Dice Alawen en su Otoño. Otra vez...: me gustaría echar a andar, con un propósito o sin él, qué más da... Chesterton, sin embargo, no parece opinar igual en lo que a caminar sin proyecto se refiere:
En el vagón mal iluminado un hombre había estado hablándome de la débil estructura de la Catedral de San Pablo. Disertaba con un osado y flamante espíritu científico, y supongo que me quedé dormido. En todo caso, cuando me desperté en la estación de Blackfriars vi que estaba solo, tenía más frío de lo habitual, y la estación estaba más oscura que de costumbre. Salté a la mal iluminada plataforma, no obstante, y la crucé precipitadamente, con la premura de la rutina, en dirección a la salida donde estaba el empleado que recogía los billetes. Sin embargo, no iba vestido como un empleado del ferrocarril. Por alguna razón (posiblemente el frío, me dije a mí mismo) iba cubierto de pies a cabeza con una cogulla, como las que vestían siglos atrás los frailes de los que tomó el nombre la plaza. Y en vez de cogerme el billete me dijo únicamente:
-No suba la escalera.
Lo miré con un presentimiento vago, y a continuación miré a mi alrededor igualmente dubitativo. Me pareció que en las sombras había otras figuras de monjes, y que el lugar era como un monasterio, con las luces apagadas.
-No suba la escalera -dijo el encapuchado-. No le va a gustar lo que está ocurriendo ahí. Un hombre como usted haría infinitamente mejor quedándose con nosotros.
-¿Me está proponiendo con toda tranquilidad -le pregunté- que me quede en el Metro para siempre?
-Sí, en el Metro -respondió-. Los de la Iglesia primitiva permanecimos en el Metro, en las Catacumbas. Porque no estaba bien que un hombre bueno viera lo que hacía a la luz del día.
-¿Qué hay fuera? -pregunté. ¿Una matanza?
-¡Quisiera Dios -contestó- que sólo fuera eso!
-¡Voy a subir! -exclamé-. De todas maneras hay aire libre.
-Piénselo bien -insistió con singular calma-. Nos guardamos con muros, nos vestimos con sayales. Pero llevamos dentro nuestra risa y nuestra liviandad. Pero los nuevos filósofos están rodeados por todas partes de diversión, y llevan la desesperación en sus corazones.
-Voy a subir -exclamé, y crucé por delante de él y corrí escaleras arriba.
[...]
Crucé la calle a grandes zancadas, doblé un par de esquinas y me detuve ante la Catedral de San Pablo. Se alzaba fría y colosal en la noche desierta, como un templo perdido de algún planeta deshabitado. Sólo cuando llevaba un rato mirando vi la figura ridícula de un joven de pie con las piernas separadas en lo alto de la escalinata, como si la catedral fuese suya.
En cuanto empecé a subir me amenazó violentamente y gritó:
-¡Tienes un nuevo proyecto?
[...]
-Hemos limpiado las calles de Londres -explicó- de todo el que carece de un proyecto.
Curiosos barrenderos estos que se cepillan a quien anda por ahí sin propósito alguno. Guárdate, Alawen, de ellos y cuida de buscarte un empeño deprisa, cualquiera que sea.
En todo caso, la Arquera tiene razón: comienza el otoño...
En el vagón mal iluminado un hombre había estado hablándome de la débil estructura de la Catedral de San Pablo. Disertaba con un osado y flamante espíritu científico, y supongo que me quedé dormido. En todo caso, cuando me desperté en la estación de Blackfriars vi que estaba solo, tenía más frío de lo habitual, y la estación estaba más oscura que de costumbre. Salté a la mal iluminada plataforma, no obstante, y la crucé precipitadamente, con la premura de la rutina, en dirección a la salida donde estaba el empleado que recogía los billetes. Sin embargo, no iba vestido como un empleado del ferrocarril. Por alguna razón (posiblemente el frío, me dije a mí mismo) iba cubierto de pies a cabeza con una cogulla, como las que vestían siglos atrás los frailes de los que tomó el nombre la plaza. Y en vez de cogerme el billete me dijo únicamente:
-No suba la escalera.
Lo miré con un presentimiento vago, y a continuación miré a mi alrededor igualmente dubitativo. Me pareció que en las sombras había otras figuras de monjes, y que el lugar era como un monasterio, con las luces apagadas.
-No suba la escalera -dijo el encapuchado-. No le va a gustar lo que está ocurriendo ahí. Un hombre como usted haría infinitamente mejor quedándose con nosotros.
-¿Me está proponiendo con toda tranquilidad -le pregunté- que me quede en el Metro para siempre?
-Sí, en el Metro -respondió-. Los de la Iglesia primitiva permanecimos en el Metro, en las Catacumbas. Porque no estaba bien que un hombre bueno viera lo que hacía a la luz del día.
-¿Qué hay fuera? -pregunté. ¿Una matanza?
-¡Quisiera Dios -contestó- que sólo fuera eso!
-¡Voy a subir! -exclamé-. De todas maneras hay aire libre.
-Piénselo bien -insistió con singular calma-. Nos guardamos con muros, nos vestimos con sayales. Pero llevamos dentro nuestra risa y nuestra liviandad. Pero los nuevos filósofos están rodeados por todas partes de diversión, y llevan la desesperación en sus corazones.
-Voy a subir -exclamé, y crucé por delante de él y corrí escaleras arriba.
[...]
Crucé la calle a grandes zancadas, doblé un par de esquinas y me detuve ante la Catedral de San Pablo. Se alzaba fría y colosal en la noche desierta, como un templo perdido de algún planeta deshabitado. Sólo cuando llevaba un rato mirando vi la figura ridícula de un joven de pie con las piernas separadas en lo alto de la escalinata, como si la catedral fuese suya.
En cuanto empecé a subir me amenazó violentamente y gritó:
-¡Tienes un nuevo proyecto?
[...]
-Hemos limpiado las calles de Londres -explicó- de todo el que carece de un proyecto.
Fragmento tomado de Una pesadilla
Curiosos barrenderos estos que se cepillan a quien anda por ahí sin propósito alguno. Guárdate, Alawen, de ellos y cuida de buscarte un empeño deprisa, cualquiera que sea.
En todo caso, la Arquera tiene razón: comienza el otoño...
La tierra me llama, no tengo ya dudas sobre ello. Pero me resisto a escuchar los seductores cantos de sirena con que intenta engatusarme. Miro el horizonte y lo encuentro aún tan distante, que no puedo sino interpretar su lejano emplazamiento como la disculpa preciosa con la que volver sordos mis oídos al obsequioso ruego que utiliza, astuta y maliciosa, en busca de una cita que rehuso aceptar.
Fija la vista en aquellos espacios remotos que se adivinan neblinosos tras el confín, me inclino por darle la espalda a la Muerte, gesto vigoroso que, pese a su robusta resistencia, no puede evitar el leve esbozo en mis labios de una melancólica sonrisa, puerta tras la que se enmascara la absoluta conciencia del que se sabe inconcluso mientras no avance el paso postrero y alcance con él, al fin, la finitud inherente a nuestra naturaleza.
Rebullo la cabeza de un lado a otro, como si pudiera de esa inerme forma espantar mi propio pensamiento, e hinco con fiero vigor y nervio decidido la cachava en el polvo del camino, tal cual hiciera aquél que tropieza y pretende con ello evitar una mala caída, sin poder evitar, no obstante la torva mirada con que lo acompaño, lamentarme entre dientes por la futilidad de mis tanteos, pretendidamente elusivos, y notar cómo la realidad enerva mis músculos, hasta volver al cayado la única pierna capaz de sostenerme, y ataranta mis sentidos, que ahílanse como se agosta la mies en el tórrido verano.
Gemebundo, acometo con desconsuelo el descenso de la varga que ha de dejar a mis espaldas aquel remoto horizonte, espejismo de mis delirios y esperanzas, y con cada paso siento que me aproximo de forma inexorable a las entrañas de la tierra, desde donde ya me llega el chapaleo con que Caronte remueve el agua de la Estigia, en cuyas exánimes aguas retozan los híspidos cuerpos de los que me precedieron en este tránsito acerbo.
Diez son las palabras tomadas al azar con que me había propuesto realizar hoy mi ejercicio literario: cachava, torvo, enervar, atarantar, ahilarse, gemebundo, varga, chapaleo, híspido y acerbo. Y como podéis comprobar, amigos, tal como en casa de Alawen, también a ésta parece haber llegado el otoño; sólo que yo para qué me voy a andar con alegrías. ¡Quia!, venga aquí la muerte otoñal que glosaban los clásicos.
Podría aprender de otros que acostumbran a deleitar su vista, incluso en lo que se refiere a las escenas otoñales, con imágenes más... amenas (Lo siento, mi condición femenina me impide utilizar otro adjetivo que no sea ése).
¿Para cuándo, Alawen, para cuándo nuestro Charlton? ;-)
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Añadido posterior para mostraros, amigos, cómo siempre hay dos formas de decir lo mismo o cómo, según dicen los matemáticos, el orden de factores no altera el producto:
Una forma.
Otra forma.
¡Si es que... algunos ya no saben qué inventar para mantenerme ocupada! Hala..., venga a mandarme de un enlace a otro, y venga, y venga...
