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viernes, 5 de febrero de 2010

Karl y el torpe demiurgo

Karl y el torpe demiurgo

-¿Bloqueada?
-Desde hace tiempo, sí.
-¿Tienes idea de por qué?
-Ninguna en absoluto.
-Hummmm..., y yo que creo que no es un caso de bloqueo.
-En realidad, yo también lo pienso, Karl. Es más una cuestión de...
-Pereza vital.
-Sí, eso creo.
-Últimamente te acomete con cierta frecuencia. ¿Eres consciente?
-Hasta hace poco, no; pero desde hace algunas semanas vengo dándole vueltas al asunto y creo que sí, que se está volviendo recurrente en exceso esta tendencia a la flojera existencial.
-Tampoco exageres... Cualquiera que te oiga te imaginará al borde del suicidio. Pero yo te conozco, sé cómo eres y, además, te veo todos los días; por ello sé que, al contrario de lo que esas palabras pudieran dar a entender, te sientes optimista, alegre y pletórica de energía.
-Sí, eso es. Así me siento :-)
-Olfateas cambios.
-Quizá.
-¿Sólo quizá?
-Bueno...
-¿Sí...?
-Algo intuyo, no sé qué..., ni cómo..., ni cuándo..., ni dónde..., pero desde hace algún tiempo... percibo algo...
-No intentes describirlo. Creo que tus balbuceos son suficientemente expresivos. Has logrado que lo entienda. Sé lo que quieres decir. Pero..., ¿entonces...?
-Entonces, ¿qué?
-¿A qué se debe esa pereza vital que te "bloquea"?
-Ni idea... Aunque, como puedes ver, en un rato de charla contigo me he sacado una entrada de la manga.
-¡Qué cara tienes!
-¿Por qué, Karl?
-¿Quieres decir que publicas nuestras conversaciones?
-¿Es que te importa?
-¡Pero cómo no? ¿A ti no te importaría o qué?
-Bueno, Karl..., al fin y al cabo eres mi creación, recuérdalo, de modo que no entiendo por qué te sientes tan ofendido. Se supone que debes comportarte como yo diga y expresar aquello que yo desee.
-Pues vaya una situación la mía. ¿Y el libre albedrío?
-¿El libre qué?
-Al-be-drí-0. ¿Te has vuelto tonta o qué?
-¡Eh!, baja esos humos, Karl.
-¿Cómo quieres que los baje? Mira cómo me tratas... ¿Acaso me crees tu esclavo o qué?
-No, eres mi Querido Amigo Lector, pero no puedes tener libre albedrío, Karl.
[...]
-¡Karl! Eh..., Karl...
-¿Qué?
-Vamos..., Karl, no te pongas así... No me gusta verte con ese aire tan sombrío.
-Lo siento, pero no puedo evitarlo.
-Pero Karl..., eres más que mi creación. Eres mi amigo.
-¿Por qué, Sara?
-¿Por qué..., qué, Karl?
-¿Por qué no puedo gozar de libre albedrío?
-Karl...
-No te andes con rodeos.
-Pero, Karl... ¿No eres feliz?
-No me vengas con memeces, Sara. ¡Dime por qué!
-Porque no tienes alma, Karl. Y yo no soy Dios para dártela.


miércoles, 30 de septiembre de 2009

A Karl hay que explicarle todo

A Karl hay que explicarle todo


–¿Por qué has puesto un contador de visitas?

–No seas impertinente, Karl.

–¿Impertinente? ¡Sólo era una pregunta!

Y a lo mejor debería contestarla… Vale, lo intentaré. Comenzaré señalando el hecho de que por este blog camino dando bandazos: a veces corro, otras me trastabillo, en ocasiones lo tengo claro y…, frecuentemente…, me detengo y me pregunto: ¿para qué? No sé, pues, muy bien el camino que sigo ni el motivo que me impulsa. Desconozco si me extenderé durante largo tiempo o me detendré a la vuelta de cualquier artículo después del cual, un día, ya no escribiré más. Y todo ello… ¿me importa? No diré que no, claro, pero tampoco lo contrario. Lo cierto es que ni lo uno ni lo otro me perturba. Yo camino… Ya veré a dónde llego.


Pero me desvío de la cuestión a tratar que, si no recuerdo mal, tenía que ver con el contador de visitas que luce su exiguo número ahí abajo: Karl preguntaba la razón que me ha movido a colocarlo en este blog. Después del parrafito que acabo de endosar al lector que por una navegación ocasional vaya a dar con su pantalla por estos lares y se tope de narices con este artículo… ¡Un momento! ¿Se sonríe? ¿Acaso no lo cree posible? Piense en todas los parámetros que deben darse para que el universo sea como es… Es increíble, ¿verdad?, y, sin embargo, ahí está…, rodeándonos, conteniéndonos y de una vastedad tal que imaginarla ya cuesta. Así pues, ¿no podría darse el caso de que el azar viniera a suministrar dos coincidencias tan simples y peladas como que un lector pase por aquí y detenga su interés justo en este artículo…? ¿Por qué no, oiga? Bien, antes de interrumpirme a mí misma con la perorata anterior, intentaba decir que, después de todo lo apuntado en el primer párrafo, el lector ocasional que paseara su mirada por estas líneas no podría dejar de preguntarse, si tan poco parece preocuparme el futuro de este blog, por qué habrían de hacerlo los escasos visitantes que se dan una vuelta por aquí. Pues, en realidad, preocuparme…., lo que se dice preocuparme…, no me preocupa mucho, la verdad.

–Sin embargo, alguna razón alberga tu ánimo para poner el contador. No lo niegues.

–Bueno…, claro…, alguna hay…

–Pues eso fue lo que te pregunté antes de que me soltaras todo este rollo.

–Oye, Karl, que te llamas así porque eres mi Querido Amigo Lector. Te lo recuerdo porque esa palabra, “rollo”, me ha dolido.

–Lo siento. No quería hacerte daño, pero es que sigues sin contestar a mi pregunta. Me dices que no te preocupas por los visitantes que vengan hasta aquí…

–Por su número.

–Vaalee, por su número…

–Es un matiz importante.

–Admitido. Bien, no te importa el número de visitantes que tengas, pero no explicas por qué, entonces, has puesto el dichoso contador.

–Bueno, está bien… Sí me importa.

–¿No dices nada, Karl?

–Te observaba…

–¡Ya lo he notado! Precisamente hice esa pregunta para romper este silencio tan molesto que se ha hecho entre nosotros y entretener la mirada fija que has puesto en mí.

–¿Te importa el número de visitas que tiene tu blog?

–Un poco…

–Sólo somos dos o tres tus visitantes asiduos.

–Lo sé, pero sois importantes y eso me agrada.

–Pero insuficientes…, ¿no?

–En realidad…, no.

–Vale ya. Contesta con claridad: ¿te lastima tener pocos visitantes?

–No mucho.

–Y entonces…, ¿la razón de ese contador?

–Es una lección de humildad.

–¿?

–Comprobar que su número avanza a trancas y barrancas… me enseña lo muy poco que importa lo que escribo.

–O lo tonta que es la gente.

–Bueno…, eso también ;-)

–¿Hace una caña?

–Con un pincho de tortilla.

–Pues vamos.

–Venga.

lunes, 8 de junio de 2009

Diálogo con un lector improvisado

Diálogo con un lector improvisado (A Pit)

“¿Piensa en sus lectores cuando escribe?”, le preguntan a una famosa escritora. “No –contesta ella–, y espero que nadie se ofenda”.

Yo también quiero jugar a ser entrevistada. A ver…, pregúnteme:
–¿Piensa en sus lectores cuando escribe?
–…

También mi respuesta sería negativa, aunque sospecho que por motivos muy diferentes a los de la famosa escritora. El mío, mi único motivo, la única razón, simple y llanamente, tan a secas como el desierto de Arizona, es… que no tengo lectores. Ja, ja, ja… Es graciosa la respuesta, ¿eh?, pero es una verdad axiomática. Que nadie dude de ella. Mire el contador de esta página un poco más abajo, a la derecha. ¿Cuántas visitas indica? ¿Ciento y pico? Pues le aseguro que las cien primeras son mías y una gran parte del pico…, también.

"Pero entonces…, ¿por qué escribe?", me preguntará. ¡Caray! ¿Vino usted a caer en estas letras por puro azar? Si sí, le aconsejo que visite las entradas El sempiterno agujero negro y De negros y plagios, que allí hallará las respuestas. No me haga repetirme.
–Pero…, oiga…, si usted no tiene lectores…, ¿qué hace hablando conmigo?
–Charlar, naturalmente.
–Pero si yo no existo…
–¡Ay!, amigo…, qué bajo concepto tiene de usted mismo, ¿no?
–Oiga, no me trate de estúpido. Es usted quien lo ha dicho ahí arriba. Lea, lea…: “El mío, mi único motivo, la única razón, simple y llanamente, tan a secas como el desierto de Arizona es… que no tengo lectores”.
–¿Y qué?
–¿Cómo que “y qué”? Que ha admitido no tener lectores.
–Pues me los invento.
–¿Entonces yo soy su fantasía?
–¡Ah!, ¿pero se pensaba real?
–Hombre…
–Calle, calle, ¡por Dios!, no diga tonterías. Además, me aburre ya su conversación.
–Pues eso será culpa suya.
–¿Se me pone gallito el personaje? Mire que lo borro de un plumazo.
–A su merced estoy…
–¡Bah!, apártese un poco… Sí, ahí… Póngase en ese rincón. Si le preciso, ya le traeré de vuelta.

No tengo lectores, no… Ni siquiera en este cuaderno de bitácora abierto a todo el mundo logro que se me lea, pero ¿y qué? ¿Acaso no puedo vivir sin ellos? Tengo…, bueno, tengo taitantos años y hasta ahora no me ha ido mal la vida, de modo que ¿por qué suspirar por algo prescindible?
–Pero…, escuche…, digo yo que algún leedor sí tendrá, ¿no? Algún amigo, la familia…, en fin…
–¿Y usted qué hace aquí de nuevo?
–Perdone la intromisión, pero… percibí en sus palabras un lánguido decaer de…
–¡Pues no me ha salido cursi el tío! Mire que le doy al delete. Vuélvase a su rincón y déjeme sola.

Pero no…, tampoco atesoro cercanías que me lean… Amigos tengo; familia, también; no obstante, cada vez que lo intenté…, siempre me dio la sensación de que lo hacían con desgana. ¿Y para qué, me digo yo, voy a martirizar a nadie con mis chorradas? ¡Puag…, se le quitan las ganas a una…!
–Ese lánguido decaer…
Delete, delete…, ¿dónde demonios está el delete? ¡Ah…, aquí!
–No, por favor, si sigo en mi rincón…
–Pues mantenga la boca cerrada.
–Vale, pero…, oiga…
–Diga.
–Déjeme ser su amigo lector.
–Ya lo es.
–¿Lo soy? ¿Por qué?
–Porque me ha leído.
–¿Quedo pues establecido?
–Lo queda.
–¿Y cómo me voy a llamar?
Al…, será usted mi Al.
–¿Su Al?
–Mi Amigo Lector… Espere…, dudo… ¿No preferiría Qal?
–¿Qal? ¿Qué nombre es ése?
–Mi Querido Amigo Lector.
–Es bonito…
–¿Verdad que sí?
–Pero raro…
–¿Por qué?
–Esa q seguida de la a… no es una estructura muy española.
–Sí…, habría que mejorarlo. Espere…, se me ocurre… Ahora se lleva mucho la k de kilo. ¿Qué tal si le llamo Kal?
–Bien, aunque…
–¿Qué?
–Fonéticamente…, suena a sustancia alquímica.
–Ya…, es verdad… ¡Eureka!
–¿Lo tiene?
–¡Claro!, le añado una r y asunto concluido: Karl. ¿Le gusta así?
–Me gusta cualquier cosa que hagas conmigo…
–¿Me tutea?
–¿No quieres?
–Claro…, no me importa…, al fin y al cabo, ya somos amigos.
–Algo más que amigos…
–Qué rápido vas, Karl, de momento es mejor dejarlo sólo en eso.
–Recuerda que soy tu lector amigo, Pirandella mía.
–Cierto, cierto…
–A partir de ahora, añádele siempre al ciento y pico un +1.
–Me gustas, Karl. Deja ese rincón y vente conmigo.
–Voy.
–Vamos.

Belén 2013

Belén 2011