sábado, 11 de julio de 2009

Galimatías léxico

Galimatías léxico

Señala el manual de redacción que mencionaba unos artículos atrás que la claridad de un texto también requiere un léxico apropiado, ni preciosista ni excesivamente técnico, creo que decía. Recuerdo que cuando era pequeña (muy, muy pequeña), no concebía la idea de escribir bien sin llenar los textos de palabras raras. Hoy, mi concepción de lo que es una buena escritura se encuentra muy alejada, afortunadamente, de aquella idea. Sin embargo, no para todo el mundo es así y por ello muchos aficionados a la escritura utilizan extrañas palabras (cuanto más largas, además, creen que mejor, según Lázaro Carreter), algo en lo que, según mi opinión, se equivocan.

No obstante, el mayor error no creo que sea este. El error imperdonable es el uso incorrecto del vocabulario, hasta el punto de que, con frecuencia, el significado final de un texto semánticamente descuidado no es, ni más ni menos, que un galimatías léxico. El diccionario no existe para la mayoría de las personas (ya sean escritores aficionados, periodistas o meros usuarios del lenguaje). Nos hemos dejado llevar por una dejadez léxica tal, que produce sonrojo el uso del vocabulario que hacemos. Conectamos el piloto automático y nos dejamos conducir por un automatismo en el que lo mismo nos da ocho que ochenta.

Nunca, jamás podrá escribirse un buen texto si no se cuida hasta el aburrimiento el léxico que en él se utiliza. Tampoco seremos buenos hablantes si descuidamos nuestro vocabulario, no sólo no preocupándonos por aumentarlo, sino también si damos por bueno todo lo que oímos y lo añadimos a nuestra lista particular de vocablos y expresiones. Es nuestro deber, como hablantes de una lengua, cuidarla y mimarla en todos sus ámbitos, y es, por supuesto, una obligación para aquél que tenga a bien llamarse escritor. Ante esta tajante afirmación, no valen excusas –al menos yo no las admito–, pues cualquiera que se esgrima indicará, simple y llanamente, indolencia.

jueves, 9 de julio de 2009

La revoltosa sintaxis

La revoltosa sintaxis

En cuanto a la sintaxis…, encontrar un texto sin tacha sintáctica es una labor más ardua, si cabe, que la de hallar una aguja en un pajar. Casi nadie conoce bien la sintaxis española y, así, es imposible escribir con corrección. Frente a otras lenguas muy encorsetadas por las estructuras sintácticas, como el inglés, el español nos proporciona una holgura que, para el escritor, sobre todo, es de agradecer..., pero que, también, si no se maneja con la debida precaución, puede llegar a convertirse en una tela de araña de la que resultará muy difícil escapar.

No obstante, esta manga ancha que brinda la sintaxis no significa paso franco: hay unas reglas. Con frecuencia, la gente (o al menos los estudiantes que han de examinarse de ella) se pregunta para qué sirve la sintaxis, pues bien, he aquí la respuesta: las reglas sintácticas ordenan los elementos que componen una oración de acuerdo con la función gramatical que tiene cada uno de ellos, y este orden es el que sigue: en primer lugar, el sujeto; a continuación, el verbo; después, el atributo (si el verbo fuera copulativo); no obstante, si el verbo es predicativo, el complemento directo es el que ha de ocupar el tercer lugar, seguido del indirecto y, por último, de los circunstanciales.

Por supuesto, tal y como se dijo anteriormente, el orden fijado en el párrafo anterior admite sus combinaciones… más o menos acertadas. Y es aquí donde entra la pericia de cada cual bien a socorrerle y favorecer un buen escrito, bien a enfangar el texto y volverlo retorcido y muchas veces hasta incoherente.

Por todo ello, creo conveniente aconsejar, a todo aquel que sienta el aliento de la escritura respirando en su interior, que es primordial armarse con un buen manual de sintaxis y estudiárselo de cabo a rabo; lo cual, sin embargo, tampoco le hará alcanzar la cima de la corrección sintáctica a la primera. Será necesaria la práctica constante para adquirir un nivel aceptable que, eso sí, mientras tanto, debe ir acompañando con el sentido de armonía y buen gusto.

martes, 7 de julio de 2009

Pensamiento diáfano

Pensamiento diáfano

El otro día dejé colgados del teclado los comentarios que quería hacer con respecto al articulito anterior. Retomo hoy la palabra empeñada y, si se me permite, comenzaré con una sonrisa. La que dibuja en mi rostro la frase: Claridad significa expresión al alcance de un hombre de cultura media… De inmediato, salta mi cerebro tarareando una canción: “Buscando en el baúl de los recuerdos…”, y me pregunto por qué… Será porque puedo entender a qué tipo de hombre se refería en aquella época…, pero…, hoy en día, me cuesta localizar al individuo ideal que podría encarnarlo.

Habla luego del pensamiento diáfano. Hace tiempo, una editorial me regaló una taza en la que estaba apuntado este sabio juicio: “El límite de tu lenguaje es el límite de tu pensamiento”. Creo que esta frase expone lo que quiero decir con tanta nitidez que bien podría ponerle el punto final al articulito, sin embargo, voy a permitirme el lujo de continuar un poquito más para trasladar hasta aquí el recuerdo de una conversación acaecida hace ya algunos años, en una agradable tertulia con una amiga al amparo de una noche veraniega: “La base sobre la que se sustenta un buen pensamiento –le decía yo– es un dominio óptimo de la palabra”. Y afirmaba, no sabía si con razón o sin ella, pero empujada por la intuición: “El pensamiento es palabra”. Al parecer, no era la primera que tenía esta idea (¡Quía, qué vas a ser!), pero no me importa demasiado no serlo, sino la satisfacción de que he llegado a la misma conclusión que otros por mis propios medios.

Pero…, me desvío del asunto que venía a tratar aquí hoy. Volvamos, pues, a él: poseer un pensamiento diáfano es imprescindible si se desea escribir con claridad. Si las ideas no están nítidas en la cabeza, será imposible desarrollarlas hábilmente sobre el papel y conseguir el efecto deseado. Por otra parte, las palabras son los límites que le ponemos a nuestro pensamiento. Allí donde llegan las unas, llega el otro y ni una pizca más allá. Por ello… nuestro dominio del lenguaje nos dará la medida de nuestro pensamiento: cuanto mayor sea el uno, más ordenado y lúcido será el otro. Se trata, pues, de un círculo vicioso: el pensamiento es palabra, pero sin un buen lenguaje, no hay pensamiento diáfano. De modo que no se me ocurre otra idea mejor que la de recomendar un estudio profundo de la lengua, cuyo conocimiento nos permitirá organizar bien las ideas en la cabeza, pues, al fin y al cabo (y con la frase con la que acabé la conversación con mi amiga aquella noche de verano termino también hoy): la palabra es el instrumento que nos da la posibilidad de volver tangible el pensamiento.

domingo, 5 de julio de 2009

Del cuaderno en las hojas...

Del cuaderno en las hojas…

…por mi mano escrito tengo un cuento. ¿Qué tal? ¿He conseguido darle el aire a Fray Luis de León? No me he vuelto loca, no… Quiero hoy hablar de la claridad en los escritos y comienzo el mío con este hipérbaton absurdo porque creo que en muchas ocasiones estropeamos nuestro estilo con ensayos y juegos, normalmente poco ortodoxos, que suelen terminar por parir textos farragosos y de difícil digestión.

El escritor generalmente ambiciona tanto un buen argumento que llevar a sus escritos como un estilo propio con el que poder distinguirse. Para el escritor aficionado, normalmente perdido entre remedos de sus lecturas, la búsqueda del estilo propio también acostumbra a ser una prioridad, aunque quizá no de igual calibre a la que pretende el escritor profesional. En cualquier caso, el primero de ellos confunde demasiado a menudo buen estilo con dificultad y rebuscamiento, y suele olvidar que la primera gran cualidad del buen estilo es, precisamente, la claridad.

Pero…, ¿qué es exactamente la claridad? Copio literalmente de un excelente manual de redacción, publicado en los tiempos en los que una buena redacción era fundamental: “Claridad –dice– significa expresión al alcance de un hombre de cultura media. Claridad, que quiere decir también pensamiento diáfano, conceptos bien digeridos, exposición limpia, es decir, con sintaxis correcta y vocabulario o léxico al alcance de la mayoría: ni preciosista ni excesivamente técnico. Dicho de otro modo: un estilo es claro cuando el pensamiento del que escribe penetra sin esfuerzo en la mente del lector. Porque se puede ser profundo y claro, y superficial y oscuro. Una cosa es hondura de pensamiento y otra cosa muy distinta… el jeroglífico, el crucigrama”. Eso es claridad, y como creo que no se puede definir con mayor claridad que con la que ahí arriba se expone, me abstendré de intentarlo; pero sí voy a comentar algunos de los puntos que aparecen en la definición, aunque eso lo dejaré para otro día.

sábado, 4 de julio de 2009

viernes, 3 de julio de 2009

Vacaciones

Vacaciones

Dentro de 4 horas exactamente comenzarán mis vacaciones y dentro de 24 estaré de camino hacia la tierra donde en otro tiempo nacían los dioses. Me despido, pues, del blog durante varias semanas, puesto que allí donde voy no tendré acceso a Internet (o al menos no todos los días). He dejado, sin embargo, programada la publicación de al menos 3 entradas por semana, de manera que este blog seguirá ofreciendo lectura a aquél que quiera visitarlo. No podré, no obstante, contestar los comentarios que los esperados visitantes tengan a bien dejarme. No, al menos, durante estos días en que la tecnología internáutica estará fuera de mi alcance. Prometo, sin embargo, que, tan pronto vuelva, daré debida respuesta a todos, si los hubiere.

No albergo demasiada esperanza en lo que a visitas se refiere, pues comprendo que la gran mayoría estaremos de vacaciones, alejados de la rutina diaria y olvidados de aquello que dejamos en nuestras hogares habituales, pero no he querido que el blog quedara mudo durante tanto tiempo. Así pues, a lo largo de estas semanas veraniegas, mostrará textos variados que irán engordando las etiquetas de Boletín Personal, Cuadernillo de Citas, Libros y Varios. Si no os ven estas letras por aquí durante las vacaciones, espero, al menos que os encuentren a la vuelta.

Saludos y feliz verano a todos.

S. Cid

miércoles, 1 de julio de 2009

El fuego del cielo

El fuego del cielo (César Vidal)

Libro de lectura muy fácil y rápida (ideal para que se enganche aquél que no es un buen lector) y que se disfruta mucho y se termina en un pispas (las páginas se devoran sin dar pausa).

César Vidal se las arregla muy bien para, utilizando un hecho de carácter histórico, aunar la vida de cuatro personajes en una historia con un final... que deja muy buen sabor de boca. Buena prosa, diálogos vivos e inteligentes, excelente descripción de la época y, como trasfondo, naturalmente y vistas las tendencias espirituales del autor, una religiosidad sin la cual difícil sería tanto encauzar la historia como alcanzar su final. Lo recomiendo sin ningún tipo de duda.

Belén 2013

Belén 2011