tajo con la navaja. Y las orejas. Haz lo mismo con ellas. Ahora, arranca los ojos de cuajo y arrójalo todo lejos de mí, que no pueda ya oler, oír ni ver aquello que ha de conducirme al infierno.
Un murmullo de asombro recorrió la sala e incluso el juez no pudo ocultar la desazón que le embargaba el escuchar la declaración de mi aya.
–Prosiga –le pidió el fiscal tras ofrecerle un vaso de agua.
–Machaca ahora mis dedos –dijo el señor–, de forma que nunca más pueda sentir el sedoso tacto con que la piel de las mujeres me ha conducido a la perdición, y ata fuertemente mis genitales con cuerda, ahógalos en un abrazo mortal.
La pobre anciana se detuvo un instante, tomó aire y posó sobre el fiscal una mirada desfallecida, como exhortándolo a que le diera permiso para abandonar aquellos recuerdos que dañaban su memoria. Pero no hubo piedad:
–Debo pedirle que continúe. Si se encuentra mal, tal vez podamos tomarnos unos minutos de descanso, pero debe llegar hasta el final.
Ella…, pobre aya mía, desgraciada mujer que hubo de sufrir este tormento, suspiró y continuó:
–Y ahora… –dijo mi malhadado señor–, y ahora pon fin a mis días y mándame al infierno.

Y luego, como si toda aquella sangre y dolor, frutos del tormento que hube de pasar, no hubieran sido suficientes, vinieron a por mí sin que piedad alguna por su parte me asistiera, de modo que la vida continuó su terrible obra destructora en mi persona. He tenido que padecer el juicio público, donde he sentido, como afiladas saetas clavadas en mi alma, su desprecio, su odio y toda la inquina que han sido capaces de verter sobre mí, un monstruo, dicen, que lleva en los genes el impío sadismo que le donó el deforme espíritu que le dio la vida. De nada han servido mis explicaciones ni las súplicas de mi aya, que bajó del estrado sollozando una triste letanía: No, no…, no quería. Le obligaron. Él no, señor juez, él no…, él no quería…

Ni ellos han querido escucharnos y por ello grabo en estas piedras de la celda que me cobija, aposento último que ha de guardarme hasta el amanecer en que me espera la horca, la verdad que todo lo explica: Yo no…  asesiné a mi padre. Él me pidió que lo matara.

jueves, 28 de abril de 2011

Capricho fatal VI

Capítulos anteriores:

-Capricho fatal I
-Capricho fatal II
-Capricho fatal III
-Capricho fatal IV
-Capricho fatal V

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Capricho fatal  VI

–Pero, ¿por qué, Mike? Laura está en el hospital, mi suegra… –me detuve un instante y lo miré. Él movió la cabeza de lado a lado en respuesta a mi mudo interrogante y yo volví a sentir que los hombros descendían. Si bien no la estimaba, era la madre de Laura y la noticia de su muerte llegaba en un momento en que mi ánimo se encontraba exánime por completo–. ¿Qué demonios ocurre, Mike? Laura está en el hospital –repetí–, mi suegra ha muerto y ¿yo he de preocuparme en pensar qué hice anoche?
–¿Por qué no viniste en tu coche, Harry? –preguntó Mike con un tono de voz que delató cierto deje de sospecha.
–Te lo expliqué ayer cuando te llamé desde la posada donde me alojé: no arrancaba, de modo que alquilé uno.
–Pero Laura y su madre salieron en él anoche. Cenaron en Greenwich y aún pudieron recorrer unos kilómetros de vuelta antes de que los frenos fallaran. El coche funcionaba, Harry.
–No cuando yo fui a cogerlo. Te lo juro, Mike. El coche no arrancó cuando yo fui a cogerlo.
–¿No le dijiste a Laura que estaba estropeado?
–No –respondí–, ni siquiera hablé con ella. Estaba demasiado enfadado para hacerlo. Entré en el dormitorio, llamé a la agencia de alquiler y me marché.
–Pero entonces Laura no debería haber usado tu coche, puesto que ignoraba que no te lo habías llevado.
–¿Eh? –pregunté ofuscado.
–Piensa Harry –me dijo agarrándome de nuevo por el brazo y apretando tanto que me hizo daño–. ¿Cómo pudo saber Laura que el Aston seguía en Londres?
Entonces recordé su vestido colocado sobre la cama, aguardándola para hacer de ella la mujer más bonita de la reunión botánica, y me vi a mí mismo arrojando las llaves del Aston sobre la colcha.
–Debió de encontrar las llaves encima de la cama –respondí muy bajo–. Las tiré allí cuando entré en el dormitorio para llamar a la agencia de alquiler.
–Supongo que eso será creíble –dijo con un tono grave que logró erizarme el cabello–, pero ¿qué es lo que te impidió llegar aquí anoche? ¿Dices que el auto de alquiler te dejó tirado en la carretera cerca de…?
–Hinchfield.
–¿No pudieron arreglarlo en el momento?
–No, el taller estaba a punto de cerrar cuando llegué y di el aviso.
–¿Y cuál era la avería?
Callé. ¿Cómo iba a explicarle a Mike que, en realidad, el coche de alquiler funcionaba perfectamente por la mañana, según me había explicado el mecánico?
–Creo que un sobrecalentamiento del motor o algo así.
–¿Podrá atestiguarlo el mecánico?
–Él… –balbucí como un niño pequeño que ha roto un cristal de la ventana y se ve en la tesitura de tener que declarar su culpa–. En realidad, Mike, el mecánico dijo que esta mañana el coche funcionaba sin problemas…
–¡Oh, Dios mío, Harry! –exclamó– El asunto comienza a complicarse más de la cuenta. La policía cree que los frenos del Aston Martin han sido manipulados y tú…, tú no haces sino ofrecer averías fantasmas, como si una conjura automovilística se hubiera confabulado contra ti. ¿Dónde se quedó el coche alquilado anoche? –preguntó.
–El mecánico dijo que lo había dejado a la puerta del taller.
–¿No lo encerró dentro?
–No. Al menos eso creo. Dijo que lo había dejado aparcado ante el taller.
–De modo que hubieras podido cogerlo…
–Pero no lo hice, Mike. ¿Por qué iba a hacerlo?
–Para volver a Londres, llegarte hasta Greenwich, manipular los frenos del Aston y…
–¿Qué estás sugiriendo? –pregunté asustado–. ¿Crees que intenté matar a Laura?
–La policía dice que el depósito que contiene el líquido de frenos fue agujereado.
–¿Y creen que lo hice yo? Pero si no entiendo nada de mecánica, Mike. Ni siquiera sé cambiar una rueda…
Mike me interrumpió con un brusco movimiento de la mano.
–¿Se quedó él con las llaves?
–¿Quién?
–El mecánico.
–Sí.
–Entonces resulta imposible que pudieras coger el coche –dijo sonriendo. Sin embargo, yo callé. No compartía su alegría en absoluto.
–Yo tenía otro juego de llaves.
–¿Cómo?
–Me lo entregaron en la agencia de alquiler –dije mientras extraía el juego de repuesto del bolsillo de mi chaqueta–. Al parecer siempre lo hacen.
–Vas a tener que buscarte un buen abogado, Harry –dijo Mike en un tono que me espeluznó–. Conozco unos cuantos. Estudiaremos cuál es el más conveniente para un caso de estos.
–¡Oh, Dios mío! –me lamenté–. No puedo creerlo. ¿Estás hablando en serio?
–Totalmente en serio, Harry. Creo que estás en un buen aprieto, a menos que puedas ofrecer una explicación convincente…
–¡Oh! –exclamé–.
–¿Qué?
–El Poeta Loco
–¿De qué demonios estás hablando?
Mi mente galopaba sin freno por caminos tortuosos que probablemente les parecerán demenciales, pero pondría mi vida como aval de que en aquel momento, y aún ahora, me resultaron de lo más acertado.  Contemplado el asunto a través del perturbado caleidoscopio desde el que yo lo observaba, todo cobraba un sentido completo y se explicaba con una lógica apabullante, aunque difícilmente admisible para una mente en su sano juicio.
–No vas a creerlo, Mike, pero te doy mi palabra de que es la pura verdad. Anoche pernocté en una fonda llamada The crazy poet. En ella encontré un libro escrito por un pirado en el que aseguraba que era posible lograr la realización de cualquier deseo con el simple hecho de pensarlo y yo…, Mike, ¡oh, Dios mío!, estaba tan enfadado por la súbita aparición de mi suegra este fin de semana y la determinación de Laura de no acompañarme a Maple House, que deseé la muerte de Theresa.
–¿Qué paparruchada me estás contando, Harry? No estamos para bromas.
–¡Es ese Poeta Loco! –gemí–. Deseé la muerte de mi suegra y esta mañana ella está muerta.
–El loco eres tú, amigo, y, si no eres capaz de explicar todas esas extrañas averías de los coches que en realidad funcionan perfectamente, vas a verte metido en un buen lío…
–¡Señor! –la voz de uno de los agentes sonó junto a la casa–. Lo siento, tenemos que irnos.
–Vamos, te acompañaré –dijo Mike–. Luego trataré de localizar a uno de esos abogados de los que te hablé.

El agente abrió la portezuela trasera del coche patrulla y yo me introduje dentro mansamente, como el cordero que penetra en el macelo totalmente ignorante del destino que le aguarda. De repente, unas notas atronadoras hirieron mis oídos, como si toda una orquesta hubiera comenzado a tocar en los jardines de Maple House. La voz de mi suegra se alzó burlona entre la algarabía de violines y timbales, y entonó unos versos que ya antes había escuchado:

Sì, Harry mio sarà;
lo giurai,
la vincerò.
Io sono docile, 
son rispettosa,
sono obbediente, 
dolce, amorosa;
mi lascio reggere, 
mi fo guidar.
Ma se mi toccano
dov'è il mio debole,
sarò una vipera, sarò
e cento trappole
prima di cedere
farò giocar!
Sì sì, la vincerò! 
(1)

El agente cerró la puerta y el sonido se ensordeció un tanto, pero cuando el coche enfilaba el camino de gravilla, en dirección a la salida, aún podía percibir los ecos de la voz de Theresa, entonando de nuevo para mí aquellos versos:

sarò una vipera, sarò
e cento trappole
prima di cedere
farò giocar!
Sì sì, la vincerò! 
(2)

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(1): Sí, Harry mío será,  /  lo he jurado, / y me saldré con la mía. / Yo soy dócil / y respetuosa, / soy obediente, / dulce, amorosa, / me dejo gobernar, / me dejo guiar. / Pero si me tocan / en mi punto flaco / seré una víbora, lo seré, / y de cien trampas / me serviré / antes de ceder. / ¡Sí, sí, me saldré con la mía!
(2): ...seré una víbora, lo seré, / y de cien trampas / me serviré / antes de ceder. / ¡Sí, sí, me saldré con la mía!

martes, 26 de abril de 2011

Capricho fatal V

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-Capricho fatal I
-Capricho fatal II
-Capricho fatal III
-Capricho fatal IV

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Capricho fatal  V

La entrada a Maple House es soberbia. La posición económica de Mike es ciertamente boyante y él se encarga de no permitir que prenda duda alguna al respecto. Los muros de piedras vetustas, el hierro forjado de la verja, enroscado en mil filigranas, cada una de las cuales debía de haber costado un riñón, el vasto bosque privado que rodeaba la propiedad y cada uno de los detalles que acompañaban el conjunto, bien a las claras lo dejaban. Recuerdo que, mientras atravesaba las descomunales verjas de entrada que un guarda había abierto al verme llegar, pensé que tal vez, si aquella conversación que me aguardaba con Mike prosperaba de forma adecuada, también yo pudiera  en breve adquirir una finquita que albergara una mansión si no tan colosal como la de Mike, sí al menos lo suficientemente suntuosa como para sorprender a Laura y, de paso,  granjearme el respeto de mi suegra. Su recuerdo me nubló el ánimo durante un instante, pero sólo un instante. A la vista aparecía Maple House, formidable y majestuosa.

Aminoré la velocidad y me acerqué lentamente por el camino de gravilla que discurría entre las plantaciones de frutales, al final del  cual unos jardines diseñados con exquisita simetría daban paso a la mansión, cuya fachada, profusamente acristalada en un derroche de vidrio que no había de entenderse más que como la manifestación evidente de la próspera situación económica del propietario original, respetaba, con absoluta escrupulosidad, las formas compactas y simétricas de la estética isabelina. Como culmen a aquella magnificencia, Mike había hecho tallar en la crestería las iniciales de su nombre, todo lo cual hacía de Maple House un auténtico ejemplo de ostentación y magnificencia.

En la puerta, un coche de policía rompía el encanto del pintoresco conjunto que formaban la casa y los jardines. Sin tener tiempo para preguntarme qué demonios pintaba aquel coche allí, acerté a adivinar la figura de Mike emergiendo por la puerta de la mansión y bajando las escaleras con una rapidez tal vez excesiva para recibir a alguien al que veía con tanta frecuencia como lo hacía conmigo. Casi no había terminado de detener el coche cuando Mike ya se encontraba junto a la puerta del auto.
–Hola Harry.
–¿Qué hay, Mike? –pregunté mientras esbozaba una amplia sonrisa.
Él no contestó. Sin dejar que cerrara la portezuela del coche, me tomó por el codo y me arrastró tras de sí. Caminamos juntos unos metros alejándonos de la casa. Mi sonrisa, para entonces, se había borrado.
–¿Qué ocurre, Mike?  –pregunté nervioso.
–Escucha, ¿dónde has pasado la noche?
–Ya te lo dije –contesté–. Se estropeó el coche y tuve que detenerme en un pueblecito pintoresco que encontré por el camino. No recuerdo su nombre… Hinchfield o algo así.
–¿Alguien puede  corroborar esa coartada?
–¿Coartada? –pregunté estupefacto–. ¿Cómo que coartada, Mike?
–Escúchame –dijo bajando la voz y acercándose a mí–, ¿hay alguien que pueda confirmar que has pasado la noche en Hinchcliff o como sea?
–¡Claro que sí! –exclamé–. El dueño de la fonda donde me alojé. ¿Pero por qué tiene nadie que confirmar mi estancia en Hinchfield? ¿Y por qué hablas de ella como una coartada?
–Ha ocurrido algo terrible, Harry –dijo deteniéndose y mirándome directamente a los ojos.

Le devolví una mirada seria y escrutadora, pero Mike no volvió a hablar. Alargó el brazo y me entregó un periódico que desdoblé con desazón. Two killed in car crash, decía el titular de la noticia que aparecía en la página por la cual estaba doblado. Laura Elvesham y su madre, la señora Theresa Aubrey, murieron ayer por la noche en un trágico accidente de coche debido a un fallo en los frenos de su automóvil. El marido, Henry Elvesham, a quien al cierre de esta edición había sido imposible notificar la noticia por encontrarse fuera de Londres, en viaje de negocios, es un importante empresario en el campo de la extracción de fosfatos...
–¡Oh, Dios mío, Mike…! –exclamé–. Laura… Laura ha…
–No, no –se apresuró a negar Mike–. Ella no. Es un error. Está grave, pero no ha muerto.
Respiré aliviado y sentí cómo los hombros se deslizaban hacia abajo, haciendo de mi porte el del hombre contuso por un duro golpe, pero que aún se mantiene en pie
–Fue ella –continuó Mike– quien, esta mañana, al recuperar la consciencia, dio mi dirección a la policía creyendo que te encontrabas aquí.
–¿Ésa es la razón de que esté ahí ese coche? –pregunté mientras señalaba con un movimiento del mentón el coche patrulla, junto al cual observé que aguardaban para entonces un par de agentes.
–Sí. Han venido a buscarte, pero han tenido la deferencia de permitirme hablar contigo unos minutos para que te previniera de la terrible noticia, sin embargo, no tenemos mucho tiempo. Debes tranquilizarte y pensar. Has de recordar exactamente qué hiciste anoche, Harry. Es de vital importancia.

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domingo, 24 de abril de 2011

Capricho fatal IV

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-Capricho fatal II
-Capricho fatal III

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Capricho fatal  IV

No obstante, después de cenar, me retiré a mi habitación con la misma carga de apatía que me había embargado durante las últimas horas. Ni siquiera la advertencia de Fenn, aunque sugerente en extremo, como ya dije, despertaba pasión alguna en mi ánimo y, sin embargo, abandonado por la necesidad de dormir, me metí en la cama y comencé la lectura del libro, un sesudo tratado sobre el arte del deseo que me hubiera provocado de inmediato el sopor necesario para apagar la lamparita de la mesilla y dormir hasta el día siguiente, de no haber estado mi mente conversando en loco parloteo consigo misma sobre las circunstancias que habían rodeado mi altercado con Laura.  Y así fue que, página tras página, alcancé los fatídicos párrafos en los que poeta se explicaba, al fin, con claridad:

Yo, lector perseverante que has consentido en seguirme hasta aquí en este Arte del deseo, descubrí la manera de alcanzar, con el simple poder del pensamiento, aquello que con más fuerza remueve el fuego de nuestros anhelos. Aunque tal vez hablar de descubrimiento sea presuntuoso por mi parte, pues se trató de un hallazgo natural e inesperado, y no producto de laboriosos experimentos o complicadas fórmulas alquímicas. De la misma forma, cabalgando a lomos de la fortuna, que la bolita acaba por posarse sobre el rojo o sobre el negro en la desapasionada ruleta giratoria, la revelación cayó sobre mí por puro azar, mientras me encontraba paseando entre recónditos y solitarios breñales raramente hollados por el ser humano, sin que hubiera yo arriesgado un solo penique en una black pet o aventurado mis caudales en un tout au rouge. Y, así, sin ser agente activo en el asunto ni procurar intervención alguna, siquiera hubiera sido sólo con el pensamiento, llegó hasta mí la nefasta revelación que ha torturado mi existencia desde entonces.

Quizá haya quien me encuentre afortunado y, sin embargo, no atisba a entrever tan  incauto ser la dificultad que entraña poseer la capacidad de volver ciertos los anhelos. Primeramente, porque pierde la existencia toda necesidad de lucha,  pues la vida se transforma en un sendero tedioso cuando a uno le es dable disfrutar sin límite de todo cuanto se ambiciona. Y, sin embargo, no es éste el más acerbo castigo que hube de sufrir a causa de aquel inoportuno descubrimiento porque, tras ese primero, uno mucho peor aguardaba oculto tras la aparente sublimidad con que daba en querer mostrarse, pues con su posesión, y siendo yo hombre recto y juicioso, no pude sino inclinar la cerviz y resignarme a cargar con el abrumador peso del más terrible de los dramas: ser dueño y señor del poder total, y saber que sobre mis hombros descansaba la soberanía del universo.

Bostecé intensamente mientras me cruzaba el magín la idea de que, después de todo, el dueño del pub no había errado en absoluto al tildar a aquel hombre de loco. Los párrafos de una demencia mostrada sin rubor se sucedían monótonos sin que el sueño acabara por llegar y me diera descanso. De modo que no encontré razón para detener la lectura:

Aquellos cuyas vidas se activan con el único propósito de alcanzar la supremacía sobre sus semejantes y extender un inexorable dominio sobre ellos poseen, sin lugar a dudas, una naturaleza cruel y depravada, pues no otro es el germen del poder que la desalmada perversidad. Otros, ignorantes de este origen abominable,  buscan con manos cándidas alcanzar una autoridad con la que trabajar por el bien ajeno; la cual, sin embargo, una vez asentados sus reales en la cándida criatura, muestra su auténtico rostro y torna el alma ilusa que la buscaba para el bien en espíritu avieso que no ha de utilizarla sino para el único uso para la cual fue ideada: la maldad, la injusticia y la crueldad sin medida.

Yo fui de estos últimos, y qué gran tormento pesa sobre mí desde entonces. ¡Cuánto he deseado olvidar esa revelación fatal que vino a dominar mi vida! Y, sin embargo, por paradójico que parezca, este terrible poder que concede cualquier deseo no funciona consigo mismo: por más que he deseado  librarme de él, no he lo he conseguido.

Pudiera mostrar el lector su incredulidad, y no le faltaría razón para ello, pues son mis palabras difíciles de aceptar como ciertas, pero si cree que no tengo otro modo de avalarlas sino el de apelar al crédito que quiera concederme, se equivoca. Sí lo hay, aunque dudo de si debería desvelarlo. No miento: existe una potencia todopoderosa en el interior de nuestra mente capaz de conseguir cualquiera que sea la ambición que nos consume. La única forma de probar mis palabras es demostrarlo y, sin embargo, no aconsejo que se continúe con la lectura porque, de hacerlo, se convertirá el lector en otro monstruo como yo, para quien sólo queda una salida…


Así pues, si no desea someterse a esta tiranía atroz, cese su lectura. Si, por el contrario, es su curiosidad tan grande como para querer mi demostración, simplemente desee, lector atrevido. Desee aquello que su alma anhela con mayor fuerza. Desee, desee… Deséelo.

Y fue entonces cuando aquel pensamiento que yo creí inocuo acudió a mi mente sin necesidad de traerlo atado por el ronzal. Con una amplia sonrisa de incredulidad atravesando mi rostro, deseé mi más profundo anhelo, aquél que reinaba en mi mente sobre cualquier otro de factura más apetecible a los sentidos y sin que fuera la conciencia capaz de colocar traba alguna a su llegada:
–¡Oh –exclamé en mi fuero interno–, cómo me gustaría ver muerta a esa mujer infecta! Ése es mi deseo, Poeta Loco: quiero matar a mi suegra. 

Después cerré el libro mientras dedicaba a aquel poeta loco algún que otro epíteto jocoso y, con una sonrisa prendida de los labios, apagué la luz.

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viernes, 22 de abril de 2011

Capricho fatal III

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Capricho fatal  III
 
The crazy poet era un pub rural, recio y construido con buenas maderas, cuyo piso superior había sido adaptado para que sirviera de alojamiento. La habitación que se me destinó era ciertamente coqueta y, sobre todo, estaba limpia y caliente, lo cual se agradecía pues fuera había empezado a llover y a moverse el viento, volviendo el exterior un lugar sumamente desapacible para las fechas en las que nos encontrábamos. Fatigado por las irregulares circunstancias que el día me había deparado, me tumbé sobre la cama para retomar el aliento y calmarme, pero con ello sólo conseguí que una lacerante punzada me taladrara el costado. Sintiendo mi irritación subir un grado más en la escala, tanteé con la mano el bolsillo de mi chaqueta, donde parecía ocultarse el objeto causante del dolor, y extraje las llaves de repuesto para el coche que me habían dado en la agencia de alquiler. Recordé que las otras las había dejado puestas en el coche abandonado y por un momento pensé en la desgracia que supondría, y que vendría a sumarse a las que ya estaban ennegreciendo mi vida, el que algún desalmado, tras lograr ponerlo en marcha, lo hubiera robado. Sin embargo, unos golpecitos en la puerta me advirtieron de que el mecánico estaba de vuelta, sin novedad, al parecer, y de que traía mi equipaje.
–Su maleta, señor –dijo.
–Muchas gracias. ¿Encontró el auto sin novedad?
–Sí, señor. Lo remolqué hasta el taller y lo he dejado aparcado en la puerta. Mañana, a primera hora, me ocuparé de él.
–Sí, por favor. Me gustaría salir tan temprano como fuera posible.

Después de instalarme, pensé que, en lugar de permanecer tumbado en una cama rumiando mi mal humor, mucho más práctico sería hacerme con un buen tónico que reconstituyera mi ánimo, de modo que bajé con la intención de tomar un trago y ver si podía distraer aquel turbulento atardecer. Sin embargo, antes de que pudiera acceder al bar, el dueño me advirtió, por si fuera de mi agrado, de que existía una pequeña sala privada para los huéspedes, donde podría leer tranquilamente el periódico mientras degustaba mi bebida. Acepté encantado, pues, después de la pelea con Laura y el trastorno causado por el coche, deseaba silencio y soledad.

Sobre una pequeña mesa, junto a un muelle sillón cercano al hogar, encontré el Evening Star, que hojeé indiferente. No era aquello lo que en realidad me apetecía, si bien tampoco hubiera podido definir exactamente qué satisfecho anhelo habría calmado la desazón que para entonces me consumía. Una pequeña estantería llamó mi atención. Me acerqué a ella, aún desganado, y eché un vistazo a los volúmenes que contenía. Tomé uno de ellos y lo observé con detenimiento: Thomas Fenn, El arte del deseo.
–¿Le gusta leer? –la voz del dueño sonó detrás de mí.
–Sí –contesté mientras me volvía–, pero jamás había oído hablar de él –dije señalando el libro que tenía en la mano.
–No me sorprende. Nadie que no sea de aquí lo conoce –afirmó mientras colocaba mi bebida sobre la mesa–.  No fue lo que se dice un poeta exitoso. De hecho, tan sólo consiguió publicar una tirada muy corta de un librito que contenía algunos de sus poemas y otra más breve aún de este otro que ha llamado su atención.
–Van Gogh sólo vendió un cuadro en vida y mire cómo se cotizan ahora sus óleos. Tal vez míster Fenn haya comenzado con una tirada reducida de su obra, pero acabe convirtiéndose en un autor de éxito –me atreví a reflexionar en voz alta.
–Me temo que tal acontecimiento resultará imposible, señor. El pobre Thomas murió hace un tiempo y ése es el único libro que queda de él.
Enarqué una ceja a modo de sorpresa y balanceé el fino volumen en mi mano, mientras buscaba algo que decir
–Es usted afortunado, pues –fue todo lo que pude pergeñar.
–¿De veras lo cree?
–Bien…, sí, puesto que es el único ejemplar que queda de su producción literaria.
–Así mirado… –replicó sin mucha convicción–. En realidad no me siento privilegiado por poseerlo. Ni siquiera lo he leído. Pero tuve razones para hacerme con él.
–Siendo su vecino…, es natural.
–Oh, no –rio–, ni siquiera ésa hubiera sido una razón suficiente.  Sin embargo, sí me siento orgulloso de haberlo salvado.
–¿Salvado? –pregunté con extrañeza.
–Oh, sí, esa es la palabra. La he elegido correctamente porque fue eso precisamente lo que hice.
–¿Lo salvó de qué?, si puede explicármelo –pregunté con la curiosidad ya totalmente excitada.
–De la quema.
–¿De la quema? ¿La quema de libros? –la perplejidad me inundó. No acertaba a explicarme la reproducción de un hecho medieval en una época como la nuestra–. ¿Y quién demonios cometió tal monstruosidad?
–El propio Thomas –contestó el dueño de la taberna–. Hay que admitir que nunca fue un hombre que anduviera bien… –dijo mientras se llevaba el dedo índice a la sien y lo movía como si estuviera  apretando un tornillo–, pero tampoco acierto a explicarme por qué le acometió el caprichoso antojo de destruir su obra. Aún me pregunto si el motivo de la locura que le afectó los últimos días de su vida tuvo su origen en algún tipo de extrañas fiebres, pero lo cierto es que el pobre Thomas se volvió loco. Recopiló los ejemplares que habían adquirido los vecinos, compró el resto a la editorial y los prendió fuego en el jardín trasero de su casa. Los quemó todos… Todos…, menos ése.
–¿Y por qué éste no?
–Me dio el capricho de ocultárselo y, con un poco de maña, lo conseguí. No sé por qué lo hice, señor. No tengo una razón clara que darle, al fin y al cabo era asunto suyo, pero no me pareció bien que hiciera tal cosa. Aunque, en reparación por el engaño, cambié el nombre de la taberna y la llamé The crazy poet en su honor.
The crazy poet… –repetí–. Así pues, estaba loco…
–¿No lo cree así?
–Ciertamente, no es usual que un artista destruya su propia obra.
–Rosemary Halfman…, una vieja solterona que vive con la viuda Abbey –se vio en la necesidad de aclarar– suele darse al entretenimiento del espiritismo y afirma que el pobre Thomas estaba poseído por una especie de locura demoníaca. No es que yo eche cuenta de estas apreciaciones de vieja, señor, de veras creo que algo debía de andar mal en su cabeza, pero es cierto que esos últimos días en que anduvo como un demente recopilando los libros con la intención de quemarlos, se apuraba en explicar a todo aquél que quisiera escucharlo que su obra llevaba uncida, como una maldición inexorable, la perdición. Algunos intentamos persuadirlo de la insensatez de sus palabras, pero lo único que conseguimos con ello fue acrecentar su locura y enfurecerlo.
–Todo esto suena…
–¿Extraño? –me interrumpió. Yo hubiera utilizado la palabra exótico, pero no quise defraudarlo, de modo que admití la sugerencia.
–Sí, supongo que suena extraño.
–Lo fue. No se me ocurre ningún motivo por el que Thomas quisiera actuar así, salvo la demencia. El día anterior a su muerte, estuvo ahí –dijo señalando la parte en la que se encontraba el pub– toda la mañana y bebió sin descanso. Tuve que enfadarme con él, porque insistía en beber sin medida, y negarme a servirle más whisky. Me miró irritado y me gritó: ¿No sabes que intento cargarme de valor? Sin alcohol, me será imposible acabar con esta pesadilla. Yo no lo entendí entonces, pero luego…, a la mañana siguiente, supe a qué se refería.
Lo miré intensamente, animándolo a continuar. Su historia era verdaderamente extraña, curiosa o exótica, el adjetivo era lo de menos, pero había picado mi curiosidad y ahora deseaba conocerla a fondo.
–¿Qué ocurrió?
–Lo encontraron muerto en su dormitorio. De la lámpara colgaba una soga con la que se había ahorcado.
–¡Vaya! –exclamé sin encontrar nada más profundo que decir.
–Sí –replicó él con la misma locuacidad que yo había gastado.
–¿Y dice usted que no lo ha leído? –pregunté por romper el silencio que se había hecho entre nosotros.
–No, pero si usted desea hacerlo, no dude en tomarlo prestado. Pobre Thomas –dijo mientras se daba la vuelta y abandonaba la salita–. Pobrecillo… Descanse en paz.

Sentándome en el sillón, abrí el libro y leí sus primeras líneas: Aléjeme de su lado. Apárteme. Arrójeme lejos de cualquier lugar al que tenga acceso. Olvídeme. No quiera saber lo que contengo. Sin duda aquélla era una original forma de iniciar una historia que, desde luego, tal y como había sugerido el tabernero, bien podía ser la de una mente desequilibrada. Sin embargo, supuse que, en realidad, aquél al que llamaban el Poeta Loco debió de ser un tipo verdaderamente inteligente, pues había dado comienzo a su libro con una advertencia que lograba justo lo contrario de lo que aconsejaba: mantener al lector interesado en su obra.
–Bien, Thomas Fenn –me dije–, tú y yo vamos a pasar esta noche una alegre velada juntos.

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miércoles, 20 de abril de 2011

Capricho fatal II

Si estás interesado en este Capricho fatal II y no has leído el primer capitulito, puedes encontrarlo en el enlace Capricho fatal I.

Capricho fatal II

Estaba muy satisfecho del rendimiento que había venido ofreciéndome mi Aston Martin desde que lo compré hasta que, parece que los astros se conjuran en contra del desdichado todos a la vez, aquel día no quiso arrancar. A través del parabrisas, miré hacia el cielo seguro de encontrar a un dios furibundo dispuesto a abatirme con su poder sobrehumano, pero lo único que hallé fue un cielo veraniego sobre el que ni siquiera alcanzaban a asomar acechantes nubes.  Tal vez debería haber telefoneado a Mike para anular la cita, quizá entonces se hubieran detenido los sucesos que estaban a punto de acaecer, pero no lo hice. Saqué del maletero la pequeña maleta que utilizo para los viajes cortos y volví a casa. Desde la puerta, escuché la voz repelente de mi suegra que entonaba unos versos de El Barbero de Sevilla. Me detuve y a punto estuve de volver sobre mis pasos. Aquella voz engolada se jactaba, sin duda, de su triunfo sobre mí, una vez que mi propia mujer, con su ultrajante elección, había puesto de manifiesto el escaso influjo y poder de convicción que su ingenuo marido, simple y papanatas como únicamente un marido puede ser, ejercía sobre ella. Sólo la disciplina y el autocontrol que me inculcaron en Eton evitó que en aquel momento mi suegra y yo tuviéramos unas palabras que, sin duda, habrían acabado con mi matrimonio.

Encaminé mis pasos en dirección opuesta al lugar del que procedía aquella voz, pretenciosa en cuanto al fondo y amanerada hasta espeluznar en cuanto al tono, con el reverberar de su ofensa aún en mis oídos, pues se había permitido cambiar el nombre del enamorado al que canta Rosina, Lindoro, por el mío propio:
Sì, Harry mio sarà;
lo giurai,
la vincerò
…,(1)

Entré en el dormitorio y cerré la puerta detrás de mí, como si la ofensa pudiera quedarse fuera. Al menos la voz sí lo hizo, lo cual me dio cierto respiro durante los segundos que me llevó descubrir sobre la cama el traje de noche que sin duda Laura pretendía vestir para la reunión botánica de su madre. Aún resonaban en mis oídos las estridentes notas moduladas por la garganta de mi suegra cuando escuché el sonido de la ducha en el cuarto de baño anejo a nuestra habitación. Laura se preparaba para aquella absurda velada que había decidido pasar con una cáfila de fitólogos, botánicos aficionados y jardineros de tres al cuarto empeñados en amenizar la noche con aburridas exposiciones fitográficas e interminables inventarios de larvas, parásitos y gusanos dañinos para sus adorables jardines.

Doblemente enfadado, triplemente quizá, por el abandono a que me sometía mi propia esposa, por el fallo del coche y por el maldito traje que reposaba encima de la cama y que haría de ella la mujer más bella de la reunión, arrojé las llaves del Aston Martin sobre la colcha y tomé el teléfono de la mesilla. Si en algún momento cruzó por mi mente la idea de anular mi reunión con Mike, en aquel instante ya no estaba dentro de mí, de modo que telefoneé a una agencia de alquiler de coches y me hice con uno que pudiera sacarme de allí y llevarme hasta Maple House.

En el pasillo, su espantable voz volvió a taladrar mis oídos:
Io sono docile,
son rispettosa,
sono obediente,
dolce, amorosa
(2)  Ja, ja, ja
La oí entonar, cuando se interrumpió para reír, supongo que a mi pobre costa, antes de continuar:
Ma se mi toccano 
dov'è il mio debole,
sarò una vipera, sarò 
e cento trappole
prima di cedere 
farò giocar!
Sì sì, lo vincerò!
(3)

Corrí de puntillas hasta la puerta de la calle y cerré detrás de mí con nuevos versos que me aguijoneaban el alma, como si de las pinzas de un alacrán ponzoñoso se tratase.

Era viernes  y muchos otros londinenses, como yo, habían pensado dejar la ciudad unas horas para disfrutar de la naturaleza durante el fin de semana, de modo que la carretera se encontraba bastante concurrida, lo cual ralentizaba mi velocidad. No obstante, alcancé al fin la salida que debía tomar para llegar a Maple House, momento en el cual comencé a sentirme relajado. Conducir por una comarcal tiene sus riesgos, pero también es una experiencia llena de encanto: los amplios terraplenes cubiertos de verbasco y los senderos rurales que se hallaban delimitados por setos cargados de madreselva dulcificaron la irritante indignación con que venía fastidiándome el hecho de que Laura hubiera decidido quedarse con su madre, en lugar de acompañarme, y acallaron el rezongo interior con que había venido martirizándome durante el viaje.

Fue precisamente allí, en medio de aquel paisaje idílico, tras coronar una pequeña loma, y probablemente a causa de ella,  donde el  motor del viejo coche de alquiler se agotó y unas volutas de humo negro comenzaron a salir por debajo del capó. Después de algunos trompicones que me agitaron en su interior, se detuvo con un brusco gruñido y yo quedé patidifuso. Abrí el capó, naturalmente, como corresponde hacer a todo automovilista abandonado en la carretera por su coche, a sabiendas, sin embargo, de que era inútil, pues nada sé de mecánica. Lo cerré furioso. Empezaba a sentir que una suerte de maleficio se había derramado, quizá por mano de mi propia suegra, sobre mi pobre destino. Intenté calmarme pensando en aquello como una, aunque desventurada, simple fatalidad, y comencé a desandar el camino en busca de un pequeño pueblo que había atravesado poco antes de que el coche se detuviera.

Cuando alcancé mi destino, la tarde ya había caído y encontré al mecánico a punto de echar el cierre al taller. Con tono firme, aunque de él se escapó inevitablemente alguna que otra nota aguda que denotaba mi desesperación, le expliqué mi caso. Él, sin embargo, aunque no desatendió por completo mi solicitud, contestó con la pronunciación cerrada y calmosa propia del entorno rural que llevaría la grúa hasta la loma y traería mi coche de vuelta al pueblo, pero que no podría ocuparse de él hasta el día siguiente, puesto que ya era la hora de cerrar. Su determinación al respecto me pareció tan consistente, que no dio lugar a la réplica y hube de acomodarme a la situación y avenirme a tal remiendo. Me pidió que lo aguardara en la taberna de The crazy poet, donde ofrecían habitaciones para pasar la noche por un módico precio y adonde se ocuparía de llevar mi equipaje. Sumiso a la decisión del destino, me encaminé hacia la taberna que se me había recomendado, desde donde telefoneé a Mike para explicarle la situación y anunciarle mi retraso, pues no podría llegar hasta el día siguiente.

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(1): Sí, Harry mío será,  /  lo he jurado, / y me saldré con la mía.  
(2): Yo soy dócil / y respetuosa, / soy obediente, / dulce, amorosa,
(3): Pero si me tocan / en mi punto flaco / seré una víbora, lo seré, / y de cien trampas / me serviré / antes de ceder. / ¡Sí, sí, me saldré con la mía!

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Si deseas continuar la lectura, puedes visitar Capricho fatal III.

Belén 2013

Belén 2011