martes, 14 de junio de 2011

Gazapillos

Gazapillos

Andaba yo esta tarde de paseo campestre reflexionando sobre las durezas de esta vida y sus bondades también, caray, que, como las meigas, haberlas haylas, cuando un gazapillo se cruzó en mi camino y detuvo mis pasos. "¡Qué bella es la Naturaleza! -me dije mientras observaba su carrera- ¡y qué libre!". Corrió el gazapito y escapó a mi mirada internándose a velocidad endiablada entre las espigas de un sembrado, como si fuera yo, (¡yo!, pobre de mí) una amenaza a su existencia. 

"¿Acaso -comencé a interrogarme- este gazapillo se ve constreñido por la civilización, por sus reglas, por su corrección política? Y..., ¿deberá someterse cuando crezca al imperio de la ley? ¿Acudirá al colegio? Y sus padres..., ¿tendrán que pagar impuestos?" (Entienda el lector que no soy imbécil al preguntarme tal disparate, es sólo que estos días estoy a vueltas con la declaración de la renta, que es como una obsesión perniciosa que me consume).

Continué mi caminata aún obnubilada por la esplendorosa liberalidad con que se mostraba la madre Naturaleza, cuando me sorprendí sacudiendo la cabeza (agitación, sin duda, debida a los pensamientos que me acompañaban) y hube de parar de nuevo mis pasos. "Veamos, veamos -me dije-, tranquilízate y aparta de ti esos pensamientos: ¿Cinco millones de parados? Es una desgracia, sí, pero tú, al menos, tienes trabajo. Además,  seguro que ahí está nuestro gobierno trabajando para atajar esta lacra. ¿Y la ETA de vuelta en las Instituciones? Pero, bueno, Odón Elorza ha terminado admitiendo que fue un error. ¿Y Rubalcaba no afirmó que no le gustaba nada, nada? Pues algo es algo, digo yo, así que tranquila, tranquila. Y..., y bueno, respecto a ese temor a la quiebra total del país, tranqui también, ahí está la fracasada Merkel aconsejando a Zapatitos para sacarnos del pozo. Vamos, que no estamos tan mal. ¡Envídianos, gazapillo! -grité al campo solitario- Si es que da gusto -pensé para mis interioridades- tener un gobierno tan majo, tan trabajador, tan interesado por nosotros y, sobre todo, tan, tan, tan volcado en nuestros problemas".

domingo, 12 de junio de 2011

Feria del libro 2011

Feria del libro 2011

Como anda la cosa un poco cruda para el país, desde el punto de vista crematístico (veremos qué reducción le van a aplicar a la la extra este mes), este año he decidido ser muy, muy comedida. De modo que, hace un par de semanas, antes de pasarme por la Feria del Libro, estudié detenidamente cuáles eran mis intereses ineludibles en cuanto a anhelos de lectura, con el fin de hacerme una lista lo más reducida posible. Tras ardua reflexión, acordé conmigo misma que las necesidades vitales de este año en lo que respecta a este asunto eran dos. Así pues, fui yo muy tranquila con mi exigua lista prometiéndome que ¡no!, no compraría más que esos dos libros. Sin embargo, mi primera incursión feril fue bastante desalentadora. Uno de los libros que buscaba, no lo tenían (de modo que he tenido que buscar otros medios para conseguirlo); y el otro..., por el otro ni siquiera pregunté, vista la aglomeración de gente que había en la caseta y el mucho sol que pegaba sobre ella.

Este fin de semana he realizado mi segunda incursión, en busca del libro aquel por el que nunca pregunté. Y lo he encontrado. Éste era el título que buscaba:


Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes y otros ensayos literarios, de Thomas de Quincey.

Sin embargo, qué débil es el espíritu, amigos. Debería haberme llegado hasta la caseta con los ojos cerrados y tenderle al librero, así, sin más, mi exigua lista para que pusiera el libro en una bolsa, tomara el dinero de su precio y pudiera yo alejarme de allí sin otro particular y otro título que el anotado. Pero no ha sido así. Llevaba los ojos abiertos y aunque he querido distraerlos invitándolos a admirar la frondosa arboleda del Paseo de coches, no me han obedecido. De modo que, junto a Del asesinato..., se ha venido a casa este otro libro:


Aventuras del profesor Challenger, de Conan Doyle.


Y si sólo hubiera sido eso... ¿Quién, quién me mandaría a mí posar la vista en una de las casetas dedicadas a los cómics? ¿Quién? ¿Pero quién?




Sí, éste también se ha venido para casa... Y..., claro, ya que se me había acoplado El misterio de la Gran Pirámide I..., ¿cómo dejar la segunda parte allí?


Éste también se vino.

Ahora ya sólo queda que llegue a casa aquel otro libro del que hablé al principio y que acompañaba al deThomas de Quincey en mi brevísima lista. Todavía no está aquí, pero..., según me han informado, ya está en camino:

jueves, 9 de junio de 2011

"Hansiedad"

"Hansiedad"

Llevaban ya unos minutos esperando a que comenzara la reunión cuando llegó la plana mayor del equipo directivo y ocupó sus asientos, desde los que podían controlar hasta el más minúsculo parpadeo de los empleados que los rodeaban. La mujer llevaba poco tiempo en la empresa y se sentía como un pececillo rodeado de tiburones. Trató de mantener la compostura y la serenidad. Conservó la cabeza alta y firme, sometiendo con voluntad espartana cualquier pequeño movimiento que pudiera delatar su nerviosismo. La cuestión a tratar era ardua: había que decidir las líneas concretas que la compañía debía seguir a partir de ese momento para aumentar las ventas y crecer. ¡Crecer -había dicho el jefazo máximo- es la única opción aceptable para nuestra empresa! Crecer o morir. Y ella sabía que si, tras la reunión, alguien tenía que morir, la elección recaería sobre su cabeza.

El jefe de su departamento, el de mercadotecnia y publicidad, se levantó y comenzó a desplegar la pantalla donde habían de proyectar la idea que habían creado para la nueva campaña publicitaria. Cargó en el portátil los documentos y diapositivas que habían preparado con una meticulosidad rayana en la obsesión y lo hizo todo con una parsimonia tal, que estuvo a punto de hacerla morir de impaciencia. Al fin, la exposición de la campaña en la que tanto había trabajado comenzó. 

Las cosas no parecían ir mal. Los minutos habían ido pasando y ella creía adivinar una aceptable inclinación por parte de los jefes hacia las ideas expuestas. Se había ido, pues, tranquilizando, de manera que ya no se veía obligada a enlazar las manos por debajo de la mesa mientras los dedos se agarraban a las perneras del pantalón, única manera que había hallado de controlar el histérico temblor de las manos. Aunque aún sentía sofocadas las orejas, producto del nerviosismo, su respiración se había vuelto más serena y rítmica, y en sus labios incluso comenzaba a dibujarse un esbozo de sonrisa. Quedaba tan sólo la parte final, aquélla en la que se  mostraban los objetivos que se pretendían alcanzar con la campaña. La cosa estaba casi hecha.

De repente, su jefe de departamento presionó la tecla de enter y la última diapositiva, aquélla que él mismo se había comprometido a preparar como remate a la presentación, apareció proyectada en la pantalla.
-Estos son los puntos -le oyó decir mientras sus ojos quedaban aplastados en la nívea pantalla, tal que dos babosas que son despachurradas sobre el asfalto por las ruedas de un coche- que pretendemos conseguir con nuestra campaña...

La respiración se agitó notablemente en el pecho. Repentinamente, la mujer sintió que, por más que intentaba llevar aire a sus pulmones, ni una gota de oxígeno lograba descender hasta ellos. La firmeza de los músculos que habían venido irguiendo un cuello, largo y aparentemente estable, languideció bajo la presión y se tornó en vacilante fragilidad, de manera que el temblor de su cabeza se hizo evidente incluso para el camarero que permanecía, cercano a la mesa del café, ajeno a la reunión. Un estertor que no pudo evitar se hizo lo suficientemente audible como para que todos ellos volvieran la cabeza y la miraran. Creyó que moriría en aquel preciso instante, pero, por fortuna, el jefe de su departamento se movió, de manera que interpuso el cuerpo entre el proyector y la pantalla, provocando con ello que la imagen de la diapositiva se proyectara sobre el traje a rayas de estilo inglés que vestía. La mujer observó que el contenido aparecía distorsionado debido a los efectos causados por esa tercera dimensión sobre la que ahora se proyectaba, y aquello le dio un instante de respiro, a pesar de las miradas que sentía clavadas en ella. "Al menos -pensaba-, al menos... Si no se moviera...".
-¿Estás bien? -oyó que le preguntaba su jefe.
A pesar del mucho esfuerzo que le costó controlar el movimiento del cuello, ella asintió con la cabeza. Entonces, él volvió a moverse de nuevo y la diapositiva se proyectó, clara y límpida, sobre la pantalla.
-Estos son -repitió el jefe- los puntos claves que queremos trasladar con nuestra campaña: Primero, sugerir un estado de apetencia en el consumidor hacia nuestro producto. Segundo...

En aquel instante, ella dejó de escuchar. Lo único que era capaz de hacer era seguir el puntero láser con el que su jefe señalaba los puntos que iba comentando de la diapositiva...

1. Estado de apetencia.
2. Sensación de necesidad.
3. Capacidad de adquisición
4. Abilidad para empatía.
5. ...

No pudo resistirlo más. Tomó un edding que encontró a mano y se levantó con una ferocidad tal, que la silla que ocupaba cayó ruidosamente tras ella. Con pasos trastabillados, se dirigió hacia donde se encontraba su jefe. Extendía el brazo de una manera amenazadora, como si con el rotulador que blandía quisiera apuñalarlo. La respiración era tan agitada, que su pecho se movía merced a pequeñas contracciones histéricas, incapaces de transportar oxígeno hacia los pulmones y, aun así, el escaso aire que era capaz de inspirar y espirar, rozaba sus cuerdas vocales, provocando con ello un rugido sordo sumamente desagradable. Algunos de los caballeros que estaban sentados en torno a la mesa se levantaron, aunque era obvio que no sabían qué hacer, pues permanecieron inmóviles en los lugares que habían venido ocupando. Sólo su jefe reaccionó: con firmeza, sujetó los brazos de la mujer, impidiendo que ésta alcanzara el objetivo que perseguía y que ninguno de ellos acertaba a descubrir, mientras intentaba calmarla con palabras que todos oían:
-Tranquila, tranquila..., ¿qué ocurre?
Y otras que sólo ella escuchaba:
-¿Qué haces, imbécil? ¿Te has vuelto loca?

Ella, mientras tanto, aún trataba de zafarse
-No pasa nada, no pasa nada -decía el mastuerzo-. Pobrecilla, es sólo un ataque de hansiedad.

miércoles, 8 de junio de 2011

Regalito

Regalito

No puedo dejar pasar más días sin agradecer a Kericolo que se acordara de mí a la hora de hacer este regalito a sus amigos blogueros.

Lo cierto es que no sé si Finis Terrae merece tanto amor, jajajaja, como para enamorarse de él, pero en cualquier caso: ¡muchas, muchas gracias! Siempre es agradable que se acuerden de una :-))

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Me avisa Kericolo de que debo enviar este regalito a 10 blogs, pero yo he decidido entregarlo no a 5 ni a 10..., sino a todos los amigos blogueros que visitan Finis Terrae, porque todos ellos, ya sólo por su amistad, se lo merecen. Para todos vosotros, pues.

lunes, 6 de junio de 2011

Veinte mil leguas de viaje submarino

Veinte mil leguas de viaje submarino

Hace unas semanas, y gracias a una entrada de Caraguevo en su blog: Vuelve Julio Verne (que ¡¡¡esta vez sí llegó a tiempo!!! y no como en alguna otra ocasión ha acaecido...), pude hacerme el domingo pasado con el título, Cinco semanas en globo, con el que El Mundo inició esta breve colección que incluirá algunas de las novelas de Julio Verne. Este domingo he acudido de nuevo a mi kiosko para comprar el segundo de los títulos (y de paso traerme a casa la película de la colección Agatha Christie que comienza este fin de semana también el periódico), que no tenía en mi biblioteca: Veinte mil leguas de viaje submarino.

Mi primer contacto con Julio Verne se inició con otra de sus novelas, pero (¡y mira que me gusta este autor!) no tuvo, la verdad, un buen principio. No puedo fijar el año, pero yo era bastante pitufilla entonces. Ocurrió que una tarde en que mi padre y yo estábamos solos en casa, debía de andar yo bastante aburrida y trasteaba a su lado mientras él se afanaba en ordenar los cientos de papeles que se amontonaban sobre la mesa del cuarto de estar. Harto ya, supongo, de aguantarme, me dijo:
-No toques los papeles. ¿Por qué no te pones a leer y me dejas un rato tranquilo?
Así que yo, que siempre he sido muy dócil y obediente, me fui al salón en busca de un libro. Al cabo de un buen rato de andar mirando los títulos, volví al cuarto de estar y le dije:
-No sé qué leer...
Así que mi padre, probablemente asustado de que volviera por mis fueros a toquetearle los papeles y darle conversación, se levantó, fue hasta el salón, echó un vistazo a las estanterías y... tomó un libro que me dio.
-Toma -me dijo-, éste te va a encantar.
Lo miré curiosa y leí para mis adentros:
-La isla misteriosa...
La verdad es que el título prometía.

Me sumergí en la lectura, en cuyas profundidades me encontró mi madre cuando volvió aquella tarde de la merienda que había ido a tomar con sus amigas.
-¿Qué lees? -me preguntó.
-Este libro que me ha dado papá -contesté.
-A ver... ¡Ajá! -dijo mientras leía el título-, Julio Verne.
-Sí -confirmé yo que, por aquella época, lo único que sabía de él es que era el autor del libro que me había dado mi padre.
Mi madre no dijo más y yo... continué la lectura.

Sin embargo, al cabo de unos días, me quejé amargamente durante la comida.
-¡Vaya un libro aburrido!
-¿Cuál? -preguntó mi padre.
-El que me diste -contesté.
-¿Cómo? -preguntó casi asustado-. ¿Aburrido? ¿La isla misteriosa, una novela aburrida?
-Sí -contesté sin ningún empacho-. No entiendo la mitad.

Y es que había demasiadas explicaciones químicas y físicas para mi pobre capacidad lectora de la época. Tres páginas de teoría química se hacían un bocado demasiado grande para mi comprensión y, después de bregar con ellas durante minutos inacabables y acabar, por fin, los párrafos de los que no había obtenido ni un solo dato comprensible, continuaba con una historia de la cual ya había perdido el hilo. Mi madre (para esto las madres son muy listas) al acabar de comer me llamó. Fui con ella hasta el salón en cuyas estanterías volvió a colocar La isla misteriosa y, a cambio, sacó otro libro de entre los estantes.
-Toma -me dijo-, si quieres leer a Julio Verne, éste te irá mejor.
Y me dio Dos años de vacaciones. ¡Me lo bebí! ¡Mi madre sí que sabía elegir novelas! Así que cuando lo acabé, me fui directa a ella y le dije:
-Quiero más. Dame otro como éste.
Y ella sacó de la estantería un título muy, muy llamativo: Escuela de Robinsones.

Y, así, fui entrando en el mundo de Julio Verne: Cinco semanas en globo, Los hijos del capitán Grant, La vuelta al mundo en ochenta días, Miguel Strogoff... hasta que, algunos años después, cogí, ya por mí misma, La isla misteriosa... y la deglutí sin poder parar de leer mientras me decía: En realidad..., ¡los padres también saben elegir novelas! 

sábado, 4 de junio de 2011

Hergé

Hergé

El 22 de mayo de 1907 nacía, en Etterbeek, un municipio cercano a Bruselas, Georges Remi, conocido, en realidad, como Hergé

Su interés por el dibujo surge a edad muy temprana. De hecho, entre 1914 y 1918, Hergé ya dibujaba en sus cuadernos escolares historietas ilustradas basadas en la guerra, lo cual no es difícil de comprender si uno atiende a las fechas en las que nos encontramos. Más tarde, ya en la adolescencia, sus historietas comenzarán a publicarse en la revista Le Boy-Scout (posteriormente llamada Le Boy-Scout Belge),  donde, por cierto, en 1922 aparece por primera vez el nombre Hergé, con el que será mundialmente conocido.

No obstante, por esas fechas la obra de Hergé es aún bastante reducida y, en muchos casos, se limita a ilustrar la portada o algunos artículos de la revista. Será en 1926, cuando Hergé realice su primera serie de dibujos: Totor, C.P. de los Abejorros, la cual da vida a un extravagante personaje que se ve sumido en una serie de aventuras poco coherentes, pero cuyo personaje ya apunta hacia Tintin, y que se prolongará hasta bien entrado el año 1930.

En 1925, Hergé comienza a trabajar en Le XXe Siècle, si bien no lo hace como dibujante, sino como empleado del servicio de suscripciones, aunque continuará dibujando sus tiras de Totor para Le Boy-Scout Belge.No obstante, las cosas irán cambiando para el creador de Tintin y, así, en 1928 el padre Wallez, director del periódico, deseoso de ampliar las ventas, decide dar vida a un suplemento que irá dirigido a la juventud. Nace de esta forma Le Petit Vingtième, confiándose a Hergé la confección del suplemento. En un principio, Hergé se contenta con ilustar Les aventures de Flup, Nénesse, Poussette et Cochonnet, una serie algo precipitada cuyo texto se debía a un redactor deportivo del periódico. pero en seguida se cansó de este insípido guión y decidió lanzar su propia serie. La labor no parecía demasiado dura: Hergé retoma a Totor, le cambia algunas letras a su nombre y lo dota de un nuevo trabajo más conforme a su nuevo marco de vida. Le añade también un tupé característico ("para estar seguro de que se le reconocería", como dijo más tarde), así como la compañía de un fox-terrier llamado Milú. Y, así, el 10 de enero de 1929, "Tintín" hace su entrada en Le Petit Vingtième.



jueves, 2 de junio de 2011

Scotland Yard

Scotland Yard

En uno de mis últimos paseos investigatorios por la red en busca de información para mis relatos detectivescos, he ido a topar con la página web de Scotland Yard, donde se hace un breve recorrido por la historia de la policía inglesa que me permito traer hoy hasta aquí.

Al parecer, el origen de la policía británica se encuentra en las primigenias tribus y se apoyaba en una tradición que garantizaba el orden a través de unos representantes designados. O dicho de otro modo: en aquellos tiempos, la fuerza policial recaía directamente sobre la población. Fueron los sajones quienes introdujeron este sistema en Inglaterra, desarrollando su organización, lo cual hizo que la población fuera dividida en grupos de diez, llamados tythings, al frente de cada uno de los cuales se encontraba el tything-man; y en grupos aún mayores, cada uno de ellos compuesto de diez tythings, que se encontraban bajo la supervisión de un hundred-man, responsable ante el Sire-reeve o Sheriff.

Este sistema del tythings cambió notablemente tras el contacto con el sistema de vida propio del feudalismo normando, aunque no desapareció por completo. El tything-man se convirtió en el agente de policía del distrito o parroquia; y el Sire-reeve, en el Juez de Paz, ante el cual el primero era responsable. Este sistema, ampliamente establecido a lo largo de los siglos XVI y XVII, constaba de un ciudadano sano (que no portaba armas) para cada parroquia o distrito que era elegido anualmente para servir (sin paga) como agente de policía a lo largo de todo un año.

Sin embargo, en el siglo XVIII se producen numerosos cambios, tanto sociales como económicos, que dan lugar a una afluencia masiva de población rural hacia las ciudades, lo cual va a dar al traste con el sistema que había venido funcionando hasta entonces. La formación de una "Nueva Policía" se hacía imprescindible.

Así llegamos a la formación, en 1829, de la Metropolitan Police Force, cuando Sir Robert Peel (de quien procede el archifamoso apelativo de bobby para nombrar al agente de policía) ocupaba el puesto de Ministro del Interior. Esta nueva fuerza policial sustituirá el arcaico sistema y se ocupará de la seguridad del área de Londres, a excepción de la zona conocida como City of London, que se hallará bajo la vigilancia de la City of London Police.

La creación y diseño de la "Nueva Policía" recayó en el Coronel Charles Rowan y en Richard Mayne, establecidos entonces en el famoso nº 4 de Whitehall Place, lugar que utilizaron para fijar una comisaría que se convirtió en el cuartel general de la Policía Metropolitana, conocida a partir de ese momento como Scotland Yard, el origen de cuyo nombre no está muy claro, aunque se pretenden posibles estas dos historias:

1. Se cree que el lugar que ocupaba su cuartel general fue una de las residencias propiedad de la corona escocesa antes de la Unión, utilizada por sus embajadores cuando paraban en Londres y conocida como Scotland. El patio (courtyard)de esta residencia fue utilizado posteriormente por Sir Christopher Wren y conocido desde entonces como Scotland Yard.
2. La parte de atrás del nº 4 de Whitehall Place daba a un court (lo siento, no sé muy bien cómo traducir esto) conocido como Great Scotland Yard, una de las tres calles en cuyo nombre aparecían las palabras Scotland Yard, el cual parece derivar de las tierras que poseía un tal Scott, durante la Edad Media.

Poco a poco, el cuartel general de Scotland Yard fue extendiéndose y ocupando los inmuebles próximos hasta que, en 1890, fue trasladado al Victoria Embankment y renombrado como New Scotland Yard. Posteriormente, en 1967, la necesidad de un mayor espacio y un cuartel general más moderno, obligó a un nuevo traslado que llevó a la Policía Metropolitana hasta su ubicación actual, Broadway, S.W.1, pero manteniendo el nombre de New Scotland Yard.

Belén 2013

Belén 2011