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jueves, 24 de abril de 2014

Superando complejos de escritor

Superando complejos de escritor

Los escritores tienen complejos, o quizá sólo los aprendices de escritor, o tal vez sólo los tenga yo. El caso es que hay asuntos sobre los que me cuesta sudores escribir y una vez se me ocurrió pensar que, a lo mejor, escribiendo sobre ellos acabaría por curar esa especie de manía psicótica, como la de pensar que con mis textos hacía perder el tiempo a los demás, o como la de ser incapaz de escribir una escena de amor, aunque toda ella estuviera condensada en un sencillo (y casto) beso -en esta ocasión no lo conseguí e hice pasar un autobús por delante-, pero aquel primer paso me llevó, con el tiempo, a escribir una sencilla (y bastante casta) escena de sexo en una de mis historias, que, no obstante, está a buen recaudo en mi ordenador.

Otro de mis complejos es el de la construcción de personajes soeces y embrutecidos. Parece que fueran a confundirme con ellos, que fueran a creer que hablo como hablan ellos. Y, entonces, ¿qué es lo que suelo hacer? Un asesinato liteario: transformo una mala bestia en una princesita delicada. ¡Zas!, ya me he cargado al personaje y conseguido que el lector de despiporre de mí. Así que he decidido aplicar el remedio explicado en el párrafo anterior: no quieres sopa, pues toma dos tazas. 

El ejercicio literario que se me pide para esta semana es la creación de un personaje redondo. Para ponerme en situación, la tarea me obliga a dar una serie de pasos: primero, debo escoger a alguien que haya visto últimamente y que me haya llamado la atención por algo. Estuve pensando un rato y decidí elegir a un alumno al que ayer vi dar una patada a la puerta del pasillo para abrirla. ¿Para qué utilizar las manos si podemos dar coces, eh? Luego le añadí unos años de vida y, conforme a esa edad, contesté las preguntas preparatorias que se me hacían antes de colocar a mi personaje en una escena. Las instrucciones eran sencillas: no pienses al contestar las preguntas. Déjate llevar por lo que un personaje así inspiraría.

Le enseñé las respuestas a MGae. Me dijo que (ella conoce al alumno de la patada) le irían que ni pintadas. Le pregunté que qué le parecía si las publicaba en el blog. Ella me contestó que no, que eran desagradables y ordinarias (sonreí: eso era justo lo que buscaba). Y, además de sonreír, decidí no seguir su consejo y publicarlo. Un pasito más en mi superación de complejos. Al fin y al cabo, yo no soy Aníbal Foster (¿alguien hace asociación de ideas con el nombrecito?, jajaja). Y el que crea que lo soy, es que no tiene ni idea de lo que tiene que hacer un escritor, o un aprendiz de escritor, o al menos yo, para dar vida a un monstruo como éste. 

Ahí va, pues, la primera parte de mi ejercicio (MGae, quedas disculpada de comentar esta anotación) ;-)

Paso 1
En esta ocasión, vamos a sacar a nuestro personaje del mundo real. Vas a tomarte un día completo, desde que te levantes hasta que te acuestes, para buscar entre las personas que veas fuera de tu casa a aquella que se convertirá en tu personaje. Puede ser una vecina, el quiosquero, un compañero de trabajo, una amiguita de tu hijo, un jubilado que veas en el metro, una chica con quien te cruces por la calle, un obrero de la construcción subido a un andamio...
Escógela y ponle un nombre ficticio.
Nombre ficticio: Aníbal Foster

Paso 2
Supongo que si has elegido a esa persona (y a ninguna otra de las decenas que te has encontrado a lo largo de la jornada) será por algo. Trata de expresar esa razón por escrito en un par de líneas.
Es un personaje de espíritu embrutecido cuyas formas sociales son inaceptables y que cree que el mundo tiene que aguantarle como es. Es todo lo que un espíritu refinado rechazaría. 

Paso 3
A continuación, transforma lo anterior en un rasgo del personaje en forma de adjetivo o de frase adjetiva: «soez», «enfadado con el mundo», «dulce», «sonámbula», etc. No tiene por qué ser un rasgo exagerado (no estamos ante la construcción de un personaje plano, sino redondo), pero sí va a ser uno de sus principales rasgos.
Es soez y embrutecido.

Ahora, inventa (como ves, nos vamos alejando de la realidad) otro rasgo que se oponga de algún modo al que has elegido y únelo al primero mediante la conjunción pero o aunque («soez pero amable con los animales», «enfadado con el mundo aunque tierno con su nieto», «dulce pero interesado», «sonámbula pero enamorada», etc.). Ya tenemos, pues, a un personaje un poquito contradictorio y bastante humano.
Soez y embrutecido, pero con sus bárbaras acciones intenta ganarse el respeto y admiración de sus amigos porque necesita ese apoyo emocional.

Paso 4
Ha llegado la hora de meterte en la piel de tu personaje. Haz que él mismo conteste brevemente al siguiente test de una forma detallista y no genérica. Tú, mientras tanto, no pienses ni frunzas el ceño: disfruta, sonríe, déjate llevar por lo primero que le venga a la cabeza a tu personaje. No tienes nada de lo que preocuparte. De hecho, no tienes nada que hacer. Tu personaje (no lo olvides) está haciendo el trabajo por ti. Lo digo en serio.

Nombre y apellidos: Aníbal Foster

Acción
  • ¿Qué haces nada más levantarte por las mañanas? Ir a mear y eructar.
  • Has quedado con un/a amigo/a en un bar o en otro lugar que se te ocurra, ¿qué haces (cómo te mueves) al entrar hasta localizarlo/a con la vista? Entro como si el mundo me perteneciera, echo una ojeada alrededor con mirada desafiante. Cuando localizo a mi amigo, me dirijo hacia él de forma directa. Soy grande y fuerte, así que no espero que nadie se atreva a interponerse en mi camino.
  • Cuéntanos algo que hagas solo cuando nadie te ve y que te avergüence. Lloro porque la mujer que me gusta no me corresponde.
Habla
  • Busca una situación en que le digas algo a un/a niño/a que está llorando (solo tienes que registrar el diálogo, una o dos líneas).
–¿Por qué lloras, chaval?
–Porque aquellos chicos me han quitado la pelota.
–Los hombres no lloran, ¿no lo sabes o qué? Si te ven llorar, creerán que eres un marica. Ve a enfrentarte con ellos, dales cuatro leches y recupera el balón. No seas gallina.

  • Elige a alguien a quien pedir un favor. ¿Con qué palabras exactas se lo pedirías?
–Eh, tú, tío, tengo el alerón del coche jodido. A ver si me lo arreglas.
  • Quéjate en voz alta de algo que no te guste.
–Me tienes hasta los huevos, Manolo. La carne siempre está fría y no me gusta la verdura, ya te lo he dicho. Ponme unas patatas fritas, coño, que siempre me haces lo mismo.

Apariencia
  • Fíjate en tus pies y traslada, a través de una descripción de estos, cuál es la imagen que crees que das a los demás.
Tengo los pies tan grandes que piso a todo aquel que se acerque demasiado. Me cuesta encontrar zapatos de mi número y siempre tengo que llevar zapatillas de deporte. Lo peor es que las jodías acaban siempre por romperse por delante y asomo el dedo a los cuatro días. Al que se cachondea de mí le hundo el cráneo de un puñetazo, pero el frío y la humedad del invierno no hay quién me lo quite. Esos se cuelan sin permiso y no hay golpe que les valga pa marcharse. Creo que son feos. Creo que son demasiado grandes para que le gusten a nadie. Quizá por eso no le gusto a la Vane.
  • Ahora descríbenos tu cara trasladando qué imagen tienes de ti mismo/a.
Yo creo que soy normal, pero, cuando era un chaval, una profesora del colegio me dijo que no tenía alma. Que era una mala bestia. Me miro al espejo y sólo veo a un tío cabreado. No es que lo esté, la verdad, es que la costumbre de ir dando miedo por ahí me ha dejado un careto de mala leche que ya no puedo evitar.
  • ¿Cuál es el objeto pequeño al que le tienes más apego? ¿Crees que te define? ¿Por qué?
Un llavero que le birlé a un profesor en el colegio. Es ovalado, de metal y pesa como un demonio. No sé si me define, pero me sentí muy satisfecho cuando se lo birlé sin que se coscara. Llevarlo es como demostrarme que puedo hacer cualquier cosa. Es como un talismán: haz lo que te dé la gana, que nada te pasará. Tú eres más listo que nadie, tío. Además, cuando tengo que darle una tunda a alguien, lo meto dentro del puño y pego con más fuerza. Les dejo el careto hecho un asco.

Pensamiento
  • Evoca dos cosas de las que te acuerdes y dos de las que no te acuerdes.
De chaval me gustaba aplastar las latas de Coca-Cola en el recreo con una sola mano delante de mis colegas. Los dejaba alucinaos. Cualquiera se atrevía a decirme fu después de ver lo que podía hacer con una lata y una sola mano. Un día, golpeé a mi mejor amigo porque me había hecho una faena. Le di fuerte. Demasiado fuerte, hasta yo me hice daño. Me acuerdo de que le sangró la nariz. Era un buen colega y me arrepentí. Sólo se da tan fuerte a los gilipollas. Le pregunté si le había hecho daño, como si no fuera evidente, y me mandó a la mierda. Joder, aquello me dolió.
No me acuerdo de lo que hacía en clase. Sé que era un pésimo estudiante y que cada día me ganaba un castigo. Pero realmente no me acuerdo de cómo pasaba aquellas horas interminables. Tampoco me acuerdo muy bien del día que mi padre se fue de casa. Recuerdo a mi madre llorando en la cocina y el portazo que dio mi padre al salir. Recuerdo que los había oído discutir mil veces, pero no me acuerdo de la discusión de aquella noche.
  • Expón un pensamiento recurrente que por nada del mundo revelarías a nadie.
¿Por qué no me quiere la Vane?
  • Te despiertas en medio de la noche, inquieto/a, y vas al baño a orinar. Por favor, déjanos asistir a tu flujo de conciencia, a lo que piensas a tiempo real, mientras ejecutas esa acción.
Venga, tío, acaba de mear de una vez, que estoy muerto de sueño. Tardo menos en hacerme una paja que en mear, coño. Y hace un frío del carajo. A ver si sacudiéndomela se despierta la jodía, mea de una puta vez y me deja volver a la cama.
  • Uno de tus seres queridos (elige quién) te dice: "Eres maravilloso/a". ¿Qué piensas inmediatamente?
Vete a tomar por el culo, mama. Si alguno de mis amigos te oye decir eso, te juro que no me ves más la jeta.


Bueno, yo tampoco, como MGae, me siento muy a gusto escribiendo así, pero al fin quien habla es Aníbal Foster. Si algún día tengo que utilizarlo en un texto de verdad, seguro que suavizo el asunto, pero de momento ya me he forzado y he avanzado un poquito: puedo hacer hablar mal a la gente, puedo embrutecerla y quizá hasta conseguir que al lector le caiga mal. 

Próxima parada: el Paso 5 de la tarea. Veremos cómo me las apaño para llevar a ese bruto hasta el papel. Veremos si soy capaz de construir un personaje redondo con ese alumno proyectado hacia el futuro y veremos qué dicen mi profesor y mis compis. Aunque seguro que la sangre no llega al río, jaja. Tengo una compañera que escribió una escena de sexo tan explícita y brutalmente visual, que me ruboricé al leerla (aunque estaba sola en casa y nadie me miraba). Lo peor fue la de vueltas que tuve que dar hasta encontrar una manera de comentar su texto. Así que supongo que mi bestia no dará tanto de qué hablar, pese a mis complejos.

Y esto es todo. Hasta la próxima.

domingo, 2 de febrero de 2014

Que sí, que la tienen

Que sí, que la tienen

Decía en la entrada anterior que los personajes tienen vida propia y no sé cómo convenceros de que es verdad. No es que lo diga P. D. James, es que es verdad, verdad, verdad. Tú sólo tienes que escucharlos y ellos te la van contando.

Hace un ratín estaba escribiendo una escena pelín tensa: mi protagonista está robando unos archivos cuando es sorprendida por la recepcionista que ha vuelto a la oficina porque ha olvidado su monedero. Estaba esmerándome en utilizar frases cortas para darle un ritmo rápido y conseguir cierto puntito de suspense cuando de repente me pregunté: Vale, y ahora cómo hago para que la recepcionista se vaya sin descubrir a mi protagonista. Entonces se me ocurrió que el novio estaba esperándola abajo e, impaciente, la llama por teléfono para que se dé prisa. Ya tenía la idea: el móvil comenzaba a sonar. Hilada a esta idea llegó el nombre de One Direction: puesto que la recepcionista era joven (tanto que no alcanzaba la veintena) se me ocurrió que el móvil podía sonar con una música casi de adolescente y tengo entendido, al menos por lo que dicen la mayoría de mis alumnas, que One Direction las vuelve locas. 

Nunca antes había escuchado una canción de este grupo, pero eso tenía fácil arreglo. Googleé y lo primero que encontré del grupo fue el nombre de la canción What makes you beautiful. Ya tenía musiquita para el móvil de la recepcionista. Sin embargo, siempre hay por ahí una especie de alarma que se pone en marcha cuando parece que el trabajo se ha quedado a la mitad. No valía con poner el nombre de la canción, tenía que escucharla, hacerme una idea de la música y saber de qué iba:



Y entonces, ¡zas!, ahí estaba Anna Gallagher hablándome. Tenía yo esbozada una escena posterior a la descrita arriba y me rondaban ciertas ideas sobre el personaje que no sabía muy bien cómo poner en pie. Bueno, parece que Anna se ha encargado de aclararme algunas cosas, aunque sea a través de una canción para quinceañeras. ¡No te pensé tan complicada, Anna! Un poco, sí; pero no tanto...

Lo dicho: los personajes tienen vida propia y te la van contando entre susurros. Tú sólo tienes que poner el oído y escuchar, aunque sea a través de canciones escritas para adolescentes.

Los personajes tienen vida propia

Los personajes tienen vida propia

Los personajes crecen como las plantas en la mente del autor durante los meses que dedica a escribir la obra, de forma que cada vez enseñan más de sí mismos. No obstante,por muy bien que conozca a mis personajes, éstos se definen con mayor claridad durante el proceso de escritura del libro de tal forma que, al final, por mucho que me esmere en programar la obra de forma minuciosa, nunca obtengo exactamente la novela que he planificado. La sensación, en realidad, es que los personajes y todo lo que les sucede existe en algún limbo de la imaginación, de manera que lo que yo hago no es inventarlos sino ponerme en contacto con ellos y plasmar su historia sobre el papel, es decir, que es un proceso de revelación y no de creación. 

P. D. James

¡Amén!

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Cita tomada de la Agenda Negra 2014.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Diálogos

Diálogos

He oído y leído por ahí que los diálogos son la parte de una novela que más teme el escritor. Yo, en mi mismidad, soy rarita hasta para esto, porque a mí es la que más me gusta y la que más disfruto. Me parece la parte más dinámica de la historia y en la que se pone en juego tu habilidad para crear una realidad mucho más directa y viva que la que se logra con la narración (en la que me defiendo un poco) y con la descripción (que sufro con auténtico dolor).

Sin embargo, y pese a que parezco yo muy ufana hablando de mis diálogos, no soy perfecta y aún tengo mucho que aprender y mejorar, por supuesto.

Hace unos días me topé con una buena clase al respecto en Cómo escribir un libro (sin morir en el intento) que, por su interés, me permito traer a Finis Terrae:

—Siéntate. Tenemos que hablar.
—¿Hablar? —preguntó A con desconfianza.
—La empresa no está pasando por sus mejores momentos —explicó B conteniendo sus emociones— y me temo que no podemos seguir contando contigo.
—¿Me despides? —preguntó visiblemente enfadado—. ¿Así de fácil? ¡Yo te ayudé a crear esta empresa! —gritó indignado.

Ahora veamos este diálogo modificado:
—Siéntate. Tenemos que hablar.
—¿Hablar? —preguntó A congelando su saludo en el aire.
—La empresa no está pasando por sus mejores momentos —explicó B sin alzar la mirada de sus papeles— y me temo que no podemos seguir contando contigo.
—¿Me despides? —exclamó y empujó su silla hacia atrás—. ¿Así de fácil? ¡Yo te ayudé a crear esta empresa! —gritó apoyando las manos en la mesa y acercando su rostro al de A.

Mucho mejor el segundo, ¿no? 

Tengo una amiga a quien le gusta escribir. Con frecuencia me pasa sus textos para que les eche un vistazo y le dé mi opinión. Y mi opinión siempre es la misma: Explicas demasiado. El lector no es tonto. Es inneceario que le des tantas explicaciones. Lo único que consigues es ralentizar el ritmo y cansar al lector, que se preguntará si crees que no es capaz de entenderte o qué. Pero parece que no consigo hacerle ver lo que quiero decir, porque persiste en su manera de escribir.  Lo cual, por otra parte, tampoco es criticable. Cada cual tiene sus gustos y su forma de escribir una historia. Yo misma, lo admito sin ambages, me paso por el otro lado: doy por entendidas muchas cosas que están en mi cabeza, pero no en la del lector, y que este se pierde, vale, seré sincera, por mi pavor a la descripción.

La cuestión es, volviendo a los diálogos de ahí arriba, que el segundo diálogo es mucho mejor porque añade la acción a la palabra. El narrador no es quien explica, es el propio personaje, con sus reacciones, quien indica al lector cuál es su estado de ánimo, cómo le han afectado las palabras de su interlocutor, qué piensa su mente de verdad, mientras habla con palabras. Soy muy amiga de dejar que el personaje se haga entender por sí mismo, en lugar de pasarle esta patata caliente (y normalmente tediosa para el lector) al narrador.

Y, sin embargo, tras estudiar estos dos ejemplos de diálogo, me veo más reflejada en el primero de ellos que en el segundo, aunque la razón es sencilla: cuando escribes, muchas ideas colapsan tu cerebro al mismo tiempo y hay que ir sacándolas antes de que se evaporen, de modo que, salvo esos días iluminados en que todo sale bien a la primera, escribes a toda velocidad, con la primera palabra que viene a tu mente, sin preocuparte por si es la mejor o no. Luego habrá tiempo para corregir. 

Y aquí llega mi problema: la corrección, porque es en esta parte donde fallo y no doy los pasos que llevan a modificar el diálogo 1 hasta conseguir el diálogo 2. Tendré que aprenderme bien esta lección y empezar a aplicarla. Y, para ello, ¿qué mejor que practicar?

domingo, 8 de diciembre de 2013

¡No puedo creerlo!

¡No puedo creerlo!

Y, sin embargo, es verdad. El momento llegó y yo aún no puedo creerlo. 

Mira que ha sido largo el camino, mira que ha dado vueltas y revueltas. Mira que me he tropezado veces (aunque el hoy demuestra que al parecer siempre me levanté). Mira que, pese a que en ocasiones caminé con ligereza, otras me senté y dejé pasar el tiempo, aturdida y sin saber por dónde seguir. Mira que a veces he pensado que no lograría llegar al final y otras, en cambio, me he empujado con brío porque creía que sí lo conseguiría.

Y luego, tan cerca ya, vinieron estos tres o cuatro últimos meses y parecía que, finalmente, fracasaría. La maquinaria se detuvo, se paró en seco y a mí no pareció importarme. No me había sentido cómoda en ningún momento con la última de las etapas (que en realidad está pensada como la tercera) y lo dejé ir sin pestañear. Simplemente me dio igual.

Luego, el viernes, una amiga me dijo: Deja de pensar en eso (no entraremos en qué es eso, que no está el horno para bollos) y ponte a escribir. Sin fe, abrí el ordenador desganada, sabiendo de antemano que la historia estaba atascada y que yo no movería un dedo más allá de lo que mi desgana me permitiera para deshacerlo. Leí las últimas páginas para refrescar, coloqué los meñiques sobre la A y la Ñ..., y al poco se escuchaba en mi salón el repiqueteo de las teclas. Luego llegó el sábado y en dos días estaba terminado aquello que me parecía un laberinto sin salida.

Y, sí, amigos, el momento llegó y yo aún no puedo creerlo: con esta historia alcanzo el objetivo que había perseguido todo este tiempo: ya está acabado el primer libro del Atrápame. Pensado en un principio para cinco historias, la quinta salió tan larga que, en realidad, puedo decir que ya están acabados los dos primeros libros del Atrápame.

Caray, ¡he sido capaz!

¡Increíble! 

Pero lo hice, lo hice... :-)

lunes, 16 de septiembre de 2013

Reflexiones de un escritor

Reflexiones de un escritor

1. 
Me gustaría enseñarle a escribir, Marcus, no para que sepa escribir, sino para convertirle en escritor. Porque escribir libros no es nada: todo el mundo sabe escribir, pero no todo el mundo es escritor.
-¿Y cómo sabe uno que es escritor, Harry?
-Nadie sabe que es escritor. Son los demás los que se lo dicen.

2. 
Si los escritores son seres tan frágiles, Marcus, es porque pueden conocer dos clases de dolor afectivo, es decir, el doble que los seres humanos normales: las penas de amor y las penas de libro. Escribir un libro es como amar a alguien: puede ser muy doloroso.

3.
-En el fondo, Harry, ¿cómo se convierte uno en escritor?
-No renunciando nunca. Mire, Marcus, el deseo de libertad es una guerra en sí mismo. Vivimos en una sociedad de empleados de oficina resignados y, para salir de esta trampa, hay que luchar a la vez contra uno mismo y contra el mundo entero. La libertad es un combate continuo del que somos pocos conscientes. No me resignaré nunca.

4.
-Harry, ¿por qué los escritores están siempre tan solos? Hemingway, Melville. ¡Son los hombres más solitarios del mundo!
-No sé si los escritores son solitarios o es la soledad la que empuja a escribir.
-¿Y por qué todos los escritores se suicidan?
-No todos los escritores se suicidan. Sólo aquellos que nadie lee.

5.
Muy bien. ¿Ve? Escribir y boxear se parecen tanto... Uno se pone en guardia, decide lanzarse a la batalla, levanta los puños y se enfrenta al adversario. Con un libro es más o menos lo mismo. Un libro es una batalla.

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De La verdad sobre el caso Harry Quebert.

sábado, 31 de agosto de 2013

De por qué (entre otras cosas) escribo

De por qué (entre otras cosas) escribo 

Eres un jodido gracioso, ¿sabes?, es lo que Mackenzie le dice a Dios en el noveno capítulo de la primera temporada de The Newsroom. 

Yo me enrollo algo más: Vale ya, ¿es que no te cansas? Toc, toc, ¡eh!, ¿estás ahí? Contesta. Oh, pero vamos, ¿a ti qué más te da? ¡Joder, qué más te da! ¿Tengo que golpear con el puño? TOC, TOC ¡Contesta de una vez! No estoy sorda, ¿sabes? Si no te entiendo es que no estás utilizando el registro adecuado. Baja a mi nivel. Yo no puedo subir al tuyo.

Tengo un folleto de la madre Teresa de Calcuta sujeto con un imán a la puerta de la nevera. En él leo muchas veces (aunque parece que no las suficientes) que Dios te habla con el silencio. ¿Paradójico? 

El ordenador casi se abría solo...

[...]
—Aunque quizá tan sólo estemos confundiéndonos entre la bruma de una lógica difusa, incierta en cuanto a la verdad o falsedad de sus proposiciones.
—Nunca descarto esa posibilidad —aseveró Carter—. La incertidumbre sobre lo que es verdad y lo que no lo es determina una molesta constante en mi trabajo, doctor, pero inevitable.
—Ja, ja, ja —el médico no escondió su regocijo ante la insoslayable sinceridad del policía—, no podría ser de otra forma, inspector. La sospecha es la base de la labor detectivesca. Si su trabajo se apoyara en certezas, todo crimen estaría resuelto antes incluso de haber sido cometido. Pero aun la sospecha debe tener unos visos de certeza. ¿No lo cree así? 
—Podría creerlo, sí… —Carter contestó con cautela. Aquel médico parlanchín lo estaba sorprendiendo.
—Si supiera de qué estoy hablando, ¿quiere decir? —el doctor terminó la frase que el policía había dejado en suspenso—. Pensaba en posibles paradojas —añadió—: una sospecha cierta; una certeza sospechosa… 
—¿Plantea una paradoja o una antítesis?
[...]

—¿Ha leído a Chesterton?
—¿Las paradojas de Mr. Pond?
—Los dilemas a los que nos somete este buen señor son, en gran parte de los casos, de orden psicológico. Y estará conmigo en que éste es el motor primordial que impulsa las acciones humanas —el doctor se interrumpió un instante y estudió a Carter antes de continuar—. ¿Está de acuerdo?
—Bastante.
—Opino que es precisamente esa naturaleza psicológica que arropa las historias de Chesterton la que vuelve sus historias verosímiles y las asemeja a la realidad con la que usted debe bregar, pues doy por hecho que la policía no siempre encuentra huellas dactilares, pisadas en los arriates del jardín o relojes atrasados que den una explicación satisfactoria, aunque pobre desde el punto de vista intelectual, al crimen que se investiga y, por ende, lo resuelvan.
—No parece ser éste el caso, sin embargo —discrepó Carter—. El intento de suicidio de mistress Faulkner parece bastante claro.
—Oh, sí, inspector. En este caso las pruebas son concluyentes. Ella estaba sola en casa, ¿no?
—Efectivamente.
—Luego nadie la empujó. Eso parece bastante cierto.
—¿Sólo bastante cierto?
—¡Ajá! —asintió.
—¿Acaso encuentra alguna sombra en todo este asunto? Porque, si es así, confieso que a mí se me está escapando y le agradecería que, con su sombra, pusiera algo de luz en mi oscuridad.

Unos dicen que Dios no juega a los dados con el universo y otros lo llaman jodido gracioso. Para mí sigue siendo un ser bastante (¡demasiado! -¿me oyes?-) silencioso y, sin embargo, a cada cual le da su ventana abierta para que pueda escapar. De hecho, si eres tan ciego que no la ves, te limpia los cristales para que caigas en que está ahí... o te abre el ordenador.

Escribir da luz a mi oscuridad. No despeja las paradojas, pero durante un rato, al menos, disipa la ansiedad y me hace sentir casi, casi como si todo estuviera bien.

Y, aunque no tenga nada que ver (¿o sí?), preciosa la canción con que acaba el capítulo de The Newsroom. Si bien no es ésta la versión que suena en la serie, dejo la que hizo Amy Whinehouse. (Por cierto, Dios, ¿por qué tuvo que morirse?).


Antes de irme, una pregunta para aquellos a quienes les gusta probar platos de este sabor: puesto que Dios es eterno, lo cual invalida el concepto humano de tiempo, si le hiciéramos a Él la pregunta de la canción, sería una paradoja, ¿no? ;-)

lunes, 19 de agosto de 2013

Lector perplejo

Lector perplejo

Sigo con mi librito sobre intriga y suspense, pero esta vez tengo que retractarme de algo: si ayer dije que nunca he podido encontrar en los ejemplos propuestos aquello que explican en la teoría, hoy debo decir que al menos en una ocasión (ésta), sí que lo he visto claro.

El epígrafe de hoy se titula Sacar partido a la perplejidad. Dice el libro: Sin lugar a dudas, la narración de acontecimientos extremos puede provocar en el lector un impacto emocional inmediato y contundente. [...] El  relato titulado "Obras Públicas", de Francisco Ferrer Lerín [...] describe una angosta y empinada carretera comarcal que conduce a un pequeño pueblo en la montaña. [...] Hacia la mitad de la subida, la carretera se ensancha en un mirador construido precariamente sobre el barranco, protegido del mismo con una barandilla de madera en mal estado, donde los turistas pueden detenerse a contemplar el paisaje.

El narrador parece ser el capataz de una cuadrilla de obreros que comienza a narrar lo sucedido un 31 de octubre de 1970 desde que el grupo llega a la carretera a las 6:34 de la mañana:

Llegamos al mirador del kilómetro 6, donde bajamos el material, y mientras el chófer conducía a otro hombre hasta el repecho del kilómetro 6,4 empezamos a trabajar. A las 7.16 el sol daba ya en nuestras caras. [...]

El hombre de X informa que la furgoneta se halla a unos 700 metros de él. En el mirador, bajo el estruendo del agua que corre a nuestros pies, distribuyo a los dos hombres. La furgoneta llega a donde está el hombre de X y éste, escondido, me informa de lo que ya sabíamos, un hombre un chico dentro. La furgoneta aparece en la recta anterior al mirador, mis hombres acarrean tierra mientras me dirijo hacia el centro de la carretera. La furgoneta se detiene al obstaculizarle el paso. Me acerco a la ventanilla, sonriente, y le digo al conductor que estamos cambiando la barandilla y construyendo un drenaje para el terraplén de enfrente, lo que obliga a restringir el paso, le invito a que se coloque a un lado y pare el motor. Lo hace, y, a través de la ventanilla abierta, hago dos disparos.

La exposición impasible del hecho brutal inesperado produce una conmoción súbita en el lector, que casi con seguridad volverá una o dos frases atrás para comprobar que lo que acaba de entender es correcto, que no ha sido un error.

Efectivamente. Como lectora, eso me ha pasado muchas veces. Ahora ya sé en qué consiste causar perplejidad en el lector y cómo conseguirla. Otra cosa es que lo logre, pero, en fin, el ejemplo ha sido extraordinariamente visual en este caso.

domingo, 18 de agosto de 2013

Cliffhangers

Cliffhangers

Estoy leyendo un libro que me ha hecho llegar un buen amigo. Es un libro del que, si fuera un poco más
avispada, probablemente sacaría buenas ideas para mejorar mi modo de escribir. No obstante, y pese a que me resulta incomprensible el modo en que este tipo de libros procura un apoyo práctico a su parte teórica (nunca he podido encontrar en los ejemplos aquello que explican en la teoría), lo cual normalmente acaba por estimular mis glándulas cabreantes, sí que estoy disfrutando el librito. En algunos puntos es como volver a la universidad, a las clases de teoría literaria. 

Hoy leí el apartado dedicado a los cliffhangers,  o puntos de máximo suspense. Los estudié en la facultad y fue allí donde aprendí que Dickens los utilizaba en sus novelas escritas por entregas para periódicos. También fue entonces cuando supe que el término cliffhanger, más o menos algo así como al borde del precipicio, puede que viera la luz en la novela de Thomas Hardy A pair of blue eyes, en la cual uno de los personajes queda, al final de un capítulo, colgado de un acantilado mirando los pétreos ojos de un trilobites incrustado en la roca*.

Ha sido divertido volver a encontrarse con estos datos, de los que no había oído hablar desde que acabé la carrera; como ha sido estimulante recordar lo que dijo Pantera Rosa (además de las acertadas correcciones que le hizo a la historia y que nunca podré agradecer lo suficiente) al acabar de leer Quadrivium: Ahora lo que quiero saber es lo que ocurre tras esas 49 millas...

Bueno, parece que algún cliffhanger sí consigo de vez en cuando. Habrá que emplearse más a fondo de ahora en adelante. Y gracias, Posodo, por tu empeño en que aprenda a hacerlo ;-)

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*Del libro Intriga y suspense. El gancho invisible, María José Codes.

sábado, 8 de junio de 2013

Viejos hábitos

Viejos hábitos

Hoy me voy a permitir un respirín (tanto estudiar no puede ser sano, jaja) y voy a retomar un viejo hábito que he tenido abandonado durante más de dos semanas.

Lo dejé aquí:



Creo que la historia está terminada, aunque me parece recordar que dejé pendiente la inclusión de un detalle que no tengo muy claro si debo introducir o no. Si lo hago, facilitaré bastante las cosas al lector, pero... ¿por qué tengo que ponérselo fácil? Vivo en un torbellino de incertidumbre (jajaja) ¿Qué haría Agatha Christie? Dicen que siempre jugaba limpio con el lector... En mi caso, si no incluyo este detalle, no tengo claro si estaría haciendo un poquito de trampa. Me consume la duda al respecto. 

También está en suspenso la cuarta escena del capítulo ocho. No sé qué hacer con ella. ¿La incluyo o dejo que la historia acabe con la escena anterior? Ay, qué decisiones tiene que tomar una de vez en cuando....

En fin..., ya lo pensaré mañana, a lo Escarlata. Hoy simplemente voy a empezar la primera corrección.

martes, 14 de mayo de 2013

Mortaja para un ruiseñor, P. D. James

Mortaja para un ruiseñor, P. D. James

La atroz muerte por envenenamiento de una enfermera pone en jaque a un hospital. ¿Ha sido un accidente, una negligencia? ¿O acaso un crimen? Pero se produce una segunda muerte en condiciones similares, y la situación hace inexcusable una investigación policial a fondo. El caso recae en el superintendente Dalgliesh, que se adentra en los entresijos del hospital, aparentemente modélico. Sin embargo, la siniestra sombra de un lejano crimen merodea por sus pasillos.

He tardado dos meses en leer Mortaja para un ruiseñor, pero no porque no me haya gustado: uno de esos dos meses lo he pasado sin leer por razones que no vienen al caso. A lo largo del otro mes he ido haciendo una lectura pausada y he tomado muchas notas. Sin embargo, que la lectura de la novela me haya llevado un tiempo tan largo me ha confundido bastante (espero que con las notas que he tomado pueda recomponerla en la memoria). 

La mejor parte ha sido la de este fin de semana pasado: me leí las últimas 100 páginas y recuperé el gusto por leer sobre crímenes. Además,  P. D. James logró quedarse conmigo una vez más al final. Genial resolución del caso. Esta mujer es admirable a la hora de retorcer de forma magistral las cosas... y que luego todo cuadre. 

Una vez más, por otra parte, la novela tiene una parte que va más allá del mero crimen y la investigación por asesinato. Además del retrato de cada uno de los personajes, con sus virtudes y miserias, sus deseos, sus personalidades y caracteres tan complejos y humanos, Dalgliesh se nos presenta como algo más que un simple detective que pone su inteligencia al servicio de la resolución de un crimen. Es un hombre, y P. D. James lo conduce por los caminos que todos recorremos en nuestras vidas, más allá de nuestra faceta profesional. 

Me ha encantado cómo la escritora lanza el anzuelo al lector, excitando en él sus emociones románticas que, desafortunadamente, no se ven premiadas al final. Habrá que esperar. 

domingo, 12 de mayo de 2013

¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Adónde voy?

¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Adónde voy?

¡Ja, ja, ja, ja, ja!

Acabo de leer que, según dice John Gardner en su On becoming a novelist, hay escritores a quienes les gusta escribir entre el tumulto de un bar mientras que otros prefieren hacerlo en la más íntima soledad. Él es de estos últimos porque, explica, cualquiera que le viera gesticular en busca de los movimientos que va a hacer su personaje lo creería un loco. 

Ja, ja, ja, ja, ja...

Yo me he pasado media tarde sentada en el sillón, apoyado el ordenador de vez en cuando en la mesa de centro, simulando los movimientos que hace un cáustico e hiriente abogado tras su escritorio mientras es interrogado por la policía: ahora cruzo las manos delicadamente sobre el escritorio y esbozo una sonrisa sarcástica, ahora me recuesto en mi sillón y observo con los ojos entornados. Luego me inclino hacia delante. Luego apoyo el codo sobre el brazo del sillón. Sonrío mordazmente mientras suelto una frase despectiva. Y ahora me quedo serio cuando Carter contraataca. 

La única pega que le veo al asunto es la multipersonalidad que voy a desarrollar con tanto ejercicio de identidad, carácter y temperamento: un abogado capcioso, un policía inteligente, una pobre recepcionista joven y asustada, otra que es una comehombres, un sosegado sargento, una desconsolada viuda, un editor cabreado, una secretaria madura y mordaz, o una encantadora mujer que tiene encandilado a nuestro inteligente policía.

¡Qué lío, por favor!

domingo, 21 de abril de 2013

Tengo un problema (monólogo interior)

Tengo un problema (monólogo interior)

Lo de leer teoría literaria y tal está bien (ahora, que estoy leyendo tan poco, casi todos mis minutos de lectura se los está llevando On becoming a novelist, de John Gardner. Un libro del que estoy tomando muchas notas y que me está abriendo los ojos hasta doler), pero hay un problema: cuando una se pone a estudiar sobre cómo escribir, tanto en lo que respecta a la teoría, como al estudio de la técnica de ciertos autores admirados, bien es cierto que aprender, aprende; pero también se sumerge en cierta confusión de la que es difícil escapar.

Llevo un par de semanas sin escribir un letra y hoy (confesaré que tirando de fuerza de voluntad) que me he puesto a ello, veo que me pierdo en el estilo (no en la historia) o que me sigo perdiendo, porque esto ya venía ocurriendo antes. Si tuviera ánimo para ponerme a leerla desde el principio, estoy segura de que encontraría que está construida con retazos de estilos tan dispares que se dan de bofetadas. Me ha ocurrido un poco con Aracne, y me está ocurriendo al reescribir Destino inexorable, pero elevado a la enésima potencia.

Creo que debería volver a empezar desde el principio, desmigando la historia, centrándome en un estilo (ése que quiero conseguir pero que aún no he aprendido) y trabajando duro, pero no tengo ganas. Estoy cansada, aburrida y, sobre todo, soy incapaz de mantener la concentración más allá de un ratito. De modo que quizá lo mejor sea quitarme este muerto de encima cuanto antes: continuar la reescritura hasta el final, quede como quede, y luego guardar la historia en el cajón hasta que, con más tiempo y una mente más descansada, sea capaz de volver a abrir la primera página y ponerme a trabajar de nuevo sobre ella.

domingo, 17 de marzo de 2013

Área de descanso

Área de descanso

Se empezó el viaje.




Y se aceleró más...



Y se fueron consumiendo kilómetros y alcanzando metas. Ya hemos ¡acabado! nuestra primera etapa (¡bien!):

Capítulos 1 a 4 desplegados




Capítulos 5 y ss. a Epílogo desplegados



Ahora hay que parar en un área de descanso y tomar alguna cosilla (sin alcohol), que viene una zona con curvas de las que marean de verdad, esto es: la revisión (la primera, que luego llegarán más). 

Pero eso será otro día.

sábado, 16 de marzo de 2013

Narrador y punto de vista II

Narrador y punto de vista II

En la última anotación, Narrador y punto de vista I, nos quedamos colgados de una pregunta: si no te gusta tener un narrador en 1ª persona y otro en 3ª y omnisciente, pero quieres mostrar el punto de vista de uno de los personajes..., ¿qué hacer? Pues acudir a la gente que sabe de esto, naturalmente... 

En su libro, Todo lo que sé de novela negra, P. D. James dice, respecto de la voz narrativa en sus historias, que: El punto de vista que yo empleo en mis obras se divide entre el narrador, que registra los sucesos con cierta distancia, y la mente de los diferentes personajes para ver a través de sus ojos, expresar sus emociones y oír sus palabras. [...]. De ese modo, en mi opinión, la novela gana en complejidad e interés y puede además aportar pinceladas de ironía, ya que los cambios de punto de vista revelan las diferentes formas en que unos y otros podemos percibir un mismo suceso. A pesar de esto, creo que no conviene alterar el punto de vista dentro de un mismo capítulo.

Hace cosa de un mes que leí ese libro, del que había ido tomando notas, y de repente, hace unos días, y en referencia al asunto que venimos tratando en estas anotaciones sobre narrador y punto de vista, el parrafito anterior acudió a mi mente con el maletín de primeros auxilios. ¡Eureka!, yo también lo encontré. Eso es lo que quiero. ¿Cómo no lo pensé cuando lo leí? Supongo que porque a veces las cosas necesitan madurar antes de llamar tu atención.

Ya tenía la respuesta, ahora llegaba el momento del trabajo. Cogí el título del inspector Dalgliesh que tenía anotado como próximo en mi lista de lecturas, Mortaja para un ruiseñor, papel y cuaderno, y me puse a leer... despacito.

Hacía muchos años (desde que acabé la carrera) que no leía una novela de ese modo: anotando, anotando, anotando... Por supuesto que la lectura en estas condiciones no es tan placentera, pero sí mucho más fructífera (al menos para mentes torpes como la mía, que necesitan el apoyo del papel en todo momento). Y, ahí estoy, leyendo lentamente y aprendiendo. Pero también llevándolo a la práctica desde el principio: me ha faltado tiempo para volver a la introducción de la historia que me ocupa el tiempo estos días, Aracne, y poner en práctica el invento. 

Éste es el resultado (sólo copio un par de párrafos a modo de muestra) de los apaños que he hecho siguiendo el método P. D. James:


Tom finalmente lo había telefoneado y Arthur Dwight se recostó satisfecho en el sillón, tras la enorme mesa de caoba cuidadosamente pulida y metódicamente ordenada que ocupaba un amplio espacio junto al ventanal del despacho. La estancia estaba sumida en una acogedora penumbra que la única luz encendida, la lámpara de pie que se alzaba elegante junto al sofá, no lograba disipar. Arthur la observó complacido. Pese al dineral que le había costado, se sentía encantado con el prohibitivo capricho que se había permitido adquirir por Navidad en una exclusiva tienda de antigüedades de Bond Street. Sobre la moqueta, sin embargo, y alrededor del pie de hierro forjado que sujetaba su preciado antojo, comenzaba a formarse un molesto cerco que evidenciaba la flemática inmovilidad de aquella estancia y que delataba, sin que ninguna otra hipótesis pudiera argumentarse al respecto, que la lámpara no se había movido del lugar que ocupaba desde el preciso momento en que Arthur Dwight la colocara junto al sofá. Bien mirado, no había razón alguna para moverla. Cada objeto de aquel exquisito despacho ocupaba el emplazamiento exacto que tenía asignado, y la impecable armonía de su disposición se explicaba por sí misma con la elocuente muestra de buen gusto que todo el conjunto constituía.
Arthur Dwight se obligó a cerrar los ojos, resistiéndose a la atractiva llamada con que le convocaba la autocomplacencia por su pequeña creación, un rincón de belleza y quietud que sosegaba el espíritu y del que él era el único y orgullos autor. ¿Pero por qué diantres no podía complacerse en aquel insignificante placer? Abrió los ojos y los fijó en la puerta. Era una idea ridícula. Nadie más que él conocía los pensamientos que recorrían su mente y nadie, salvo él, iba a reprocharle que se complaciera en ellos. Sonrió aliviado: su cerebro era tan inaccesible a nadie que no fuera él mismo, como lo era el despacho de un subdirector del MI5 para cualquiera que, caminando por Curzon Street, acertara a pasar bajo la ventana por la que ahora miraba hacia el exterior.

La cosa está en pañales, lo sé, y tengo que mejorar mucho, pero estoy satisfecha con mi primer intento. 

Hay veces que una duda y otras que está segura de algo. Ésta es una de esas veces en que la segunda posibilidad destaca sobre la primera: estoy segura de que algún día lo haré bien. Ya sé cómo se hace (que es lo importante: conseguir agarrarlo bien con las neuronas), ahora sólo tengo que mecanizarlo y, para ello, sólo hay una forma: práctica y muuuuuuucha atención al principio.

Luego, además, está lo de cambiar la voz narrativa en todas las historias que ya llevo escritas, y eso sí, amigos, que va a ser una tarea ardua. ¡Dios me ampare!

Belén 2013

Belén 2011