Desde el principio sospechó que aquello sería como jugar a la ruleta rusa, porque desde que se conocieron supo que era el tipo de hombre capaz de dejarla a una plantada en el altar. Aceptó el envite, sin embargo, y por eso ahora, después de que le llegara el turno a la bala en el tambor, volvía sola a casa de la iglesia.